DOS TESTIMONIOS, UN ANARQUISTA ESPAÑOL Y UN OBISPO MEXICANO

A fines del siglo pasado, un anarquista español, Juan Casanovas, militante activo en Cataluña, describió sus impresiones y experiencias en México, en un artículo que reprodujo La Huelga General, de Barcelona (25 de diciembre de 1901):


«La esclavitud existe en México con todas sus consecuencias; de vez en cuando le da al gobierno por enviar, un cuerpo de tropas a internarse por el campo, donde aún viven, como los pueblos primitivos, los que allí llaman sin civilizar, y por donde pasa lo arrasan todo; los hombres que encuentran al paso los matan y las mujeres las reducen a prisión y luego las venden a las grandes empresas de ferrocarriles e ingenieros a cinco pesos por cabeza, lo que cuesta un becerro en el mismo país».


»En el ingenio en que yo he trabajado compraron 60 para los trabajos de peonaje; allí las tratan peor que si fuesen una manada de puercos; con un gran caldero les cocían un rancho de arroz con fríjoles y plátanos. No les daba salario alguno, y si algún operario del ingenio, como un mecánico, un albañil o un carpintero estaba solo y quería comprar una, el administrador la vendía a 10 pesos. A estas mujeres, las llaman “jacas”; a dicho ingenio llevaron 60, y no duraron ni un mes; todas menos cuatro murieron allí sin asistencia ni ningún cuidado facultativo, viviendo poco menos que a la intemperie en una casa que allí llaman galera cuando es grande y rancho cuando es chica, hecha de palma, como las que Cuba llaman bohíos, El ingenio o la compañía que compró estas “jacas” y así las dejó morir, es de Veracruz, el ingenio de San Cristóbal, cantón de Casmalnapan; gerente, don Antonio Barrios y Murga (mexicano)…


»También debo hacer constar que el ingenio de que queda hecha mención yo he visto matar a palos a algún hombre por fútiles pretextos, y los matadores son los españoles que están allí en calidad de capataces; el español en México tiene la libertad de matara a cualquier indio no por la ley, sino por la tolerancia del señor presidente»…


Pero si para algunos pudiese parecer sospechosa la crónica de Juan Casanova, anarquista catalán, puede confirmar su exactitud con la siguiente exposición del obispo de Querétaro, Francisco Benegas Galván, en 1896, que transcribe Alfonso López Aparicio en su obra El movimiento obrero en México, Antecedentes, desarrollo y tendencias.


«No hay, indudablemente, contrato de esclavitud entre el rico y el pobre; pero de hecho la esclavitud existe más horrorosa que la antigua, porque está velada con la apariencia de libertad. La esclavitud es la cesión perpetua de todo el hombre a otro hombre, de su trabajo, de su vida de conciencia. En México, país clásico de la libertad, como lo han llamado los oradores del 5 de mayo y el 16 de septiembre, hay esa esclavitud. No es necesario caminar mucho para encontrarla; el ferrocarril, en unas cuantas horas, nos conduce a donde está. Es una finca de campo. Ahí está el trabajador; ha rendido su trabajo, sacrificado su vida y hasta inmolado su conciencia. De día a la noche conduce el arado, del día a la noche cava, hora tras hora remueve la tierra, esparce el agua, corta la madera, recoge las mieses, y en cambio de esta fatiga terriblemente penosa sólo recibe 18 a 25 centavos al día, que se les da parte en semillas y parte en efectivo, y aun este precio le parece excesivo a los hacendados, quines los rebajan ingeniosamente, El trabajador necesita de otras cosas para su alimentación o vestido; el hacendado se las dará. Ahí está la tienda para que en ella se provea de todo. He aquí las consecuencias: el peón da su trabajo y en cambio recibe sólo mal alimento y peor vestido. ¿No es la condición del esclavo?… Señores ricos, no hay medio: o abren su corazón a la caridad y los despojan de la riqueza como el catolicismo ordena y consideran a su servidor como sus hermanos e hijos de Dios, aligerando sus penas, disminuyendo las horas de trabajo y aumentando el jornal según el caritativo pensamiento de León XIII, o estarán aglomerando odios y rencores, y cuando el viento socialista sople en México, y quizá sople pronto, agitará esas olas que ustedes han preparado y a su raudo y potente empuje quedarán sepultadas sus riquezas y sus vidas».


En el Estado de Colima, como en todo los demás, los salarios de los hombres de campo en las haciendas eran de 15, 18 y 25 centavos diarios, por jornadas de diez y más horas. Los latifundistas «tenían como norma la crueldad, y pobre de aquel miserable que tomase un tercio de leña, un costalillo de guayabas o algunas rajas de madera para construir su modesta choza, pues pagaba con su vida si se le encontraba con algunas de estas cosas. Se el acusaba de bandido, y la política de la época era acabar con el latrocinio»… (Ricardo B. Núñez, La revolución en el Estado de Colima).

HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN MEXICANA – DIEGO ABAD DE SANTILLÁN

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