Anarquía y sindicalismo. Monatte y Malatesta en el congreso de Amsterdam de 1907

Congreso anarquista de Amsterdam en 1907

Actualmente se discute mucho en los círculos anarquistas sobre la cuestión del sindicalismo, pero se hace en un único sentido a mi entender: hoy, la única disyuntiva que se plantea es si los anarquistas debemos integrarnos en el mundo sindical, o si por contra debemos darle la espalda y buscar vías de lucha separadas del movimiento obrero. Esta situación provoca la sensación de que existen dos tipos de anarquistas: quienes defendemos la implicación libertaria en los sindicatos y quienes no lo hacen. Sin embargo, entre los anarquistas partidarios del sindicalismo no existió jamás una posición unánime.

Con la idea de intercambiar opiniones en torno a esta materia, rescato dos documentos imprescindibles (las actas de dos sesiones del Congreso de Ámsterdam): en el Congreso Anarquista de 1907, celebrado en Ámsterdam, se produjo por vez primera (y desde luego, no última) la confrontación entre dos posturas dentro del anarquismo en torno al sindicalismo; en esta ocasión, los contendientes fueron Pierre Monatte y Errico Malatesta. Aquél defendería el sindicato como un fin en sí mismo, dando al sindicalismo revolucionario una connotación superadora de los “viejos” marxismo y anarquismo y considerándolo capaz por sí solo de la Revolución Social, que se llevaría a cabo mediante la huelga general, mientras que éste mantendría la posición contraria (hablamos de un Monatte veinteañero frente a un Malatesta quincuagenario, por lo que podría considerarse que se trata también de un choque generacional entre los viejos bakuninistas de la AIT y los jóvenes obreros franceses): para Malatesta, un anarquista lo es allá donde actúe, y no debe sacrificar su idea jamás. Por este mismo motivo, para el italiano el sindicato es un medio de gran relevancia, en el que aconseja participar, pero nunca podrá ser un fin en sí mismo, por cuanto que el único fin de un anarquista es la Anarquía, y ésta supone una triple liberación (política, económica y moral) que se hace extensiva a toda la humanidad, mientras que el sindicato sólo se ofrece como herramienta en uno de los frentes, el económico:

NOVENA SESIÓN

Miércoles 28 de agosto – Sesión de la noche.

“La vasta sala de Plancius está totalmente llena, cuando, a las nueve, Lange declara abierta la sesión. La orden del día pide la discusión del tema siguiente: Sindicalismo y anarquismo. El camarada Pierre Monatte, de París, miembro del comité de la Confederación General del Trabajo, tiene la palabra en calidad de primer ponente.

Pierre Monatte. Mi deseo no es tanto darles una exposición teórica del sindicalismo revolucionario como mostrárselo obrando y, así dejar que los hechos hablen. El sindicalismo revolucionario, a diferencia del socialismo y del anarquismo que lo han precedido en la carrera, se ha afirmado más a través de los actos que por medio de las teorías, y es más en la acción que en los libros que se debe ir en su búsqueda.

Habría que estar ciego para no ver todo lo que tienen en común el anarquismo y el sindicalismo. Ambos persiguen la extirpación completa del capitalismo y del asalariado por medio de la revolución social. El sindicalismo, que es la prueba de un despertar del movimiento obrero, ha encauzado el anarquismo al sentimiento de sus orígenes obreros; por otra parte, los anarquistas no han contribuido poco para llevar al movimiento obrero sobre la vía revolucionaria y para popularizar la idea de la acción directa. Así, sindicalismo y anarquismo han reaccionado el uno sobre el otro, para el mayor bien de uno y de otro.

Es en Francia, en los cuadros de la Confederación General del Trabajo, que las ideas revolucionarias han nacido y se han desarrollado. La Confederación ocupa un lugar absolutamente aparte en el movimiento obrero internacional. Es la única organización que, declarándose netamente revolucionaria, está sin lazo alguno con los partidos políticos, incluso los más avanzados. En la mayoría de los demás países, los primeros papeles los tiene la socialdemocracia. En Francia, la C.G.T. deja lejos detrás de ella, tanto por la fuerza numérica como por la influencia ejercida, al Partido socialista: pretende representar ella sola a la clase obrera, y ha rechazado todas las proposiciones que se le han hecho desde hace varios años. La autonomía hizo su fuerza y desea mantenerse autónoma.

Esta pretención de la C.G.T., su rechazo de tratar con los partidos, le ha valido por parte de adversarios exasperados el calificativo de anarquista. No hay nada más falso. La C.G.T., vasta agrupación de sindicatos y de uniones obreras, no tiene doctrina oficial. Pero todas las doctrinas están representadas ahí y gozan de una tolerancia por igual. Hay en el comité confederal cierto número de anarquistas; se encuentran ahí y colaboran con socialistas cuya gran mayoría -conviene destacarlo- es tan hostil como los anarquistas a toda idea de entendimiento entre los sindicatos y el partido socialista.

