LOS MÉTODOS DEL ANARCOSINDICALISMO. Rudolf Rocker

Rudolf Rocker. CP, Fonds Chambelland

Con frecuencia se ha acusado al anarcosindicalismo de no interesarse en la estructura política de los diversos países y, por consiguiente, de desentenderse de las luchas políticas de nuestro tiempo, limitando su actividad a la lucha por unas demandas puramente económicas. Es ésta una idea errónea que nace de una manifiesta ignorancia o de una deliberada tergiversación de los hechos. No es la lucha política como tal lo que diferencia a los anarcosindicalistas de los modernos partidos obreristas, ni en la táctica ni en los principios, sino la forma de mantener esta lucha y los objetivos que tiene a la vista.

Es indudable que la mayor satisfacción de aquellos es pensar en el porvenir de una sociedad sin amos; pero eso no obsta para que ya desde hoy encaminen sus esfuerzos a restringir la actividad del Estado, bloqueando la influencia de éste en todos los sectores de la vida, siempre que se ofrezca ocasión. Esta táctica es la que distingue el procedimiento anarcosindicalista de los propósitos y de los procedimientos de los partidos obreristas políticos, toda cuya actividad tiende constantemente a dilatar la esfera de la influencia del poder político del Estado y a extenderlo cada vez en mayor medida incluso a la vida económica de la sociedad. Pero con ello sólo se logra preparar ya desde el comienzo el camino hacia una era de capitalismo de Estado que, si nos atenemos a las lecciones de la experiencia, puede resultar todo lo contrario de lo que el socialismo se esfuerza realmente por lograr.

La actitud del anarcosindicalismo frente al poder político de nuestros días es exactamente igual a la que adopta frente al sistema de explotación capitalista. Sus afiliados ven con claridad meridiana que las injusticias sociales de este sistema no radican en inevitables excrecencias de la vida de relación, sino en el orden económico capitalista por sí mismo. Mas al mismo tiempo que sus esfuerzos se dirigen a la abolición de la presente forma de explotación capitalista y a sustituirlo por un orden socialista, tienen muy en cuenta el trabajar, en todo momento y por todos los medios a su alcance, por mermar el provecho de los capitalistas en las actuales condiciones, y elevar la participación de los auténticos productores en el disfrute de los productos que elaboran en el mayor grado que las circunstancias permitan.

Los anarcosindicalistas proceden con la misma táctica en su lucha contra el poder político que halla, su autentica expresión en el Estado. Reconocen que el Estado moderno es precisamente consecuencia natural del monopolio económico capitalista, y que no sirve sino para mantener este estado de cosas poniendo en juego todos los instrumentos opresores del poder político. Pero si bien están persuadidos de que al desaparecer el sistema de explotación, también desaparecerá su instrumento político de protección, dando paso a la administración de los negocios públicos a base del libre acuerdo, no por eso dejan de ver, en manera alguna, que los esfuerzos del obrero en el actual orden político deben tener por inmediato objeto la defensa constante de todos los derechos políticos y sociales recabados, contra todos los ataques de la reacción, ampliando sin cesar el ángulo que abarca esos derechos, siempre y allí donde se presente ocasión.

Porque de la misma manera que el obrero no puede permanecer indiferente ante las condiciones económicas de su vida en la sociedad presente, tampoco puede tenerle sin cuidado la estructura política de su país. Tanto en la lucha por la defensa de su pan cotidiano como en la propaganda de todo género conducente a la liberación social, necesita derechos políticos y libertades, y debe luchar igualmente por éstos siempre que le sean negados, defendiéndolos con toda energía en cuantas ocasiones se trate de arrebatárselos. Es, por tanto, absurdo decir que el anarcosindicalismo se desinteresa de las luchas políticas de su tiempo. La heroica pelea de la CNT en España contra el fascismo, es tal vez la mejor demostración de que no hay asomo de verdad en esa superchería.

