CAPITULO 20 DEL TEXTO “LA FORA” POR SANTILLAN.

Abad_de_Santillan_et_mate

CAPÍTULO 20

CONSIDERACIONES FINALES

Llegamos al fin que nos habíamos propuesto y hemos seguido
el desenvolvimiento de la F.O.R.A. desde su fundación hasta
nuestros días, apoyados en algunos documentos más o menos
significativos, en las resoluciones y debates de sus congresos,
pero sin entrar en la descripción de las luchas constantes contra
el capitalismo y el Estado, material que no habría podido entrar
en estas páginas. Se puede afirmar altamente que es verdad
lo que ha dicho el escritor antes mencionado: la historia del
proletariado de América la hizo la F.O.R.A.; ella fue la que
presentó batalla con todas las armas de la acción directa a la
expoliación capitalista y a la opresión del Estado; ella fue la
que puso un coto a los desbordes del enemigo y la que simboliza
toda la acción proletaria y revolucionaria de defensa y de
ofensa.
Por su misma cualidad de organización de combate, expuesta
a todos los peligros, no se le podría exigir permanencia y solidez
orgánica en sus cuadros sindícales; a veces se ha visto deshecha
en tanto que organización, pero ha quedado siempre en
pie como bandera y como idea y nosotros nos sentimos más
orgullosos de una F.O.R.A. reducida al mínimo de cotizantes
por las persecuciones feroces de los adversarios que si se le hubiese
consentido un desarrollo pacífico como a los organismos
reformistas que disfrutan de todos los favores del Estado y del
capital.
Han pasado por la F.O.R.A. millones de trabajadores; unos
le ofrecieron una adhesión más larga y otros más corta; unos
han llevado un sedimento mayor y otros menor de ideas y enseñanzas;
en todos los hombres no tiene la misma intensidad el
amor a la justicia y la abnegación para bregar por ella. Pero de
ese paso por la organización revolucionaria, queda siempre algo
y ese algo reflorecerá cuando llegue la hora decisiva.
No está exenta de errores; como se equivoca el individuo, se
equivoca también la organización; pero con errores y equivocaciones, la F.O.R.A. ha hecho por los trabajadores en su lucha
contra el capitalismo y la opresión estatal lo que no hizo ninguna
otra fuerza social en la Argentina.
En una palabra, tenemos motivos para levantar en alto orgullosos
la bandera de la F.O.R.A., y sobre todo en estos momentos
en que ha sido puesta fuera de la ley, para reivindicar su
obra y anunciar su porvenir.
No quiere eso decir que se haya llegado a la cima de la perfección,
que se haya terminado el ciclo de su desarrollo, que no
haya otra cosa que hacer que seguirla pasivamente, sin pensamiento
propio.
Nosotros somos siempre críticos de la propia obra y quisiéramos
que toda verdad fuese reelaborada continuamente, porque
en esa reelaboración estaría su vida.
Estimamos que es preciso, por ejemplo, volver a la práctica
de los congresos anuales. El referéndum no puede sustituirlos
más que en casos muy especiales, porque no abarca sino dos
extremos, un no y un sí, y pasa por alto una infinidad de matices
intermedios que en un congreso pueden armonizar y expresarse
mejor. Por otra parte, los congresos anuales evitan prácticas
viciosas y cortan de raíz males que al dejarlos años y años
se convierten en desviaciones deplorables; además el mutuo conocimiento
de los militantes hace más solidaria su obra y más
íntima su relación.
Después de la reacción del Centenario en 1910, se interrumpió
la celebración de los congresos anuales y fue desde entonces
cuando se paralizó el impulso que diríamos creador; las meras
asambleas de delegados para resolver sólo cuestiones internas,
de la organización, no para debatir ideas e iniciativas como en
los congresos formales, no han bastado para suplir en este aspecto
a los congresos. Sin contar con que se deja así, de hecho,
demasiado al albur, de los Consejos de relaciones, la solución
de los problemas cotidianos de la organización.