La estructura de la C.G.T. merece ser conocida. A diferencia de la de tantas otras organizaciones obreras, ella no es ni centralista ni autoritaria. El comité confederal no es, como lo imaginan los gobernantes y los reporteros de los periódicos burgueses, un comité director, uniendo en sus manos el legislativo y el ejecutivo: está desprovisto de toda autoridad. La C.G.T. se gobierna de abajo hacia arriba; el sindicato no tiene otro amo que él mismo; está libre de actuar o de no actuar; ninguna voluntad externa a sí mismo impedirá o desencadenará su actividad.

Entonces, en la base de la Confederación está el sindicato. Pero éste no adhiere directamente a la Confederación; no puede hacerlo más que a través de su federación corporativa, por una parte, y de su Bolsa del trabajo, por otra parte. Es la unión de las federaciones entre ellas y la unión de las bolsas que constituyen la Confederación.

La vida confederal está coordinada por el comité confederal formado a la vez por los delegados de las bolsas y por los de las federaciones. A su lado, funcionan comisiones tomadas en su seno. Son la comisión del periódico (La Voix du Peuple), la comisión de control, que tiene las atribuciones financieras, la comisión de las huelgas y de la huelga general.

El congreso es, para el arreglo de los asuntos colectivos, el único soberano. Todo sindicato, por débil que sea, tiene el derecho de hacerse representar en él por un delegado que el mismo escoge.

El presupuesto de la Confederación es de los más módicos. No sobrepasa los 30000 francos al año. La agitación continua que ha desembocado en el amplio movimiento de mayo de 1906 para la conquista de la jornada de las 8 horas no ha absorbido más de 60000 francos. Cuando fue divulgada esta cifra tan mezquina, sorprendió a los periodistas. ¡Cómo! ¡Sólo con algunos millares de francos, la Confederación había podido mantener, durante meses y meses, una agitación obrera intensa! Esto significa que el sindicalismo francés, si es pobre en dinero, es rico en energía, en devoción, en entusiasmo, y éstas son riquezas con las cuales no existe el riesgo de volverse esclavo.

Es con esfuerzo y largo tiempo que el movimiento obrero francés ha llegado a ser como lo vemos ahora. Ha pasado desde hace treinta y cinco años -desde la Comuna de París- por múltiples fases. La idea de hacer del proletariado organizado en sociedades de resistencia el agente de la revolución social, fue la idea madre, la idea fundamental de la gran Asociación Internacional de los Trabajadores fundada en Londres en 1864. La divisa de la Internacional era, ustedes lo recordarán: La emancipación de los trabajadores será obra de los mismos trabajadores, y aún hoy sigue siendo nuestra divisa, la de todos nosotros, partidarios de la acción directa y adversarios del parlamentarismo. Las ideas de autonomía y de federación tan glorificadas entre nosotros, han inspirado antaño a todos aquellos que en la Internacional se han cabreado ante los abusos de poder del consejo general y, después del congreso de La Haya, han tomado abiertamente partido por Bakunin. Mucho mejor, la idea de la huelga general en sí, tan popular hoy, es una idea de la Internacional que, la primera, ha entendido el poder que reside en ella.

La derrota de la Comuna desencadenó en Francia una reacción terrible. El movimiento obrero se detuvo de cuajo, sus militantes habiendo sido asesinados o obligados a pasarse al extranjero. Sin embargo, se reconstituyó al cabo de algunos años, débil y tímido al principio, para envalentonarse más adelante. Un primer congreso tuvo lugar en París en 1876: el espíritu pacífico de los cooperadores y de los mutualistas dominó en toda la línea. En el congreso siguiente, socialistas levantaron la voz; hablaron de abolición del salariado. En Marsella (1879) finalmente, los nuevos llegados triunfaron y dieron al congreso un carácter socialista y revolucionario de los más marcados. Pero pronto disidencias surgieron entre socialistas de escuelas y de tendencias diferentes. En El Havre, los anarquistas se retiraron, dejando desgraciadamente el campo libre a los partidarios de los programas mínimos y de la conquista de los poderes. Habiendo quedado solos, los colectivistas no lograron entenderse. La lucha entre Guesde y Brousse desgarró al partido obrero naciente, para terminar en una escisión completa.

Sin embargo, ocurrió que ni guesdistas ni broussistas (de los cuales se destacaron más tarde los allemanistas) pronto ya no pudieron hablar en nombre del proletariado. Éste, con justeza indiferente a las querellas de las escuelas, había reformado sus uniones, que llamaba, con un nombre nuevo, sindicatos. Abandonado a sí mismo, protegido de los celos de las camarillas rivales, a causa de su misma debilidad, el movimiento sindical adquirió poco a poco fuerza y confianza. Creció. La Federación de las Bolsas se constituyó en 1892, la Confederación General del Trabajo, que en su origen, tuvo la precaución de afirmar su neutralidad política, en 1895. Entre tanto, un congreso obrero de 1894 (en Nantes) había votado el principio de la huelga general revolucionaria.

