LA CONFERENCIA DE LONDRES (1871). Anselmo Lorenzo

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Anselmo Lorenzo – El Proletariado Militante

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO 

Las muestras de consideración y aprecio de mis compañeros, manifestadas por la elección de cargos importantes, causáronme siempre gran sorpresa.

Enorme fue la que recibí al notificárseme mi nombramiento de delegado a la Conferencia de Londres.

Ocurrió que reunidos los de la de Valencia en el local del Centro Obrero, una tarde después de comer y antes de la sesión de la noche, varios compañeros se acercaron a obsequiarnos, y yo tuve la mala suerte de caer con uno de conversación torpe y empalagosa que no me dejó en paz, ni pude durante mucho tiempo desprenderme de él; me invitó por último a dar un corto paseo, y después me abandonó en la calle, suponiendo que sabría volver fácilmente al Centro, que se hallaba cerca. Perdí el camino, me desorienté y vagué por las calles hasta que me decidí a preguntar a un transeúnte, lo que por cierta precaución quería evitar a todo trance. Cuando me presenté a la Conferencia se levantaba ya la sesión, y entonces me participaron mis compañeros que yo había sido elegido delegado a la Conferencia de Londres y que debía partir en el tren del día siguiente.

Profundamente emocionado acepté y me puse en marcha para Ma- drid, donde debía tomar el express de París si había de llegar a Londres el día designado.

Cruzar toda Francia, pasando por París, para asistir a una reunión internacional en aquellos momentos en que estaba en todo su vigor la persecución contra la Comuna y en que funcionaban normalmente los consejos de guerra que dictaban penas de muerte y deportación al por mayor, era peligroso Y, exigía algunas precauciones. Merced a ellas o tal vez a que el gobierno francés no dio importancia a la reunión de aquella Conferencia de Londres, pasé sin dificultad.

Gran sensación me causó la vista de París en aquella estancia de dos horas: al salir de la estación de Orleans para dirigirme a la de Saint- Lazare, se presentó a mi vista el Hotel de Ville en ruinas, del cual no quedaban más que las paredes exteriores, viéndose el cielo mirando al interior por las ventanas del piso bajo; vi el Sena, Nuestra Señora, el Palacio de Justicia, las Tullerías, la parte incendiada del Louvre, la rue de Rívoli, el pedestal sin columna de la plaza de Vendóme ydiferentes edificios y casas particulares que ostentaban los efectos de la semana sangrienta. Al salir de París, pasado aquel puente do Asniéres que tantas veces recorrí luego durante mi destierro a consecuencia de la bárbara persecución denominada de Montjuich, vi a los prusianos acampados entre Asnieres y Colombes, y mientras el tren se deslizaba por aquella risueña y bien cultivada campiña que no había sufrido los estragos de la guerra, clasificaba en mi mente la multitud de ideas que en atropellado conjunto se me presentaban confundiendo el ideal, la misión que llevaba y las sensaciones recibidas y que recibía a cada momento.

Una tarde empleada en atravesar el canal de la Mancha desde Dieppe hasta Newhaven, molestado por el mareo, calmó la excitación producida por tantas sensaciones y me preparó para recibir otras nuevas que me esperaban en el término de mi viaje.

Toqué tierra inglesa, ya bien entrada la noche, cambié una corta cantidad de monedas para mis apremiantes necesidades y en hora y media llegué a la estación Victoria de Londres, después de haber recorrido durante buen rato calles, puentes y túneles dentro de la gran ciudad. Al apearme en la estación me acerqué a un coche, di al cochero la dirección escrita del secretario del Consejo general para España, Engels, y héteme recorriendo asombrado aquellas grandes vías, rectas, concurridísimas, perfectamente iluminadas y ostentando muchos y grandiosos establecimientos comerciales hasta llegar a Rigin’s Park, término de mi jornada. Paróse el coche, acercóse un municipal, sacó una linterna que llevaba oculta, me miró, miró el número de una casa, y llamó; salió una mujer que parecía una sirvienta, hablaron, me dijeron algo en inglés que no entendí, les hablé algo en francés que no entendieron tampoco y púsose el coche nuevamente en marcha, y yo me dejaba conducir hacia lo desconocido con el natural deseo de ver en qué pararía aquello.

Al cabo de poco rato paramos delante de una casa, llamó el cochero y presentóseme un anciano que, encuadrado en el marco de la puerta, recibiendo de frente la luz de un reverbero, parecía la figura venerable de un patriarca producida por la inspiración de eminente artista. Acerquéme con timidez y respeto, anunciándome como delegado de la Federación Regional Española de La Internacional, y aquel hombre me estrechó entre sus brazos, me besó en la frente, me dirigió palabras afectuosas en español y me hizo entrar en su casa. Era Carlos Marx.