No nos parece tampoco un feliz hallazgo el del cercenamiento
del pacto de solidaridad del IV congreso en lo relativo a las federaciones
de oficios afines, algo parecido a lo que hoy se denomina
organización por industria. El pacto de solidaridad del
IV congreso respeta la organización por oficio, pero no obstruye
sino que recomienda la federación nacional del oficio y la asociación de oficios afines. Los dos sistemas han coexistido en
la F.O.R.A. hasta hace 10 o 15 años y hoy más que nunca sería
preciso volverlos a poner en vigor. Un sindicato puede estar
adherido a su Federación Obrera Local y responder a ella en
todo lo que se refiere a la solidaridad y a la acción del conjunto
del proletariado local, pero puede ligarse también regional y
nacional y hasta internacionalmente con los sindicatos de oficios
afines.
Creemos que las restricciones opuestas al pacto del IV congreso
en los dos últimos congresos de la Federación deben ser
anuladas. Y no hablamos ya de la negación del boicot como
arma de lucha, resuelta en el décimo congreso de 1928, porque
está en el ánimo de todos el reconocimiento de ese error, fruto
de la ofuscación producida por el empleo abusivo que ha podido
hacerse en algunos casos.
La reafirmación sin restricciones del pacto de solidaridad
del IV congreso es un deber urgente, no sólo porque su sistema
de organización es superior al que se impuso en los últimos
años, sino porque responde mucho más a las exigencias de la
época revolucionaria en que vivimos.
La F.O.R.A. tiene un gran porvenir, pero lo malograría si no
quisiera ponerse a tono con las exigencias de la nueva situación
del mundo.
Hasta aquí ha cumplido como ninguna otra organización
en América, con su misión de defensa de los trabajadores, en
resistencia tenaz y abnegada contra el capitalismo. Pero no basta
ya la resistencia; es preciso encarar más y más la superación del
actual sistema económico. Los fundadores de la F.O.R.A. habían
previsto que un día la organización, que por el momento
respondía a la lucha contra la explotación y la opresión, habría
de ser el centro de la nueva estructuración económica y social;
con esa visión hablaba Pellicer Paraire cuando atribuía a las
Federaciones Obreras Locales la misión de Comunas revolucionarias;
con ese pensamiento por delante se debatía hace treinta
años en el puerto de Buenos Aires la toma directa del trabajo
sin intermediarios; y la misma idea inspiraba a los que hace
veinte años proponían en un congreso de la F.O.R.A. que se
adoptara como táctica de lucha la ocupación de las fábricas en
lugar de su abandono, etcétera.Como en lo sucesivo es más el pensamiento de la superación
del actual orden de cosas que la lucha y la crítica contra él lo
que debe guiarnos, al buscar la adaptación de nuestros esfuerzos
a la nueva estructuración económica y social, volvemos al
pacto de solidaridad del IV congreso como a una de las mejores
soluciones posibles. No es ya la defensa lo que ha de primar,
sino el ataque, y ese ataque implica una mejor disposición de
nuestras fuerzas, pues en el terreno económico la producción y
el consumo no pueden ser interrumpidos, so pena de hacer odiosa
la revolución y de tener que sostenerla sólo a base de nuevas
dictaduras. La revolución será tanto más libertaria y tanto menos
sanguinaria cuanto más preparada haya sido, cuanto más
se haya previsto la ocupación y el funcionamiento del engranaje
de la producción, la distribución y el consumo por los productores
mismos.
Urge también la cooperación armoniosa con los trabajadores
de la mayor cantidad posible de hombres de ciencia y de
técnicos; pues sólo la ciencia, la técnica y el trabajo lograrán
instaurar en la Tierra el paraíso soñado para ultratumba por
las viejas religiones. La F.O.R.A. debe apelar a esa colaboración,
abrir sus puertas al libre acceso de las buenas voluntades,
pues si para la resistencia contra el capitalismo era el obrero
asalariado el factor primordial y único, para la reconstrucción
social y económica, dado el desarrollo adquirido por los métodos
productivos y por la cultura, se requieren todas las fuerzas
progresivas y, en particular, la trilogía nombrada: el trabajo, la
ciencia y la técnica.
En una palabra, el centro de la F.O.R.A. hasta aquí, la resistencia
al capitalismo, hay que desplazarlo por este otro: la preparación
revolucionaria.
