La “clase media” no existe. Danilo Castelli

clases socialesEl concepto de “clase media” fue creado por los de arriba para dividir a los de abajo

Obreros, campesinos, comerciantes, profesionales, empleados de cuello blanco, docentes, etc. todos tienen en común que necesitan trabajar para vivir. Algunos de ellos tienen un mayor ingreso que otros, incluso algunos pueden alcanzar una posición de rentistas o empresarios. Estos son los sectores medios de la fuerza de trabajo. Los sectores medios se diferencian del resto del pueblo en que pueden acceder a un mayor nivel de consumo y, dependiendo de las relaciones de desigualdad que haya entre los distintos grupos étnicos de un país, pueden alcanzar posiciones de jerarquía social vedadas a quien no tiene la ascendencia “correcta”. Esto da una apariencia de ser una clase distinta -superior- a los estratos de clase trabajadora que por cuestiones étnicas, culturales, o de posibilidades económicas está vedada de alcanzar ciertas posiciones sociales. De ahí la creencia de constituir una clase que se encuentra a medio camino entre el proletariado y la élite capitalista (o clase baja y clase alta, en la sociología mediocre).

Pero esta distinción solamente es válida en cuanto a nivel de ingreso y status social (y esto último por razones extra-económicas). Todos los sectores populares comparten la necesidad de salud, educación, vivienda, ambiente sano, acceso a la cultura, recreación. Todos ellos sufren las consecuencias de la degradación ambiental, del abandono estatal en los casos de “catástrofe natural”, del empeoramiento de las ciudades, de la inflación y el encarecimiento de la canasta básica, de la mercantilización de la cultura y la vida íntima, y de la represión. Las diferencias entre los sectores medios y los otros sectores no son lo suficientemente esenciales para hacer una distinción de clase. Por eso pienso que no es correcto hablar de clase media, pero sí es correcto hablar de una identidad de clase media. Esta identidad tiene sus raíces históricas.

El papel del racismo colonial en el nacimiento de la identidad de “clase media”

La élite que estaba en el poder político argentino a finales del siglo XIX (periodo conocido como “proceso de organización nacional”) tenía una concepción de lo europeo como civilizado y de lo nativo (y por lo tanto, indio, negro y criollo) como bárbaro. Pocos integrantes de esta élite expresaron este pensamiento de manera tan taxativa como Sarmiento. Él dejó bien en claro que la inmigración que prefería era la europea, y que no había que ahorrar en sangre de indio y de gaucho para “civilizar” al país.

El desarrollo del nuevo capitalismo local dio origen a los sectores medios de la fuerza de trabajo, y esta política oficial racista favoreció que esos sectores medios fueran ocupados principalmente por los inmigrantes europeos. La invisibilización histórica de cómo los inmigrantes europeos se beneficiaron de esta política oficial excluyente de la población nativa ha dado origen al mito del inmigrante como protagonista de la creación de la Argentina moderna (1). La élite logró cooptar a gran parte de los inmigrantes a una cultura “decente” con un marcado sentimiento antiplebeyo, relegando el componente indo-afro-criollo al paisaje y al pasado de “barbarie”, y multiplicando las ocasiones en que estos nuevos sectores pudieran diferenciarse del resto del pueblo (según su vestimenta, su forma de hablar, sus lugares de vivienda y recreación, sus preferencias musicales).

No es poco frecuente escuchar a los descendientes de estos inmigrantes repetir -sustentándolo con la anécdota del abuelo o bisabuelo- el prejuicio de un país dividido en una población decente, con cultura del trabajo, que tiene lo que tiene por méritos de su propio esfuerzo (“la gente laburadora”); y otra población sin cultura, que no trabaja, que depende de la caridad y de las dádivas del poder político, y que es fuente de decadencia moral y criminalidad (“los negros vagos”). También es habitual escuchar a esa misma gente hablar de manera desvalorizante del propio país y degradar lo autóctono: esto es fruto de la colonización cultural que dice que lo de afuera es mejor que lo propio. Pocos han investigado este fenómeno mejor que Jauretche.