Pero el punto de ataque en las luchas políticas no está en los cuerpos legislativos, sino en el pueblo. Los derechos políticos no se engendran en los parlamentos, antes bien, les son impuestos a éstos desde fuera. Ni siquiera su aprobación y promulgación ha sido durante mucho tiempo garantía de su cumplimiento. Lo mismo que los patronos tratan siempre de anular toda concesión que hayan tenido que hacerle al trabajo, a la menor oportunidad que se les presente, en cuanto notan el menor síntoma de debilitamiento en las organizaciones obreras, así también los gobiernos están siempre predispuestos a restringir o a abrogar completamente los derechos y libertades otorgados, si se imaginan que el pueblo no ha de oponer resistencia. Incluso en los países en que desde hace tiempo hay esas cosas que se llaman libertad de prensa, derecho de asociación, y otras por el estilo, los Gobiernos tratan constantemente de restringir esos derechos o de interpretarlos a su antojo, por medio de quisquillosidades judiciales. Los derechos políticos no existen porque hayan tomado estado legal sobre el papel, sino que empiezan a ser realidad cuando comienzan a formar un hábito nacido en la propia entraña del pueblo y cuando toda pretensión de reducirlo tropieza con la resistencia violenta de la multitud. Cuando no ocurre así no hay oposición parlamentaría ni llamamiento platónico a la constitución que tenga remedio. Se obliga al respeto por parte de los demás, cuando uno sabe cómo defender su dignidad de ser humano. Y esto no es sólo verdad respecto a la vida particular, sino que lo es asimismo en la vida política.

El pueblo goza de todos los derechos y privilegios políticos de que gozamos todos, en mayor o menor escala, y eso no es por la buena voluntad de los Gobiernos, sino gracias a que ha demostrado que tiene fuerza. Los Gobiernos han empleado siempre todos los medios que han hallado al alcance para evitar el logro de esos derechos o para convertirlos en pura ilusión. Grandes movimientos de las masas y completas revoluciones han sido necesarios para arrancar, en ese forcejeo, los aludidos derechos a las clases rectoras, las cuales jamás hubieran accedido de buen grado a concederlos. Basta con repasar la historia de los tres siglos últimos para comprender cuán inhumanas luchas ha costado el arrancar, pedazo a pedazo, cada derecho a los déspotas. ¡Cuán duras batallas, por ejemplo, han tenido que librar los trabajadores en Inglaterra, en Francia, en España y en otros países para obligar a los Gobiernos a reconocer el derecho de asociación sindical!

(…)Para las clases burguesas el sistema parlamentario es, sin duda alguna, instrumento adecuado para el arreglo de sus conflictos, cuando éstos se presentan, y para hacer provechosa la colaboración, puesto que todos ellos tienen el mismo interés en mantener el orden económico vigente y la organización política que lo sustenta. Ahora bien: cuando hay un interés común, cabe el mutuo acuerdo, útil a una y otra parte. Mas la situación es muy otra por lo que al obrero se refiere. Para los trabajadores, el orden económico existente es el origen de su explotación económica, y el poder organizado del Estado es el instrumento mediante el cual es mantenida su sujeción política y social. La más imparcial de las elecciones, no puede correr un velo sobre el imprudente Contraste que ofrecen las clases ricas y las desposeídas, No sirve más el sufragio que para dar a un sistema de injusticias sociales un aspecto legal, y para inducir al esclavizado a que él mismo imprima un sello de aparente legalidad a su propia servidumbre.

Pero lo que mayor importancia tiene es la experiencia práctica que ha demostrado que la participación de los trabajadores en los trabajos parlamentarios, anquilosa su poder de resistencia y convierte en nada toda su lucha por derrocar el actual sistema.

(…) los anarcosindicalistas no son contrarios, ni mucho menos, a la lucha política; pero juzgan que también esta lucha debe tomar carácter de acción directa, pues ésta es la que permite que los instrumentos de combate que posee el trabajador sean los más eficaces posible. La más insignificante lucha por cuestión de salarios demuestra claramente que, en cuanto los patronos se encuentran en situación un poco apurada, el Estado les ofrece la ayuda de la policía e incluso, según vayan las cosas, la de la tropa, pues así se protegen los intereses de las clases propietarias, cuando dichos intereses peligran. Todos los acontecimientos que afectan a la vida de la comunidad son de índole política. En este sentido, todos los actos de importancia para la economía, como por ejemplo una huelga general, son asimismo actos políticos, y, por supuesto, de mucha mayor importancia que cualquier procedimiento parlamentario. Es también una lucha de carácter político la contienda del anarcosindicalismo contra el fascismo, como también la propaganda antimilitarista, batalla ésta que durante varias décadas sólo han sostenido los socialistas libertarios y los sindicalistas, y que ha costado enormes sacrificios.