Es en esta época cuando numerosos anarquistas, dándose cuenta al fin que la filosofía no basta para hacer la revolución, entraron en un movimiento obrero que hacía nacer, en aquellos que sabían observar, las más bellas esperanzas. Fernand Pelloutier fue el hombre que mejor encarnó, en esta época, esta evolución de los anarquistas.

Todos los congresos que siguieron acentuaron aún más el divorcio entre la clase obrera organizada y la política. En Toulouse, en 1897, nuestros camaradas Delesalle y Pouget hicieron adoptar las tácticas llamadas del boicot y del sabotaje. En 1900, la Voix du Peuple fue fundada con Pouget como redactor principal. La C.G.T., saliendo del difícil periodo de los inicios, atestiguaba cada día más su creciente fuerza. Se volvía un poder que el gobierno, por una parte, y los partidos socialistas, por otra, debían ahora tomar en cuenta.

Del primero, sostenido por todos los socialistas reformistas, el movimiento nuevo tuvo que sufrir un terrible asalto. Millerand, convertido en ministro, intentó gubernamentalizar los sindicatos, de hacer de cada Bolsa una sucursal de su ministerio. Agentes en su nómina, trabajaban para él en las organizaciones. Se intentó corromper a los fieles militantes. El peligro era grande. Fue conjurado, gracias al entendimiento que surgió entonces entre todas las fracciones revolucionarias, entre anarquistas, guesdistas y blanquistas. Este entendimiento se mantuvo, pasado el peligro. La Confederación -fortificada desde 1902 por la entrada en su seno de la Federación de las Bolsas, a través de lo que la unión obrera fue realizada- extrae hoy su fuerza de ésta; y es de este entendimiento que nació el sindicato revolucionario, la doctrina que hace del sindicato el órgano, y de la huelga general el medio de la transformación social.

Pero, -y sobre este punto, cuya importancia es extrema, pido toda la atención de nuestros camaradas que no son franceses- ni la realización de la unidad obrera, ni la coalición de los revolucionarios hubieran podido, ellas solas, llevar a la C.G.T. a su grado actual de properidad y de influencia, si no hubiesemos seguido fieles, en la práctica sindical, a este fundamental principio que excluye de hecho a los sindicatos de opinión: un solo sindicato por oficio y por ciudad. La consecuencia de este principio es la neutralización política del sindicato, el cual no puede y no debe ser ni anarquista, ni guesdista, ni allemanista, ni blanquista, sino simplemente obrero. En el sindicato, las divergencias de opinión, a menudo tan sutiles, tan artificiales, pasan a segundo término; por lo que el entendimiento es posible. En la vida práctica, los intereses tienen prelación sobre las ideas: sin embargo, todas las querellas entre las escuelas y las sectas no harán que los obreros, por el hecho mismo de que todos están por igual sujetos a la ley del salariado, no tengan intereses idénticos. He aquí el secreto del entendimiento que se ha establecido entre ellos, que hace la fuerza del sindicalismo y que le ha permitido, el año pasado, en el Congreso de Amiens, afirmar orgullosamente que se bastaba a sí mismo.

Mi discurso estaría gravemente incompleto si no les enseñase los medios con los cuales el sindicalismo revolucionario cuenta para llegar a la emancipación de la clase obrera.

Estos medios se resumen en dos palabras: acción directa. ¿Qué es la acción directa?

Durante mucho tiempo, bajo la influencia de las escuelas socialistas y principalmente de la escuela guesdista, los obreros se entregaron al Estado para que éste haga que sus reivindicaciones obtengan resultados. ¡Recordémonos estos cortejos de trabajadores, a la cabeza de los cuales marchaban diputados socialistas que iban a llevar a los poderes públicos los pliegos petitorios del cuarto Estado! -Esta manera de actuar al haber acarreado pesadas decepciones, hemos llegado poco a poco a pensar que los obreros obtendrían unicamente las reformas que serían capaces de imponer por ellos mismos; dicho de otro modo, que la máxima de la Internacional que citaba yo anteriormente, debía ser oída y aplicada de la más estricta manera.

Actuar por uno mismo, sólo contar con uno mismo, he aquí lo que es la acción directa. Ésta, y sin tener que decirlo, reviste las más diversas formas.

Su principal forma, o mejor dicho su más destellante forma, es la huelga. Arma de doble filo, se decía antaño; arma sólida y bien templada, decimos, y que, manejada con habilidad por el trabajador, puede alcanzar al corazón al empresariado. Es por la huelga que la masa obrera entra en la lucha de clase y se familiariza con las nociones que se desprenden de ella; es por la huelga que hace su educación revolucionaria, que mide su propia fuerza y la de su enemigo, el capitalismo, que toma confianza en su poder, que aprende la audacia.