Su familia ya se había recogido, y él mismo, con amabilidad exquisita, me sirvió un apetitoso refrigerio; al final tomamos té y hablamos extensamente de ideas revolucionarias, de la propaganda y de la organización mostrándose muy satisfecho de los trabajos realizados en España juzgando por el resumen que le hice de la memoria de que era portador para presentarla a la Conferencia.

Agotada la materia o más bien deseando dar expansión a una inclinación especial, mi respetable interlocutor me habló de literatura española, que conocía detallada y profundamente, causándome asombro lo que dijo de nuestro teatro antiguo cuya historia, vicisitudes y progresos dominaba perfectamente. Calderón, Lope de Vega, Tirso y demás grandes maestros, no ya del teatro español, sino del teatro europeo, según juicio suyo, fueron analizados en conciso y a mi parecer justísimo resumen. En presencia de aquel grande hombre, ante las manifestaciones de aquella inteligencia, me sentía anonadado y a pesar del inmenso gozo que experimentaba, hubiera preferido hallarme tranquilo en mi casa, donde, si bien no me asaltarían sensaciones tan diversas, nada me reprocharía no hallarme en harmonía con la situación ni con las personas.

No obstante, haciendo un esfuerzo casi heroico para no dar triste idea de mi ignorancia, suscité el parangón que suele hacerse entre Shakespeare y Calderón y evoqué el recuerdo de Cervantes. De todo ello habló Marx como consumado inteligente, dedicando frases de admiración al Ingenioso Hidalgo manchego.

He de advertir que la conversación fué sostenida en español, que Marx hablaba regularmente, con buena sintaxis, como sucede a mu- chos extranjeros ilustrados, aunque con una pronunciación defectuo- sa, debido en gran parte a la dureza de nuestras cc, gg, jj y rr.

A hora muy avanzada de la madrugada, me acompañó a la habitación que me destinaba, donde me entregué más que al descanso a la contemplación de las infinitas imágenes que en revuelta confusión bullían en mi mente a consecuencia del giro tan extraordinario que en pocos días había emprendido el curso de mi vida.

A la mañana siguiente fui presentado a las hijas de Marx y después a varios delegados y personajes que se presentaron, y me ocurrieron dos incidentes que relataré y que recuerdo con especial complacencia. La hija mayor, joven de hermosura ideal, incomprensible para mí por no tener semejanza con nada de cuanto respecto a hermosura femenina había visto hasta entonces, conocía el español, aunque, como su padre, pronunciaba mal, y me tomó por su cuenta para que le leyera algo por gusto de oír la pronunciación correcta; me llevó a la biblioteca, que era grande y atestada de volúmenes, y de un armario dedicado a la literatura española tomó dos libros, uno el Quijote, otro colección de dramas de Calderón; del primero leí el discurso de D. Quijote a los cabreros, y del otro aquellas tiradas de versos grandilocuentes y sonoros de La Vida es sueño, reconocidos como joyas del idioma español y concepciones sublimes del pensamiento humano. La explicación que intenté para hacer resaltar los primores de fondo y de forma resultó inútil, porque mi joven y hermosa interlocutora tenía ilustración y delicadeza sobrada para el caso, como lo demostró añadiendo a mi exposición muchas otras consideraciones oportunas y atinadas que jamás se me habían ocurrido.

El segundo incidente consistió en que habiendo manifestado el deseo de dirigir un telegrama a Valencia anunciando mi feliz llegada a Londres, en cumplimiento del encargo que se me hizo por el peligro que se suponía existía en Francia, me dieron como acompañante y guía a la hija menor de Marx. Esa facilidad en prestar para ese servicio a una señorita, tratándose de un extranjero desconocido, cosa tan contraria a las costumbres de la burguesía española, me admiró y agradó en extremo. Aquella joven, casi una niña, soberanamente hermosa, aunque con una hermosura mas humana que la de su hermana, risueña y alegre como la personificación de la juventud y la felicidad positiva, no sabía aún el español, y aunque hablaba bien inglés y alemán como si fueran lenguas propias, estaba poco adelantada en el francés, en cuyo idioma, sí podía yo hacerme entender, no estaba en el caso de hacer maravillas; en resumen: nos comunicábamos en mal francés, y cada vez que una u otro decíamos un disparate, mi acompañante reía como una loca y yo ni más ni menos, con tanta espontaneidad y franqueza como si nos hubiéramos tratado fraternalmente toda la vida.