(…)

El foco de la lucha política no radica, pues, en los partidos políticos, sino en la guerra económica de las organizaciones obreras. El comprenderlo así es lo que hizo que los anarcosindicalistas concentraran su actividad en la educación de las masas y en la movilización de su potencialidad económica y social. Éste es el método que ha servido para realizar algo en todos los momentos decisivos de la historia. La misma burguesía, en sus luchas contra la aristocracia, ha recurrido abundantemente a este método: negándose a pagar los impuestos, por el boicot y la revolución es como ha llegado, retadoramente, a ocupar una posición dominante en la sociedad. Y tanto peor será para sus representantes de hoy haber olvidado la historia de sus padres y el aullar sanguinariamente contra los «métodos ilegales» de los trabajadores en su lucha por libertarse. ¡Como si alguna vez la ley hubiera permitido, a una clase sometida, sacudirse el yugo! La Historia no cita ningún ejemplo.

Por acción directa, los anarcosindicalistas dan a entender todos los procedimientos inmediatos de guerra contra sus opresores económicos y políticos. Entre esos procedimientos, los más salientes son: la huelga en sus distintos grados, desde la simple lucha en demanda de mejora de salarios, hasta la huelga general; elboicot; las infinitas formas del sabotaje; la propaganda antimilitarista; y en casos sumamente críticos, como el que se ha presentado actualmente en España, la resistencia armada del pueblo en defensa de la vida y la libertad.

Entre estas diversas formas de lucha técnica, la huelga, es decir, la negativa organizada a trabajar, es la más usada. Desempeña, por lo que a los trabajadores respecta, un papel equivalente al de los frecuentes levantamientos de campesinos en la edad feudal. En su forma más sencilla, la huelga es el medio de mejorar la condición general de la vida del obrero y de defender las mejoras ya logradas, contra las medidas concertadas de los patronos. Pero la huelga no es para el proletariado solamente un medio para la defensa de sus inmediatos intereses económicos, sino que es una escuela constante para el empleo de su energía o capacidad de resistencia, pues le demuestra, un día y otro, que el menor de sus derechos tiene que ser ganado por medio de incesante lucha contra el sistema vigente.

Tanto las organizaciones combativas de los trabajadores, como la misma lucha cotidiana en torno al salario, son consecuencia del orden económico capitalista, y, por consiguiente, constituyen una necesidad vital para el obrero. Sin ello, éste se vería hundido en el abismo de la miseria. Es cierto que el problema obrero no puede resolverse solamente con huelgas por el aumento de los jornales, pero esas huelgas son el mejor instrumento educativo para que los trabajadores se percaten de la verdadera esencia del problema social, adiestrándolos en la lucha para la liberación de los sometidos a la esclavitud económica y social. También tiene un valor axiomático la afirmación de que mientras el trabajador tenga que vender sus manos o su cerebro a un patrono, nunca obtendrá más que lo estrictamente indispensable para ir viviendo. Pero las necesidades indispensables a que tiene que atender no son siempre las mismas, sino que cambian constantemente con los requerimientos que el trabajador hace a la vida.

Aquí llegamos al punto de la significación general cultural que encierra la lucha del trabajo. La alianza económica de los auténticos productores no sólo les proporciona un arma para obligar a que se les mejore el nivel de vida, sino que se convierte para ellos en una escuela práctica, en una universidad de experiencia, en la que adquieren instrucción e ilustración, en inestimable medida. Los experimentos y sucesos prácticos de la lucha cotidiana de los trabajadores se traducen en un precipitado intelectual en sus organizaciones, ahondando su comprensión y ampliando las perspectivas de su pensamiento. Por la constante elaboración intelectual de sus experimentos en la vida, se desarrollan en los individuos necesidades nuevas y nuevos estímulos en distintos campos de la vida del pensamiento. Precisamente en este desarrollo estriba la gran significación cultural de esas luchas.