El sabotaje no tiene un valor mucho menor. Se le formula así: A mala paga, mal trabajo. Como la huelga, ha sido empleado en toda época, pero es sólo desde algunos años que adquirió un significado verdaderamente revolucionario. Los resultados producidos por el sabotaje ya son considerables. Ahí, en donde la huelga se había mostrado impotente, logró romper la resistencia patronal. Un ejemplo reciente es el que ha sido dado a raíz de la huelga y de la derrota de los albañiles parisinos en 1906: los albañiles regresaron a las obras con la resolución de hacer al empresariado una paz más terrible para él que la guerra: y, de un acuerdo unánime y tácito, se comenzó por desacelerar la producción cotidiana; como por casualidad, sacos de yeso o de cemento estaban echados a perder, etc… Esta guerra prosigue en la actualidad, y, lo repito, los resultados han sido excelentes. No sólo el empresariado ha cedido muy a menudo, pero de esta campaña de varios meses, el obrero albañil salió más consciente, más independiente, más rebelde.

Pero si considero al sindicalismo en su conjunto, sin detenerme mayormente en sus manifestaciones particulares, ¡Qué apología no debería yo hacer de éste! El espíritu revolucionario en Francia estaba moribundo, languidecía al menos, año con año. El revolucionarismo de Guesde, por ejemplo, no era más que verbal o, peor aún, electoral y parlamentario; el revolucionarismo de Jaurés iba mucho más lejos: era sencilla y por demás francamente ministerial y gubernamental. En cuanto a los anarquistas, su revolucionarismo se había refugiado maravillosamente en la torre de marfil de la especulación filosófica. Entre tantas fallas, por el efecto mismo de estas fallas, el sindicalismo nació; el espíritu revolucionario se reanimó, se renovó en su contacto y la burguesía, por primera vez desde que la dinamita anarquista había callado su grandiosa voz, ¡la burguesía tembló!

Y bien, importa que la experiencia sindicalista del proletariado francés aproveche a los proletarios de todos los países. Y es la tarea de los anarquistas hacer que esta experiencia se inicie en todas partes en donde exista una clase obrera en trabajo de emancipación. A este sindicalismo de opinión que produjo, en Rusia por ejemplo, sindicatos anarquistas, en Bélgica y en Alemania, sindicatos cristianos y sindicatos socialdemocráticos, pertenece a los anarquistas oponer un sindicalismo a la manera francesa, un sindicalismo neutro o, más exactamente, independiente. Así como no hay más que una clase obrera, es preciso que sólo haya, por cada oficio y en cada ciudad, una organización obrera, un sindicato único. A esta sola condición, la lucha de clases -dejando de ser obstaculizada en todo momento por riñas de las escuelas o de las sectas rivales- podrá desarrollarse en toda su amplitud y dar un efecto máximo.

El Congreso de Amiens en 1906 proclamó que el sindicalismo se basta a sí mismo. Esta frase, lo sé, no ha sido siempre bien entendida, incluso por los anarquistas. ¿Qué significa sin embargo, sino que es la clase obrera, habiendo adquirido su mayoría de edad, entiende, al fin, bastarse a sí misma y ya no descansar en nadie para el cuidado de su propia emancipación? ¿Qué anarquista podría encontrar algo en contra de una voluntad de acción tan altamente afirmada?

El sindicalismo no se atarda en prometer a los trabajadores el paraiso terrestre. Les pide conquistarlo, asegurándoles que su acción nunca será en vano. Es una escuela de voluntad, de energía, de pensamiento fecundo. Abre al anarquismo, demasiado largo tiempo recogido en sí mismo, perspectivas y esperanzas nuevas. Que todos los anarquistas vengan entonces al sindicalismo; su obra será aún más fecunda, sus golpes contra el régimen social más decisivos.

Como toda obra humana, el movimiento sindical no está desprovisto de imperfecciones y lejos de ocultarlas, creo yo que es útil tenerlas siempre presentes en mente con el fin de reaccionar en su contra.

La más importante es la tendencia de los individuos a remitir el cuidado de luchar a su sindicato, a su Federación, a la Confederación, a llamar a la fuerza colectiva mientras que su energía individual habría bastado. Podemos, nosotros anarquistas, llamando constantemente a la voluntad del individuo, a su iniciativa y a su audacia reaccionar contra esta nefasta tendencia a recurrir de manera continua, tanto para las pequeñas como para las grandes cosas, a las fuerzas colectivas.

El funcionarismo sindical, también, levanta vivas críticas, que, por otra parte, son a menudo justificadas. El hecho puede producirse, y se produce, que militantes ya no ocupan sus funciones para luchar en nombre de sus ideas, sino porque ahí hay un medio de sustento asegurado. No hay que deducir de ello que las organizaciones sindicales deban prescindir de sus cuadros. Numerosas organizaciones no pueden evitarlo. Existe ahí una necesidad cuyos defectos pueden corregirse con un espíritu de crítica siempre despierto.”

UNDÉCIMA SESIÓN

Jueves 29 de agosto – Sesión de la tarde.