¿Hace falta abundar mucho en cómo el etnocentrismo de quienes se adhieren a la identidad de “clase media” ha beneficiado a los sectores más reaccionarios de la élite a lo largo de nuestra historia? El sustento popular del antiperonismo no fue otro que la indignación de los sectores medios “blancos” ante la jerarquización del papel del obrero y el peón hecha por el peronismo, y la ocupación de los lugares públicos y de vacaciones por los “cabecitas negras”. ¿Alguien puede negar a esta altura del partido que el golpe del 55 y las dictaduras que le siguieron probaron ser peores que el peronismo? El apoyo al golpe del 76 quizás haya sido el mayor crimen político cometido por los sectores medios contra la nación (2). La identidad de “clase media” fue una variable muy tenida en cuenta por la élite para lograr que una parte de la población apoyara una agenda política contraria a los intereses nacionales. Le ha sido MUY útil a la élite para dividir al pueblo argentino entre sí y de los otros pueblos latinoamericanos.

Los sectores medios en la actual etapa histórica

La consigna del 2002 “piquete y cacerola, la lucha es una sola” simbolizó una amenaza a la fragmentación social que es condición del sostén del régimen político argentino. La fugaz alianza entre asambleas barriales, grupos de izquierda, organizaciones de desocupados, y empresas recuperadas por sus empleados, atemorizó a la élite dominante y a sus medios masivos. Debido a las debilidades de ese movimiento popular, la partidocracia pudo reestablecer su dominación a través de una estrategia que alternó represión, desgaste y cooptación (3). Los cuadros más lúcidos de la partidocracia se dieron cuenta de que había que cambiar el discurso y adoptar algunas medidas simbólicas favorables al pueblo para garantizar la gobernabilidad. De ese caldo de cultivo surgió el peronismo kirchnerista, reciclaje del peronismo previo (4).

El establecimiento exitoso del bipartidismo K/anti-K dice que todavía tenemos mucho que recorrer y madurar para superar la fragmentación social con que la élite nos ha dominado desde los tiempos de la “organización nacional”. Sin embargo, las condiciones materiales que justificaron la alianza del 2002 están hoy más vigentes que nunca: la política económica neoliberal implantada desde la dictadura y profundizada en el menemismo no solo afectó a la clase obrera con precarización, desocupación y miseria estructural, también socavó el poder adquisitivo de los sectores medios y los fragmentó entre ganadores y perdedores del “modelo”.

El término “clase media baja” al que se aferran los medios de comunicación y los voceros de la élite, no es otra cosa que la última línea de defensa de la vieja identidad fragmentadora ante la evidente proletarización de los sectores medios. Quienes se piensan de “clase media baja” es porque todavía no han tomado conciencia política de su pertenencia a la clase obrera. Es el gran poder de la inercia cultural lo que sigue manteniendo la fragmentación, evitando que estos sectores modifiquen su conciencia social y política de acuerdo a sus condiciones reales de vida, y acorde a esta conciencia forjen nuevas alianzas y modos de vida social. La identidad de “clase media” es cada vez más insostenible, pero no será superada si no se la reemplaza por otra.

“Somos el 99%”

Esta es la consigna revolucionaria de los ocupas de Wall Street. La gran mayoría de la humanidad tiene importantes intereses en común que la contraponen a un 1% de bancos y megacorporaciones. Es este 1% el que se encuentra en posiciones clave para imponerle al 99% su propia visión del mundo a través de la educación oficial y los medios masivos de difusión. Pero es el 99% quien se encuentra en una posición clave para cambiar este estado de cosas: empezando por nuestra propia actitud ante la vida y la sociedad, de adentro hacia afuera, de nuestra localidad hacia el resto de nuestro país y el mundo, un cambio integral que no excluya ningún aspecto de nuestra vida:

1) En primer lugar, dejar de intoxicarnos. La identidad de “clase media” es reproducida constantemente por el aparato publicitario. ¿De qué color es la piel de quienes representan al consumidor en las publicidades? ¿Cómo es su vestimenta, cómo son sus casas y su forma de hablar? La industria publicitaria, informativa y del entretenimiento están dirigidas principalmente a quienes se identifican como “clase media”. Será más fácil deconstruir esta identidad si nos sustraemos lo más posible a la influencia de estas industrias sobre lo que sentimos/pensamos, si investigamos otras fuentes de información aparte de los medios masivos, y si buscamos otros espacios de debate político aparte del lugar de trabajo o las reuniones sociales con familiares y/o amistades.