Una verdadera cultura de la inteligencia y la demanda de más altos reclamos a la vida son cosas que no pueden producirse mientras el hombre no haya alcanzado cierto nivel material de vida, que le haga capaz de ello. Sin este preliminar, toda aspiración intelectual superior queda desplazada. Hombres constantemente amenazados por una espantosa miseria, apenas pueden concebir nada que se refiera a altos valores intelectuales. Hasta que los obreros, después de varias décadas de lucha, no alcanzaron por sí mismos un tipo de vida mejor, no pudo hablarse entre ellos del desarrollo intelectual y cultural. Y es esta aspiración de los trabajadores lo que el patrono ve con mayor recelo. Para los capitalistas, como clase, sigue teniendo todo su significado la conocida frase del ministro español Bravo Murillo: «No necesitamos hombres que piensen, entre los obreros; lo que se necesita son bestias de labor»

Uno de los resultados más importantes de luchas económicas diarias es el desarrollo del sentido de solidaridad entre los trabajadores, cosa que para ellos tiene un alcance muy distinto que la coalición política de los partidos, en la que entra gente de todas las clases sociales. Una sensación de mutua ayuda, cuya fuerza se renueva constantemente en la brega ininterrumpida por las necesidades de la vida, que está continuamente reclamando con el máximo apremio la cooperación de los seres sujetos a las mismas condiciones, obra en forma muy distinta que los abstractos principios de partido, que, por lo general, no tienen más que un valor platónico. Nace la conciencia vital de un destino común, y gradualmente se desarrolla hasta formar un nuevo sentido del derecho, llegando a ser la condición ética preliminar para todos los esfuerzos de liberación de una clase oprimida.

Fomentar y robustecer esta natural solidaridad de los trabajadores y dar a cada movimiento huelguístico un carácter social más profundo, es una de las tareas que se han impuesto los anarcosindicalistas. Por eso una de sus armas preferidas es la huelga por solidaridad, que ha tenido en España un desarrollo de una amplitud sin igual en otros países. Este procedimiento hace que la batalla económica se convierta en una verdadera acción de los obreros como clase. La huelga solidaria es la colaboración de las categorías de industrias colaterales, pero también de las no relacionadas entre sí, con objeto de prestar ayuda en la lucha por el triunfo a un determinado ramo, haciendo extensivo el paro a otras industrias cuando se juzga conveniente. En este caso los trabajadores no se contentan con prestar socorro económico a sus hermanos en lucha, sino que van más lejos y, paralizando industrias enteras, causan una rotura en el conjunto de la vida económica, con objeto de lograr que sus reclamaciones sean atendidas realmente.

Hoy que, por la formación de trusts nacionales e internacionales, el capitalismo privado se va convirtiendo más y más en capitalismo de monopolio, esta clase de lucha es la única que en muchos casos los trabajadores pueden tener esperanza de ver victoriosa. A causa de la transformación interna del capitalismo industrial, la huelga de solidaridad resulta el imperativo de la hora presente para el proletariado. Así como los patronos, por medio de sus «cartels» y organizaciones protectoras, se crean una base cada vez más amplia para la defensa de sus intereses, así también los trabajadores tienen que prestar atención a la necesidad de crear, por sí mismos, ampliando cada vez más la alianza de sus organizaciones económicas nacionales e internacionales, la base necesaria para una acción solidaria de masas, que esté en adecuada proporción con las exigencias del tiempo. Las huelgas restringidas pierden cada día su primitiva importancia, aunque no están llamadas a desaparecer del todo. En la lucha económica moderna entre el capital y el trabajo, la gran huelga, que abarca la totalidad de importantes industrias, desempeñará cada día un papel más amplio

(…)La acción directa ejercida por la organización del trabajo tiene en la huelga general su expresión más acusada, es decir, la paralización del trabajo en cada ramo de la producción simultáneamente, para la resistencia organizada del proletariado con todas las consecuencias que de ello derivan. Es el arma más poderosa que tienen los trabajadores a su disposición, y ofrece la prueba más convincente de su fuerza como factor social.

(…)

Naturalmente que la huelga general no es un procedimiento al que pueda recurrirse arbitrariamente, por cualquier motivo. Requiere ciertas premisas sociales que le den su verdadera fuerza moral y hagan de ella una manifestación de la voluntad de vastas zonas de la masa popular. La ridícula pretensión, tan a menudo atribuida al anarcosindicalismo, de que es simplemente bastante proclamar una huelga general para establecer en pocos días una sociedad socialista, es una acusación sencillamente estúpida, una invención de adversarios malintencionados para desacreditar una idea contra la cual no tienen mejores argumentos.