“En cuanto se abre la sesión, Emma Goldman da lectura a una resolución a favor de la revolución rusa, propuesta por los camaradas Rogdaëff, Wladimir Zabrejneff, conjuntamente con Goldman, Cornelissen, Baginsky, Peter Mougnitch, Luigi Fabbri y Malatesta. He aquí esta resolución que fue naturalmente votada por unanimidad (1):

Considerando:
a) que con el desarrollo de la revolución rusa, se nota cada vez más que el pueblo ruso -el proletariado de las ciudades y del campo- nunca estará satisfecho con la vana libertad política; que exige la supresión completa de la esclavitud económica y política y emplea los mismos métodos de lucha, los cuales, desde hace mucho tiempo, ya son propagados por los anarquistas, como los únicos eficaces; que no espera nada de arriba, sino que se esfuerza por lograr la realización de sus exigencias por la acción directa;
b) Que la revolución rusa no sólo tiene una importancia local o nacional, sino que el porvenir más próximo del proletariado internacional depende de ella;
c) Que la burguesía del viejo y del nuevo mundo se ha unido para defender sus privilegios con el fin de retrasar la hora de su aniquilamiento y ha proporcionado la ayuda material y moral al apoyo más poderoso de la reacción -el gobierno del zar-, al que, para perjuicio del pueblo ruso, sostiene con dinero y municiones;
d) Que en el momento crítico siempre está lista para prestarle ayuda con sus cañones y sus fusiles (así es el caso de los gobiernos de Austría y de Alemania);
e) Que el apoyo intelectual se traduce por el completo silencio que se hace sobre la lucha llevada a cabo por el pueblo ruso, así como sobre todas las brutalidades de la autocracia.

El Congreso constata: que los proletarios de todos los países deben oponer la más enérgica acción emanando de la Internacional Anarquista obrera a todas las agresiones de la Internacional Amarilla compuesta por los capitalistas unidos, por los gobiernos de todo tipo: monárquicos-constitucionales y republicanos-democráticos; con esta acción darán la prueba de su solidaridad al proletariado ruso en rebeldía. En su propio interés, bien entendido, debe rehusarse categóricamente a todos los intentos que fueran emprendidos para ahogar las huelgas y las insurrecciones en Rusia. El proletariado extranjero en uniforme nunca debe dar la mano a una acción cualquiera dirigida contra su hermano ruso. Si el proletariado industrial, en el momento de una huelga en Rusia, no tuviera la posibilidad de declarar una huelga general en el ramo correspondiente, a raíz de las condiciones locales, debería entonces recurrir a los demás medios de lucha, al sabotaje, a la destrucción o al deterioro de los productos enviados al enemigo común, a la destrucción de las vías de comunicación, de los ferrocarriles, de las barcos, etc.
El Congreso recomienda con insistencia a todos aquellos que comparten su punto de vista, realizar la más amplia propaganda a favor de todos los medios por los cuales se podría ayudar y apoyar a la Revolución rusa.

Luego se regresa a la discusión relativa a la huelga general y al sindicalismo. Christian Cornelissen es el primero en tomar la palabra.

Christian Cornelissen. No creo que anarquistas puedan desaprobar en algo el discurso de Monatte. Sin embargo, hay que convenir que éste ha hablado demasiado únicamente como militante sindicalista y que, desde nuestro punto de vista anarquista, su discurso necesitaría ser completado.

Como anarquistas, es nuestro deber sostener tanto al sindicalismo como a la acción directa, pero bajo una condición: que sean revolucionarios en su finalidad, que no dejen de apuntar hacia la transformación de la sociedad actual en una sociedad comunista y libertaria.

No nos disimulemos que el sindicalismo, por una parte, la acción directa por otra, no son siempre y forzosamente revolucionarios. Se les puede emplear también con una finalidad conservadora, posiblemente reaccionaria. Así los diamanteros de Amsterdam y de Amberes han mejorado en mucho sus condiciones de trabajo sin recurrir a los medios parlamentarios, por la sola práctica de la acción sindical directa. Ahora bien, ¿que és lo que vemos? Los diamanteros hicieron de su corporación una especie de casta cerrada, alrededor de la cual han levantado una verdadera muralla china. Han restringido el número de aprendices y se oponen a que antiguos diamanteros regresen a su oficio abandonado. ¡No podemos aprobar estas prácticas!

Por lo demás, no son particulares a Holanda o a Bélgica. En Inglaterra, en los Estados Unidos, las trade-unions, ellas también, han practicado largamente la acción directa. Por la acción directa, han creado en sus adherentes una condición privilegiada; impiden a los obreros extranjeros trabajar incluso cuando estos obreros son sindicalizados; compuestas de obreros cualificados, incluso se les ha visto a veces oponerse a los movimientos intentados por los peones, los no cualificados. Tampoco podemos aprobar esto.