La reunión preparatoria de la Conferencia debía celebrarse aquella noche, reuniéndose previamente el Consejo General, al que serían presentados los delegados.
Marx me acompañó al local del Consejo. A la puerta, junto con algunos consejeros, se hallaba Bastélica, el francés que presidió la primera sesión del Congreso de Barcelona, quien me recibió con las mayores demostraciones de aprecio y alegría y me presentó a los compañeros, algunos de nombre ya conocido en la historia de La Internacional, entre los que recuerdo Eccarius, Young, Jhon Hales, Serrailler, Vaillant, emigrado de la Comuna de París, etc. Marx presentóme a Engels, quien desde aquel momento se encargó de darme hospitalidad durante mi residencia en Londres. Ya en la sala de sesiones vi a los delegados belgas, entre ellos César de Paepe, algunos franceses, el suizo Henry Perret y el ruso Outine, figura siniestra y antipática que en la Conferencia no pareció tener otra misión que atizar el odio y envenenar las pasiones, siendo completamente ajeno al gran ideal que agitaba a nuestros representados los trabajadores internacionales.

De la semana empleada en aquella Conferencia guardo triste recuerdo. El efecto causado en mi ánimo fue desastroso: esperaba yo ver grandes pensadores, heroicos defensores del trabajador, entusiastas propagadores de las nuevas ideas, precursores de aquella sociedad transformada por la Revolución en que se practicará la justicia y se disfrutará de la felicidad, y en su lugar hallé graves rencillas y tremendas enemistades entre los que debían estar unidos en una voluntad para alcanzar un mismo fin.

Si mi fe hubiera necesitado estímulos para sostenerse y si no tuviera descontados los efectos divergentes y disolventes de la ambición, de la vanidad y de la envidia, la Conferencia de Londres, en vez de una confirmación de mis ideas y de mis esperanzas emancipadoras, hubiera sido una desastrosa desilusión.

Por fortuna, pobre obrero, entonces como hoy después de treinta años, sin miras egoístas, amante entusiasta de aquella libertad, la única positiva y de extensión social que se apoya en la colectividad y hace desaparecer la clase de los oprimidos, tenía y tengo por cierto que las aspiraciones populares, seguras de su legitimidad, arraigan, se desarrollan, ganan espacio y consistencia y, por último, confirmadas por la ciencia y sancionadas por la revolución, dominarán contra todo lo que se les oponga, aunque entre los obstáculos se cuenten aquellos santones prestigiosos que las fomentaron un día y luego pusieron el prestigio adquirido al servicio de pasiones vergonzosas.

Pocos trabajadores, o, si se prefiere determinar bien el concepto, pocos éramos los asalariados asistentes a aquella asamblea, siendo los más burgueses (ciudadanos de la clase media, como lo define la Academia), y éstos llevaban allí la dirección y la voz, ya que aquella reunión no vino a ser otra cosa que una prolongación del Consejo General, una sanción de sus planes, robustecida por el voto atribuido a la Asociación por medio de sus delegados parodiando en esto al parlamentarismo político, y en todo ello no pude ver nada grande, nada salvador ni siquiera en harmonía con el lenguaje empleado para la propaganda.

Puede asegurarse que toda la substancia de aquella Conferencia se redujo a afirmar el predominio de un hombre allí presente, Carlos Marx, contra el que se supuso pretendía ejercer otro, Miguel Bakunin, ausente.

Para llevar adelante el propósito había un capítulo de cargos contra Bakunin y la Alianza de la Democracia Socialista, apoyada en documentos, declaraciones y hechos de cuya verdad y autenticidad no pudo convencerse nadie, sostenidos además con el testimonio de algún delegado presente como el ruso Outine, por ejemplo, y lo que es peor, con el silencio cobarde de algún aliancista presente, y lo que todavía es más malo, hasta con ciertas tímidas excusas; pero si todo esto, a pesar de ser repugnante por sí mismo, fue llevado en las sesiones de la Conferencia con cierta apariencia de regularidad, en el seno de las comisiones se manifestó el odio con toda su cruel desvergüenza. Asistí una noche en casa de Marx a una reunión encargada de dictaminar sobre el asunto de la Alianza y allí vi a aquel hombre descender del pedestal en que mi admiración y respeto le había colocado hasta el nivel más vulgar, y después varios de sus partidarios se rebajaron mucho más aún, ejerciendo la adulación como si fueran viles cortesanos delante de su señor.