La huelga general sirve para varios fines. Puede ser el último grado de unas huelgas solidarias, como por ejemplo la huelga general de Barcelona en febrero de 1902, o la de Bilbao en 1903, que permitió a los mineros librarse del odioso truck system y obligó a los patronos a adoptar medidas sanitarias en las minas. Puede ser también el medio por el cual la organización trabajadora procura hacer presión para obtener satisfacción a alguna demanda general, como por ejemplo en la proyectada huelga general de los Estados Unidos en 1886, para obligar a que se garantizase la jornada de ocho horas en todas las industrias. La gran huelga general de los trabajadores ingleses en 1926 fue a consecuencia de un plan de los patronos que trataban de rebajar el nivel general de la vida de los obreros, disminuyendo los jornales.

Pero la huelga general puede tener también objetivos políticos, como por ejemplo la lucha de los trabajadores españoles en 1904 para libertar a los presos políticos, o la huelga general de Cataluña en julio de 1909 para obligar al Gobierno a terminar la guerra de Marruecos. Hay que citar, como de la misma categoría, la huelga general de los trabajadores alemanes en 1920 que se produjo después del llamado putsch de Kapp y puso fin a un Gobierno que había tomado el poder por el procedimiento de la cuartelada; lo mismo fueron las huelgas de conjunto de Bélgica, en 1903, y de Suecia, en 1909, para recabar el sufragio universal, y la huelga general de los obreros rusos, en 1905, para la garantía de la Constitución. Pero en España el movimiento huelguístico, ampliamente extendido entre los obreros de la ciudad y del campo, después de la rebelión fascista de 1936, se desarrolló en forma de huelga general social y condujo a la resistencia armada y, con ello, a la abolición del orden económico capitalista y a la organización de la vida económica por los mismos obreros.

La gran importancia de la huelga general está en lo siguiente: de golpe provoca la paralización de todo el sistema económico y lo sacude hasta los cimientos. Por otra parte, una acción así no depende de la preparación práctica de todos los trabajadores, de la misma manera que tampoco todos los ciudadanos de un país participaron nunca en una brusca transformación política. El que los obreros de las industrias más importantes, organizados, cesen en el trabajo en un momento dado, es suficiente para agarrotar todo el mecanismo económico, que no puede marchar sin la provisión diaria de carbón, energía eléctrica y materias primas de todo género. Por eso cuando las clases gobernantes se hallan enfrentadas con un proletariado enérgico, organizado y aleccionado en los conflictos cotidianos, se percatan de lo que arriesgan en el asunto, y, por encima de todo, temen adoptar una actitud que podría conducirles a situaciones extremas.

(…)

La paralización de toda la vida pública dificulta el que se pongan de acuerdo los representantes de las clases dirigentes y los funcionarios locales con el Gobierno central, cuando no lo impide completamente. Incluso el ejército es en tales casos movido para otros servicios que los ordinarios en una rebelión política. En el segundo caso, le basta al Gobierno, mientras cuente con la lealtad de los militares, concentrar las tropas en la capital y en los puntos más importantes del país, con objeto de cortar los peligros que podrían alzarse.

Una huelga general, en cambio, obliga inevitablemente a diseminar las fuerzas armadas, pues entonces lo que importa es proteger todos los centros importantes de la industria y el sistema de transporte contra los huelguistas en rebelión. Ahora bien: esto quiere decir que la disciplina militar, que es mayor cuando la tropa opera en grandes formaciones, se relaja. Dondequiera que los militares se hallen en pequeños grupos frente a determinada gente que pelea por su libertad, hay siempre el peligro de que, al menos una parte de los soldados, reflexione y comprenda que, al fin y al cabo, está apuntando con las armas a sus propios padres y hermanos. Porque el militarismo es también fundamentalmente un problema psicológico, y su funesta influencia se manifiesta invariablemente de manera más peligrosa cuando a los individuos no se les da medio de pensar en su dignidad de seres humanos, no se les ofrece ocasión de ver que hay otras funciones más altas en la vida que entregarse a los designios de un opresor sanguinario del propio pueblo.

Para los trabajadores, la huelga general sustituye al levantamiento de barricadas de las agitaciones políticas. Es para ellos una derivación lógica del sistema industrial que les convierte hoy en sus víctimas, y les da, a la vez, el arma más poderosa para recabar la libertad, con tal que tengan la medida de su fuerza y acierten a emplear dicha arma en forma adecuada.