Asímismo, cuando los tipógrafos de Francia y de Suiza rechazaron trabajar con mujeres, no podemos aprobarlos. Si actualmente, una guerra amenaza entre los Estados Unidos y el Japón, la falta no recaería en los capitalistas o en los burgueses americanos; incluso éstos sacarían más provecho explotando a los obreros japoneses que a los obreros americanos. No, serían los mismos obreros americanos quienes desencadenarían la guerra oponiéndose violentamente a la importación de mano de obra japonesa.

Finalmente, existen ciertas formas de acción directa que no debemos cesar de combatir: por ejemplo, las que se oponen a la introducción del maquinismo (linotipo, elevadores), es decir al perfeccionamiento de la producción por el perfeccionamiento de la maquinaria.

Me reservo formular estas ideas en una moción que dirá cuales formas de sindicalismo y de acción directa pueden sostener los anarquistas.(2).

Luego, la palabra es dada al compañero Malatesta que va a pronunciar, en respuesta a Monatte, uno de sus más vigorosos discursos. Un gran silencio se observa en la sala en cuanto comienza a hablar el viejo revolucionario, cuya ruda y franca manera de expresarse es unanimemente querida.

Errico Malatesta. Quiero declarar en seguida que sólo desarrollaré aquí las partes de mi pensamiento sobre las cuales estoy en desacuerdo con los oradores anteriores, y muy particularmente con Monatte. Actuar de otra manera sería infligirles repeticiones ociosas que uno puede permitirse en los mítines, cuando se habla ante un público de adversarios o de indiferentes. Pero aquí, estamos entre camaradas, y ciertamente ninguno de ustedes, al oirme criticar lo que hay de criticable en el sindicalismo, no se verá inducido a tomarme por un enemigo de la organización y de la acción de los trabajadores; o entonces significaría que no me conoce del todo.

La conclusión a la que ha llegado Monatte, es que el sindicalismo es un medio necesario y suficiente de revolución social. En otros términos, Monatte declaró que el sindicalismo se basta a sí mismo. He aquí, a mi parecer, una doctrina radicalmente falsa. Combatir esta doctrina será el objeto de este discurso.

El sindicalismo o más exactamente el movimiento obrero (el movimiento obrero es un hecho que nadie puede ignorar, mientras que el sindicalismo es una doctrina, un sistema, y debemos evitar confundirlos) el movimiento obrero, digo yo, siempre ha encontrado en mí un defensor absoluto, mas no ciego. Veía yo en él un terreno particularmente propicio para nuestra propaganda revolucionaria, al mismo tiempo que un punto de contacto entre las masas y nosotros. No necesito insistir al respecto. Se me debe esta justicia que nunca fui parte de estos anarquistas intelectuales, que, cuando la vieja Internacional fue disuelta, se han encerrado voluntariamente en la torre de marfil de la especulación pura; que no he dejado de combatir, en donde la encontraba, en Italia, en Francia, en Inglaterra y en otras partes, esta actitud de aislamiento altanero, ni de empujar de nuevo a los compañeros en esta vía que los sindicalistas, olvidando un pasado glorioso, llaman nueva, pero que los primeros anarquistas ya habían vislumbrado y perseguido, en la Internacional.

Quiero, hoy como ayer, que los anarquistas entren en el movimiento obrero. Hoy como ayer, soy un sindicalista, en el sentido de que soy partidario de los sindicatos. No estoy pidiendo sindicatos anarquistas que legitimarían, de inmediato sindicatos socialdemocráticos, republicanos, realistas u otros y podrían servir, a lo sumo, para dividir más que nunca a la clase obrera contra sí misma. Ni siquiera quiero sindicatos llamados rojos, porque no quiero sindicatos amarillos. Quiero al contrario sindicatos ampliamente abiertos a todos los trabajadores sin distinción de opiniones, sindicatos absolutamente neutros*.

Por lo tanto estoy por la participación más activa posible en el movimiento obrero. Pero lo estoy ante todo en el interés de nuestra propaganda cuyo campo se encontraría así considerablemente ensanchado. Sólo que esta participación no puede para nada equivaler a renunciar a nuestras más queridas ideas. En el sindicato, debemos seguir siendo anarquistas, con toda la fuerza y toda la amplitud de este término. El movimiento obrero, para mí, es sólo un medio, -el mejor evidentemente de todos los medios que nos son ofrecidos. Este medio, rehuso tomarlo como objetivo, e incluso ya no lo quisiera si debiera hacernos perder de vista el conjunto de nuestras concepciones anarquistas, o más simplemente los otros medios nuestros de propaganda y de agitación.

Los sindicalistas, al contrario, tienden a convertir el medio en un fin, a tomar la parte por el todo. Y es así que, en la mente de algunos de nuestros camaradas, el sindicalismo está volviéndose una doctrina nueva y amenaza al anarquismo en su existencia misma.