La preparación revolucionaria tiene dos aspectos, uno económico
y otro insurreccional. Si en este aspecto la federación se
eleva a la altura que se elevó en aquél, su triunfo en un porvenir
no lejano estará asegurado.
Según los objetivos de la organización obrera –y una organización
obrera puede surgir para fines diversos– así deben ser
la táctica, los métodos para realizar esos objetivos y convertir
las aspiraciones en realidad.
El primer esfuerzo en pro de una Federación Obrera Argentina, hecho por los socialistas legalitarios en 1890, tenía por
finalidad: a) crear una Federación de obreros de la República;
b) publicar un periódico; y c) mandar una petición al Congreso
de la Nación para que sancionara leyes protectoras de la clase
obrera.
La F.O.R.A., enemiga de la política parlamentaria, tiene por
objetivo no sólo la lucha directa por la conquista de mejoras
económicas y morales para el proletariado dentro de la situación
actual sino que pretende destruir el régimen económico y
político vigente.
Es natural que la táctica de la primera no puede ser idéntica
a la táctica de la segunda; es natural que los métodos favoritos
de una, buenos para el logro de sus propósitos, no conviene a la
otra, que se inspiran en objetivos distintos, y viceversa.
La F.O.R.A. reconoce como medios de lucha para la conquista
de mejoras económicas y morales sólo la acción directa,
es decir, la acción en que no intervienen terceros y que se desarrolla
por los trabajadores mismos frente al capital explotador
y al Estado tiránico. Y a los métodos de la acción directa ha
permanecido fiel en el curso de más de treinta años de existencia,
no teniendo hasta aquí motivos para desviarse en lo más
mínimo de ellos. La experiencia, al contrario, ha reafirmado
sus principios y presunciones y ha puesto bien de relieve que los
derechos del pueblo laborioso no llegan más que hasta donde
llega su fuerza para conquistarlos y defenderlos.
Los sindicatos de la F.O.R.A. defienden su derecho a la vida
contra la avaricia patronal mediante la huelga, el boicot, el
sabotaje.
La huelga puede ser de diversa naturaleza, según el propósito
y la entidad que la esgrime. Es parcial, cuando hace uso de
ella un sindicato para arrancar al capital concesiones para los
obreros de un establecimiento; es general de oficio cuando abarca
el conjunto de un gremio local; también se han dado casos
de huelgas generales nacionales de oficio (por ejemplo la de los
estibadores, en noviembre de 1902).
Las huelgas generales y parciales de un oficio se declaran
por los sindicatos respectivos; las huelgas generales de oficio
presuponen las federaciones nacionales de sindicatos de oficio.
Las Federaciones Obreras Locales, compuestas por diversos sindicatos, esgrimen la huelga general en su radio de organización,
ya sea como acto de defensa de núcleos de trabajadores
en lucha, ya sea como acto de protesta contra arbitrariedades
patronales y gubernamentales, ya sea en demanda de reivindicaciones
morales y materiales de validez general.
La F.O.R.A. dispone como arma específica de la huelga general
nacional, que abarca el conjunto de los organismos adheridos
en todo el país. Se ha empleado ampliamente para defender
a los trabajadores en lucha, para resistir la política represiva
del gobierno, para reclamar la libertad de los presos y el
derecho de palabra, de prensa y de asociación. Como única
organización de lucha revolucionaria, puede haber fracasado
en algunos de sus movimientos; puede, inclusive, haber abusado
de la huelga general, pero hasta aquí fue el único baluarte
del proletariado combativo y a ella se le debe el poco respeto
que los trabajadores han sabido conquistar.
Las huelgas generales de la F.O.R.A., como la de noviembre
de 1902, la de mayo de 1910, la de enero de 1919 en ocasión de
la matanza de huelguistas de la casa Vasena, las huelgas pro
Sacco y Vanzetti y pro liberación de Radowitzky, la huelga contra
el asesinato de Wilckens, serán inolvidables y honrarán siempre
a los organismos promotores.
Las huelgas generales pueden ser de brazos caídos y de luchas
y de sabotaje.
El boicot puede declararlo un solo gremio, una serie de gremios,
una Federación Local o bien ser nacional y ejercerse bajo
el patrocinio de la F.O.R.A. En consecuencia puede comprometer
a los obreros de un sindicato, de un grupo de sindicatos, a
los miembros todos de una Federación local o a todos los trabajadores
afiliados en la F.O.R.A.