(…)Otra forma importante de lucha, de acción directa, es el boicot. Puede ser empleado por los obreros tanto en su calidad de productores como de consumidores. La negativa sistemática a adquirir las mercancías procedentes de aquellas empresas cuyos productos no son elaborados en las condiciones aprobadas por los sindicatos, puede tener una importancia decisiva, especialmente en ramos de la industria que provee de mercancías de uso general. Al mismo tiempo elboicot es muy adecuado para influir en la opinión pública en favor de los trabajadores, si éstos acompañan su actitud de una propaganda acertada. El label sindical es un medio para facilitar el boicot, pues da al comprador la contraseña que le permite distinguir los géneros que desea de los que quisieran darle de otro origen.

(…)Como productores, los obreros tienen en el boicot un medio de imponer el embargo a las empresas fabriles que se mostrasen especialmente hostiles a la organización sindical.

(…)

Entre las armas del repertorio anarcosindicalista, el sabottage es la más temida por los patronos y la más condenada como «ilegal». En realidad se trata de un método económico de guerrilla, tan antiguo como el mismo método de explotación y de opresión política. En algunos casos, es un recurso obligado si fallan los demás medios puestos en juego. El sabotaje consiste en que los trabajadores opongan los mayores obstáculos posibles a la marcha del trabajo normal. En general, así se procede cuando los patronos, valiéndose de unas circunstancias económicas adversas a la industria, o de otra causa, ven una ocasión de aprovecharse y tratan de rebajar el nivel de vida del trabajador, por la disminución de los salarios y el aumento de la jornada de labor. La palabra misma está tomada del vocablo francés sabot -zueco-, y se da a entender con ello que el trabajo se haga torpemente, como a golpes de zueco. El significado total de la palabra sabottage se expresa hoy en este principio: a malos jornales, mal trabajo. Es ésta una consideración a la que también los patronos se atienen al calcular el precio según la calidad de la mercancía. El productor, el obrero, se encuentra en idéntica posición: sus productos son su poder de trabajo y es sencillamente natural que trate de disponer de él en las mejores condiciones que pueda obtener.

Pero cuando el patrono se aprovecha de la mala situación del producto para imponerle un precio a su trabajo, lo más bajo posible, no debe extrañarse de que procure defenderse lo mejor que pueda. Y que para lograrlo emplee los recursos que las circunstancias le deparan.

(…)Con frecuencia el sabotaje se produce así: antes de una huelga, los obreros ponen las máquinas en forma que no puedan ser utilizadas fácilmente por suplentes de los huelguistas, o imposibles de funcionar en bastante tiempo. En ningún campo hay tanto margen para la imaginación del operario como en éste. Pero el sabotaje de los trabajadores siempre se dirige contra los patronos, nunca contra el consumidor.

(…)

El sabotear a los consumidores es privilegio ancestral de los patronos. La adulteración intencionada de las viandas, la edificación de míseros antros -slums- y viviendas malsanas con el material peor y más barato; la destrucción de grandes cantidades de productos alimenticios, para mantener los precios, cuando hay millones de seres que perecen en la más espantosa miseria; los constantes esfuerzos patronales para deprimir lo más posible el nivel de la subsistencia de los trabajadores con el afán de aumentar sus ganancias; la impúdica costumbre de las industrias de armamento de proporcionar a otros países equipos completos de guerra, que, si llega el caso, serán empleados para devastar el país que los produjo, éstos y otros muchos, son ejemplos sueltos de una inacabable lista de tipos de sabotaje empleados por los capitalistas contra su propio pueblo.