Sin embargo, aunque se ponga el epíteto bien inútil de revolucionario, el sindicalismo no es y nunca será más que un movimiento legalista y conservador, sin ninguna otra finalidad accesible -¡y eso es mucho!- que el mejoramiento de las condiciones de trabajo. No buscaré otra prueba que la que nos es ofrecida por las grandes uniones norteamericanas. Después de haber mostrado un revolucionarismo radical, en los tiempos en los que aún eran débiles, estas uniones se han convertido, a medida que crecían en fuerza y en riqueza, en organizaciones netamente conservadoras, unicamente dedicadas en convertir a sus miembros en los privilegiados de la fábrica, del taller o de la mina y mucho menos hostiles al capitalismo patronal que a los obreros no-organizados, a este proletariado en harapos desanimado por la socialdemocracia. En efecto, este proletariado siempre creciente de los sin-trabajo, que no cuenta para el sindicalismo, o más bien que sólo cuenta para él como obstáculo, no podemos olvidarlo, nosotros los anarquistas, y debemos defenderlo porque es el que más sufre.

Lo repito: es preciso que los anarquistas vayan a las uniones obreras. Primero para hacer ahí propaganda anarquista; luego porque es el único medio para nosotros de tener a nuestra disposición, el día requerido, grupos capaces de tomar en sus manos la dirección de la producción; debemos ir ahí finalmente para reaccionar enérgicamente contra esta detestable mentalidad que fomenta en los sindicatos el defender intereses particulares y nada más que eso.

El error fundamental de Monatte y de todos los sindicalistas revolucionarios proviene, a mi parecer, de una concepción mucho más simplista de la lucha de clases. Es la concepcion según la cual los intereses económicos de todos los obreros -de la clase obrera- serían solidarios, la concepción según la cual bastaría que los trabajadores tomasen en sus manos la defensa de sus intereses propios para defender al mismo tiempo los intereses de todo el proletariado contra la patronal.

La realidad es, para mí, muy diferente. Los obreros, como los burgueses, como todo el mundo, sufren esta ley de competencia universal que deriva del régimen de la propiedad privada y que sólo se extinguirá con éste. No hay entonces clases, en el sentido propio del término, puesto que no hay intereses de clase. En el seno de la clase obrera misma, existen, como entre los burgueses, la competencia y la lucha. Los intereses económicos de tal categoría obrera están irreductiblemente en oposición con los de otra categoría. Y vemos a veces que económica y moralmente ciertos obreros están mucho más cerca de la burguesía que del proletariado. Cornelissen nos dió ejemplos de este hecho tomados en la misma Holanda. Existen otros. No necesito recordarles que, muy a menudo, en las huelgas, los obreros emplean la violencia… ¿contra la policía o los patrones? De ninguna manera: contra los kroumirs (3) que sin embargo son tan explotados como ellos y aun más desgraciados, aunque los verdaderos enemigos del obrero, los únicos obstáculos a la igualdad social, sean los policías y los patrones.

Sin embargo, entre los proletarios, la solidaridad moral es posible, a falta de solidaridad económica. Los obreros que se limitan a defender sus intereses corporativos, no la conocerán, pero nacerá en el momento en que una voluntad común de transformación social haya hecho de ellos hombres nuevos. La solidaridad, en la sociedad actual, sólo puede ser el resultado de la comunión en el seno del mismo ideal. Ahora bien, corresponde a los anarquistas despertar en los sindicatos el ideal, orientándoles poco a poco hacia la revolución social, -con el riesgo de perjudicar a estas ventajas inmediatas a las que hoy los vemos tan aficionados.

Que la acción sindical conlleva peligros, esto es lo que ya no hay que pensar en negar. El mayor de estos peligros está ciertamente, en la aceptación de funciones sindicales por el militante, sobre todo cuando éstas son remuneradas. Regla general: ¡el anarquista que acepta ser el cuadro permanente y asalariado de un sindicato está perdido para la propaganda, perdido para el anarquismo! A partir de ese momento está al servicio de quienes le retribuyen y como, aquellos no son anarquistas, el cuadro asalariado, colocado entonces entre su consciencia y su interés, o seguirá su conciencia y perderá su cargo, o bien seguirá su interés y entonces, ¡adiós al anarquismo!

El cuadro representa en el movimiento obrero un peligro que sólo es comparable con el parlamentarismo; uno y otro llevan a la corrupción y de la corrupción a la muerte, ¡poco falta!

Y ahora, pasemos a la huelga general. En lo que me concierne, acepto el principio de ésta que propago tanto como puedo desde hace años. La huelga general siempre me pareció un medio excelente para abrir la revolución social. Sin embargo, guardémonos de caer en la ilusión nefasta de que con la huelga general, la insurrección armada se vuelve pleonasmo.

Se pretende que al detener brutalmente la producción, los obreros en algunos días harán padecer hambre a la burguesía que, muriéndose de inanición, estará obligada en capitular. No puedo concebir absurdo más grande. Los primeros en morirse de hambre, en época de huelga general, no serían los burgueses que disponen de todos los productos acumulados, sino los obreros que sólo tienen su trabajo para sobrevivir.