Lo único en carácter, lo genuinamente obrero, lo puramente emancipador tuve yo el alto honor de presentarlo a aquella Conferencia: la Memoria sobre organización formulada por la Conferencia de Valencia.

Ante delegados de naciones tan industriales como Inglaterra, Alemania y Bélgica, avezadas, especialmente la primera a las luchas económicas, causó gran efecto aquel engranaje de sociedades y federaciones de todos los oficios, de oficios similares y de oficio único, con sus comisiones de propaganda y correspondencia, sus estadísticas, sus congresos, sus caja de resistencia y toda aquella vida intelectual y de acción capaz, de ser bien practicada, de efectuar, no sólo la revolución social en breve plazo, sino de organizar por su propio funcionamiento la sociedad futura. Trabajo perdido: el Consejo General y la mayoría de los delegados no estaban para eso: lo que les preocupaba sobre todo era la cuestión de jefatura. Ya no era cuestión de sostener una fuerza revolucionaria y darle una organización y sostener una línea de conducta estrictamente encaminada a su objeto, sino de poner una gran reunión de hombres al servicio de un jefe.

En mis sentimientos y en mis pensamientos me vi solo, juzgué, acaso por un rasgo de soberbia, que yo era el único internacional allí presente, y me sentí incapaz de hacer nada útil, y aunque algo dije como expresión de mi desilusión y de mi disgusto, me oyeron como quien oye llover y no produjo sensación ni efecto alguno.

Únicamente en el resumen de los acuerdos de aquella Conferencia hay uno que dice:
La Conferencia da gracias fraternalmente a los miembros de la Federación española por su trabajo sobre la organización internacional, que prueba una vez más su abnegación por la obra común.
Terminada la Conferencia celebróse un lunch de despedida, en que abundaron las lamentaciones acerca de la persecución sanguinaria contra la Comuna, y en que algunos delegados hicieron el gasto de frases y profecías usados en tales actos, y yo mismo, instado por algunos que consideraban un español como fenómeno raro, tuve que intervenir en aquella exposición de lugares comunes, pero con des- agrado, expresándome en español, dejando a Engels el cuidado de traducir mis palabras al inglés y al francés, que los circunstantes de cada idioma aplaudieron cuando les tocó el turno.

¡Ah! me olvidaba de expresar esta circunstancia: los delegados y miembros del Consejo General ingleses sólo entendían el inglés, y un secretario destinado exclusivamente a este servicio traducía todos los discursos al inglés. Los delegados de las demás naciones todos hablábamos francés, y como algunos no entendíamos inglés, otro secretario traducía al francés los discursos de los ingleses.

Volvíme a España poseído de la idea, de que el ideal estaba más lejos de lo que había creído, y de que muchos de sus propagandistas eran sus enemigos.

Llegado a Madrid me encontré miembro del nuevo Consejo regional nombrado en Valencia, al que dí cuenta de mi cometido y de mis impresiones para cumplir las disposiciones reglamentarias.

En carta particular dirigida a los amigos de Barcelona explicándoles lo de la Conferencia, escribí esta frase: Si lo que Marx ha dicho de Bakunin es cierto, éste es un infame, y si no, lo es aquél; no hay término medio: tan graves son las censuras y acusaciones que he oído.

Alerini o Farga transmitieron estas palabras a Bakunin, y éste respondió con una carta extensa defendiéndose, que Alerini me transmitió algún tiempo después, hallándome en Vitoria, donde fuí a parar después de haber dimitido mi cargo de secretario general del tercer Consejo federal residente en Valencia. De esta carta y de otra posterior que no recibí hace mención Víctor Vave en su artículo Michel Bakounine et Karl Marx, publicado en L’Humanité Nouvelle en Marzo de 1900.

Es sensible la pérdida de aquella carta: habiendo de pasar a Francia, la dejé, junto con todos mis papeles, confiada a mi buen amigo Manuel Cano, que murió después, perdiéndose en consecuencia aquel depósito.

Lo notable de aquel documento, según la impresión que conservo, es que entre las acusaciones dirigidas por Bakunin contra Marx descuella como motivo especial de odio la circunstancia de que Marx era judío. Esto, que contrariaba nuestros principios, que imponen la fraternidad sin distinción de raza ni de creencia, me produjo desastroso efecto, y dispuesto a decir la verdad, consigno esto a pesar del respeto y de la consideración que por muchos títulos merece la memoria de Bakunin.

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