Otra manera efectiva de proceder según la acción directa es la huelga social, que en un próximo futuro tendrá que desempeñar un papel mucho más importante. No tiene por objeto tanto los intereses de la clase productora como la protección de la comunidad contra las manifestaciones más perniciosas del presente sistema. La huelga social se encamina a recargar sobre el patrono sus responsabilidades para con el público. Tienen primordialmente en vista la protección de los consumidores, de los que son mayoría los mismos obreros. Hasta el presente, la misión sindical casi se ha limitado a proteger al obrero como productor. Mientras el patrono respetase el horario de labor convenido y abonase los jornales establecidos, su tarea estaba cumplida. En resumen: el sindicato se interesaba solamente por las condiciones en que sus miembros trabajasen, no en la clase de trabajo que hicieran. Teóricamente, es cierto que las relaciones entre el obrero y el patrono se fundan en un contrato establecido para el cumplimiento de algo definido. El objeto en este caso es la producción social. Pero un contrato sólo tiene sentido cuando ambas partes participan por igual en el propósito convenido. En realidad, el obrero, hoy día, no tiene voz en las funciones de determinar la producción, porque sobre esto toda la atribución se la reserva el patrono. Consecuencia: el obrero se ve rebajado a hacer mil cosas que continuamente sirven sólo para perjudicar a toda la comunidad, en beneficio del patrono. Se ve obligado el trabajador a emplear materias ínfimas y aun dañosas, en la elaboración de productos; a levantar miserables viviendas, a aprovechar alimentos averiados y a perpetrar infinidad de actos ideados para engañar al consumidor.

Los anarcosindicalistas opinan que la gran tarea futura de los sindicatos consiste en intervenir enérgicamente en esto. Un primer paso en este sentido haría que, al mismo tiempo, la posición social del obrero se elevase y confirmase en gran medida esta posición. Ya se han hecho varios esfuerzos en este terreno, que dan testimonio de la nueva tendencia, como en Barcelona, cuando los obreros de la construcción se declararon en huelga, negándose a emplear material inferior y desecho de derribos para las casas de los obreros (1902); la huelga de varios restaurantes de París, por negarse los empleados de la cocina a guisar comida barata y en mal estado (1906); y otros casos recientes con los que se podría hacer una lista considerable, casos que demuestran cómo aumenta el sentido de responsabilidad de los obreros respecto a la sociedad. La resolución de los trabajadores alemanes de las fábricas de armamento en el congreso de Erfurt (1919), en la que se declaraba que no se debían hacer más instrumentos de guerra y que había que obligar a los patronos a transformar las fábricas para otros usos, es un acto que entra de lleno en esta categoría. Y lo cierto es que dicha resolución se mantuvo lo menos dos años, hasta que la quebrantaron las centrales de la organización sindical. Los trabajadores anarcosindicalistas de Soemmerda resistieron con energía hasta el último momento, y por fin se vieron sustituidos por miembros de los sindicatos libres.

Como declarados adversarios de todas las ambiciones nacionalistas, los sindicalistas revolucionarios de los países latinos han consagrado siempre una parte considerable de su actividad a la propaganda antimilitarista, procurando mantener entre los soldados, bajo la apariencia del uniforme, a los obreros leales a su clase, y evitar que hicieran armas contra sus hermanos en tiempos de huelga. Esto les ha costado muchos sacrificios; pero nunca han cejado en sus esfuerzos, pues saben que sólo manteniendo una guerra sin tregua contra los poderes dominadores pueden recobrar sus derechos. Al mismo tiempo, la propaganda antimilitarista contribuye a oponer en gran manera la huelga general al peligro de guerras futuras. Los anarcosindicalistas se percatan de que las guerras únicamente se libran en provecho de las clases dirigentes; por consiguiente, estiman que es legítimo todo medio encaminado a evitar la matanza organizada de pueblos. También en este terreno los obreros tienen todos los resortes en sus manos, Y sólo necesitan la voluntad y la energía moral para ponerlos en juego.

Ante todo, es necesario curar al movimiento obrerista de su fosilización interna y librarlo de los lemas con signas hueros, propios de los partidos políticos, para que avance intelectualmente y desarrolle en sí mismo las cualidades creadoras que deben preceder a la realización del socialismo. El que esto es posible en la práctica tiene que llegar a ser convicción íntima de los trabajadores y cristalizar en una necesidad ética. La gran meta final del socialismo debe surgir de las luchas sostenidas un día y otro, a las que este objetivo da un carácter eminentemente social. En la pequeña refriega cotidiana, nacida de las necesidades de cada momento, debe reflejarse la gran meta de la liberación social, y cada una de esas batallas contribuirá a allanar el camino y a robustecer el espíritu que transforma íntimos anhelos de los que las sostienen en voluntad y en acción.

ANARCOSINDICALISMO, TEORIA Y PRACTICA / RUDOLF ROCKER. 5.LOS MÉTODOS DEL ANARCOSINDICALISMO (EXTRACTO)

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