La huelga general tal como nos la han descrito de antemano es pura utopía. O el obrero, muriéndose de hambre después de tres días de huelga, regresará al taller, cabizbajo, y sumaremos una derrota más. O querrá apropiarse a la fuerza los productos. ¿A quien encontrará ante él para impedírselo? Soldados, gendarmes, si no es que los mismos burgueses, y entonces se tendrá que resolver el asunto con fusilazos y bombas. Será la insurrección, y vencerá el más fuerte.

Preparémonos entonces a esta insurrección inevitable, en vez de limitarnos a preconizar la huelga general, como una panacea a la que se recurre para curar todos los males. Que no se objete que el gobierno está armado hasta los dientes y siempre será más fuerte que los revoltosos. En Barcelona, en 1902, la tropa no era numerosa. Pero no se estaba preparado para la lucha armada y los obreros, sin entender que el poder político era el verdadero adversario, enviaban delegados al gobernador para pedirle que doblegue a los patrones.

Además, la huelga general, incluso reducida a lo que realmente es, es una más de estas armas de doble filo que sólo hay que emplear con mucha prudencia. El servicio de las subsistencias no sabría admitir una suspensión prolongada. Habría entonces que apropiarse por la fuerza los medios de aprovisionamiento, y ello, en seguida, sin esperar que la huelga se haya convertido en insurrección.

Entonces no es tanto invitar a los obreros a cesar el trabajo; es más bien que lo prosigua por cuenta propia. A falta de eso, la huelga general se transformaría rápidamente en hambruna general, aunque se haya sido bastante enérgico para apropriarse de inmediato todos los productos acumulados en las tiendas. En el fondo, la idea de huelga general tiene su origen en una creencia entre todas errónea: es la creencia de que con los productos acumulados por la burguesía, la humanidad podría consumir, sin producir, durante no sé cuantos meses o años. Esta creencia ha inspirado autores de dos folletos de propaganda publicados hace unos veinte años: Les produits de la Terre y Les produits de l’Industrie (4), y estos folletos han hecho, a mi parecer, más bien que mal. La sociedad actual no es tan rica como se cree. Kropotkin ha demostrado en alguna parte que suponiendo un brusco detenimiento de la producción, Inglaterra sólo tendría un mes de víveres; Londres sólo tendría suficiente para tres días. Yo sé que hay el fenómeno muy conocido de sobreproducción. Pero toda sobreproducción tiene su correctivo inmediato en la crisis que vuelve a poner pronto el orden en la industría. La superproducción no es nunca más que temporal y relativa.

Hay que concluir ahora. Antaño deploraba que los compañeros se aislasen del movimiento obrero. Hoy deploro que muchos de nosotros, cayendo en el exceso contrario, se dejan absorber por este mismo movimiento. Una vez más, la organización obrera, la huelga, la huelga general, la acción directa, el boicot, el sabotaje y la misma insurrección armada, no son más que medios. La anarquía es el fin. La revolución anarquista que queremos sobrepasa por mucho los intereses de una clase: se propone la liberación completa de la humanidad actualmente sojuzgada, en los tres aspectos: económico, político y moral. Guardémonos entonces de todo medio de acción unilateral y simplista. El sindicalismo, medio de acción excelente en razón de las fuerzas obreras que pone a nuestra disposición, no puede ser nuestro único medio. Y aún menos debe hacernos perder de vista el único fin que valga un esfuerzo: ¡la Anarquía!

La sesión es levantada a las 6 h 30.

Notas

(1).- El texto es el que fue publicado por el Buró internacional. Sin embargo, creímos necesario hacerle algunas correcciones gramaticales.

(2).-Véase los tres primeros párrafos de la resolución Cornelissen-Vohryzek-Malatesta.

(3).-En Italia y en Suiza, se llama así a los esquiroles, aquellos que trabajan cuando está la huelga declarada.

(4).- Ginebra, 1885, y París, 1887. Estos folletos, atribuidos a Eliseo Reclus, son la obra de uno de sus colaboradores suizos, actualmente retirado del movimiento.”

* Creo necesario aclarar que al hablar Malatesta de sindicalismo neutro, no se refiere a la concepción que hoy se le da a esa expresión (a saber, el tipo de sindicalismo puramente economicista y sin más interés que repartir entre los obreros las migajas que nos lega el Estado del Bienestar). Al contrario, pienso que su postura se encuentra más próxima a la del anarcosindicalismo: se propugna la creación de asociaciones obreras absolutamente abiertas, en las que no se exija más condición que la de explotado para entrar, y que pretendan agrupar a todos los obreros sin distinción ideológica (de ahí sus disputas con la FORA y el anarquismo gremialista). Esto se corrobora más adelante, puesto que, pese a haber empleado la expresión “sindicalismo neutro”, Malatesta habla después del papel de los anarquistas dentro del sindicato, que deben asignarse el cometido de militar siempre en la base y tratar de arrastrar los hechos hacia derroteros revolucionarios. Se propone Malatesta, por lo tanto, entrar en los sindicatos para adquirir influencia en ellos, posibilitando que sean una herramienta útil a la revolución anarquista.

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