2) Para relacionarnos de manera distinta con “lo Otro” debemos abrazar otro “Nosotros”: nosotros el pueblo, nosotros la humanidad, nosotros los seres vivos. El único “Ellos” que tiene una validez transitoria es el 1%: la élite que domina al mundo y cuya locura nos lleva a un cataclismo social y ambiental. La discriminación, aparte de atentar contra lo humano (que es a la vez universal y diverso), es un herramienta de los de arriba para mantenernos enfrentados a los de abajo y así poder dominarnos más fácil. Este cambio de conciencia es esencialmente individual porque implica una maduración psicológica, aunque puede ser estimulado mediante el debate intelectual y la expresión artística.

3) La crítica teórica del concepto “clase media” y el balance histórico del rol político de esa identidad no van a traer por sí solos la superación de las múltiples conductas fragmentadoras. Las maneras en que se reproduce la fragmentación social deben ser constante y concretamente desafiadas en nuestras relaciones personales, en las reuniones sociales, en los eventos artísticos y folklóricos, en los actos solidarios, en las organizaciones de la sociedad civil, en la participación institucional. La intención consciente de no discriminar es solo un principio, hay mucho de esta sociedad que reproducimos inconscientemente.

4) Debemos emanciparnos de la colonización cultural: revalorizar lo latinoamericano (y esto incluye a los pueblos originarios de estas tierras) sin que ello signifique renegar de TODA nuestra cultural actual ni adoptar/adaptar lo bueno que tienen para ofrecer las culturas de otras regiones del planeta.

5) La militancia política que se propone transformar radicalmente el status quo también debe estar dispuesta a transformarse radicalmente a sí misma. Muchos militantes de las fuerzas críticas con el status quo provienen de los sectores medios y canalizan su “culpa de clase media” en un obrerismo que consiste en oponer al “verdadero pueblo” y a la “clase media”. El obrerismo reproduce la fragmentación social del 99%, y además es un obstáculo simplificador para comprender la complejidad del sistema social actual y de su transformación.

Creo que el hilo conductor de todas estas líneas de acción es la profundización de la democracia entendida como autogobierno del pueblo. Las instancias donde se decide la cosa pública deben ser ampliadas para incluir a todos los involucrados en igualdad de condiciones. Esto significa luchar contra las restricciones que el capitalismo, el sistema representativo, y las distintas formas de discriminación le imponen a la participación popular. La superación de la identidad de “clase media” es una gran ayuda para que el 99% luchemos en un solo frente por una nueva y verdadera democracia coherente con el desarrollo sustentable y el “para todos, todo”.

Notas

(1) El chiste “el argentino desciende del barco” es consecuencia del mito de Argentina como país blanco y europeo.

(2) Sin embargo, los horrores de la última dictadura despertaron una revaloración de la institucionalidad democrática: los sectores medios ya nunca volverán a golpear las puertas de los cuarteles para reclamar “orden”. A pesar de la popularidad de la que todavía goza la teoría de los dos demonios, esto es un avance.

(3) Lamentablemente parte de la izquierda y de la militancia popular contribuyeron a ese desgaste con sus intentos de convertirse en dirigentes del movimiento, con la competencia fratricida que esto implica. Hay que sacar conclusiones de este hecho para ensayar formas de relación entre los movimientos sociales y las agrupaciones políticas basadas en la autonomía.

(4) El antikirchnerismo no se diferencia mucho del antiperonismo de los 50, pero el kirchnerismo sí incorpora un elemento novedoso respecto al peronismo: una fina estrategia mediática que ha logrado fragmentar políticamente a los sectores medios. Donde el peronismo original fracasó, y donde el peronismo de los 70 tuvo un éxito parcial en la juventud, el kirchnerismo tuvo un éxito mucho mayor. Mediante el maquillaje “transversal” y “progresista” del justicialismo, el kirchnerismo logró ganar a una parte importante de la “clase media”, renegada del “gorilismo” de mucha de su parentela.

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Un comentario

  1. Excelente artículo…

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