El sabotaje es el arma extrema de la lucha obrera y los gremios
de la F.O.R.A. lo han empleado vastamente. Por él se dañan
los intereses materiales del capitalismo, sus maquinarias,
sus utensilios de trabajo, sus edificios. Así como el boicot ha
concluido a veces con firmas industriales y comerciales poderosas,
el sabotaje ha conseguido los mismos resultados.
El que se haya llegado en ocasiones a extremos desagradables
en la aplicación del boicot y del sabotaje no disminuye la
eficacia de esas armas de lucha. Muchos triunfos se deben a ellas y mientras persista la necesidad de la lucha anticapitalista,
persistirán los trabajadores revolucionarios en su empleo.
Algo así como el tejido conjuntivo de toda la acción gremial
y propagandista de la F.O.R.A. es la solidaridad: solidaridad
con los caídos tras las rejas y solidaridad en la lucha. El principio:
todos para uno y uno para todos, base de una moral superior,
informa la táctica de lucha de nuestro movimiento.
Ésos son los medios de lucha. La propaganda se hace por
medio de la conferencia, el mitin público, el periódico, el manifiesto,
etc. El parlamento de la F.O.R.A. es la calle, sus leyes
son la fuerza de sus organizaciones. En todo cuanto anhela y
pretende, permanece al margen de la sociedad capitalista y estatal,
sin dejarse interesar en sus rodajes, porque su finalidad
no está en la mejora de lo existente, sino en su destrucción para
sustituirlo por un orden de cosas más humano y más justo.
Nosotros señalamos una falla en su táctica. Ésta responde
admirablemente a la lucha contra el capitalismo y el Estado
en el régimen actual, pero no permite lo que es ya fundamental:
salir del infierno capitalista, destruir el monopolio de la
riqueza.
La huelga, el boicot, el sabotaje, nuestros recursos favoritos
y cotidianos en la lucha, pueden dañar al capitalismo, pero no
lo destruyen; pueden liquidar una firma comercial e industrial,
pero no atacan el fondo mismo del régimen económico en vigor.
Mejorar los salarios, reducir la jornada, conseguir mejores
condiciones de trabajo, no es destruir el capitalismo. Todo eso
se puede obtener y se obtiene sin salir del caos presente. La
huelga, el boicot y el sabotaje valen para arrancar esas conquistas
y para defenderlas; para destruir los pilares del capitalismo
no bastan. Y la F.O.R.A. quiere destruir esos pilares, para eso
ha sido creada, para eso ha sido sostenida.
En consecuencia, opinamos que es ya hora de decirlo todo y
de prepararnos para nuestro verdadero objetivo, que es la revolución
social.
La F.O.R.A. debe afilar las armas de la revolución y declarar
que lo mismo que las conquistas parciales tienen sus métodos
propios y lógicos, los tiene la destrucción del régimen de
opresión y explotación en que vivimos.
La huelga, el boicot y el sabotaje convienen en la sociedad capitalista, en las batallas previas, en el ejercicio revolucionario.
La revolución tiene sus armas propias, y una organización
obrera no puede concertarlas más que en estos dos métodos:
Ocupación de las fábricas, de la tierra y de los medios de
transporte.
Insurrección armada para la defensa de esa ocupación.
¿De qué modo queremos utilizar la organización de los trabajadores,
la única que puede asegurar el triunfo de una revolución
sin nueva instauración de privilegios políticos y económicos,
sino incitándola a seguir el camino de la desposesión del
capitalismo para la administración directa de la riqueza social
y la defensa armada, con todas las armas, de lo que nos pertenece,
por ser sus verdaderos y legítimos creadores?
Creemos que basta señalar la falla para que se trate de subsanarla.
Nuestros métodos son buenos para las luchas cotidianas
dentro del capitalismo; para la supresión del capitalismo
hay que formar nuestro arsenal, todavía muy pobre. El primer
paso está en el reconocimiento de la naturaleza de las armas a
emplear para el logro del gran objetivo. Y esas armas las hemos
señalado.
Buenos Aires, 10-31 de diciembre de 1932.

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