A los jóvenes – Pyotr Kropotkin

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Juventud

Es a los jóvenes a los que quiero dirigirme. Que los viejos, me refiero, claro, a los viejos de corazón y pensamiento, dejen esto y no cansen sus ojos leyendo lo que nada les dirá.

Te supongo de dieciocho o veinte años, has acabado tu aprendizaje o tus estudios, te incorporas en este momento a la vida. Supongo tu pensamiento libre de las supersticiones que han intentado imponerte tus maestros; supongo que no temes al demonio, que no vas a oír perorar a curas y ministros. Y también que no eres un petimetre, uno de esos tristes productos de una sociedad en decadencia que despliegan sus pantalones bien cortados y sus gestos simiescos en los parques, que incluso a su temprana edad sólo desean insaciable placer a cualquier precio … te supongo, por el contrario, un buen corazón; y por esta razón a ti me dirijo.

Sé que se te planteará una primera pregunta. Te has dicho muchas veces: ¿Qué voy a ser? De hecho, cuando un hombre es joven comprende que después de haber estudiado un oficio o una ciencia varios años (a costa de la sociedad, no lo olvides) no lo ha hecho para utilizar lo adquirido como instrumento de pillaje en beneficio propio, y ha de ser realmente un depravado, estar del todo corrompido por el vicio, si no ha soñado aplicar un día su inteligencia, su capacidad, sus conocimientos a ayudar a la liberación de los que se arrastran hoy en la miseria y la ignorancia.

Eres uno de los que han tenido esa visión, ¿verdad? Pues bien, veamos lo que has de hacer para convertir en realidad tus sueños.

No sé en qué clase social naciste. Quizás te favoreció la fortuna, y pudiste centrar tu atención en el estudio de la ciencia; quizás seas médico, abogado, hombre de letras o científico. Ante ti se abre ancho campo. Entras en la vida con amplios conocimientos, con una inteligencia adiestrada. O quizás seas sólo un artesano y tus conocimientos científicos se limiten a lo poco que aprendiste en la escuela. Has tenido sin embargo la ventaja de aprender directamente que la suerte del trabajador de nuestro tiempo es una vida agotadora de trabajo.

A los médicos

Me detengo en el primer supuesto, ya volveré al segundo; supongo pues, que has recibido educación científica. Supongamos que piensas ser médico.

Mañana un hombre vestido pobremente vendrá a buscarte para ir a ver a una mujer enferma. Te conducirá a una de esas callejuelas donde los vecinos de enfrente casi pueden darse la mano sobre las cabezas de los transeúntes. Subes en una atmósfera hedionda a la temblorosa luz de una lamparica mal ajustada. Subes dos, tres, cuatro, cinco tramos de sucias escaleras; y en una habitación oscura y fría encuentras a una mujer enferma tendida en un jergón cubierta de sucios andrajos. Lívidos y pálidos niños tiritan bajo escasas ropas, y te miran con grandes ojos muy abiertos. El marido ha trabajado toda su vida doce o trece horas diarias en no importa qué. Ahora lleva parado tres meses. Estar parado no es raro en su oficio; pasa todos los años, periódicamente. Pero antes, cuando estaba parado, su mujer salía a trabajar como asistenta… quizás a lavar tus camisas; ahora lleva en la cama dos meses, y la miseria atenaza a la familia con todo su sórdido horror.

¿Qué recetarás a esa mujer enferma, doctor? Has visto inmediatamente que la causa de su enfermedad es anemia general, falta de buenos alimentos, falta de aire fresco. ¿Le recetarás un buen filete cada día? ¿Un poco de ejercicio en el campo? ¿Un dormitorio seco y ventilado? ¡Qué ironía! Eso ya lo habría hecho, de poder, sin esperar tu ayuda.

Si tienes buen corazón, trato franco y pareces honrado, la familia te contará algunas cosas. Te dirán que la mujer que está al otro lado del tabique, cuyas toses te destrozan el corazón, es una pobre planchadora; que un tramo de escaleras más abajo todos los niños tienen fiebre; que la lavandera que ocupa la planta baja no llegará a la primavera; y que en la casa de al lado aún están peor.

¿Qué dirás tú a esos enfermos? Les recomendarás dieta abundante, cambio de aires, menos trabajo agotador… te gustaría poder hacerlo, pero no te atreverás y saldrás de allí con el corazón destrozado y una maldición en los labios.

Al día siguiente, cuando cavilas aún sobre el destino de los habitantes de aquella casa miserable, tu colega te dice que el día anterior vino un mensajero a avisarle, esta vez en un carruaje. Era para que fuese a ver a la propietaria de una casa rica, a una dama agotada por noches de insomnio, que dedica toda su vida a engalanarse, a hacer visitas, asistir a bailes y reñir con un marido estúpido. Tu amigo le ha recetado una forma de vida menos absurda, dieta más suave, paseos al aire libre, humor equilibrado y, para compensar un poco la falta de trabajo útil, algo de gimnasia en su cuarto.

La una está muriendo por no haber tenido comida suficiente ni descanso bastante en toda su vida. La otra se consume porque nunca ha sabido lo que es el trabajo.

Si eres una de esas personas sin carácter que se adaptan a todo, que a la vista de los espectáculos más viles se consuelan con un suave suspiro, acabarás acostumbrándote gradualmente a esos contrastes y, al favorecer tu lado animal tales tendencias, sólo pensarás en seguir en las filas de los buscadores de placer, y en no rozarte nunca con los desvalidos. Pero si eres un hombre, si traduces tu sentimiento en acción voluntaria, si en ti la bestia no ha aplastado al ser inteligente, volverás un día a casa diciéndote: No, es injusto: esto no ha de seguir. No basta curar enfermedades; debemos prevenirlas. Una vida algo mejor y un desarrollo intelectual eliminarían de nuestras listas la mitad de los pacientes y la mitad de las enfermedades… ¡Al diablo la medicina! Aire, buenos alimentos, menos trabajo agotador… es por aquí por dónde hay que empezar. Sin todo esto, la profesión de médico no es más que farsa e hipocresía.

Ese mismo día entenderás el socialismo. Desearás conocerlo totalmente, y si altruismo no es para ti una palabra vacía de significado, si aplicas al estudio de lo social la inducción rígida del filósofo de la Naturaleza, acabarás en nuestras filas, y trabajarás, como nosotros, por traer la revolución social.

A los científicos

Pero puede que digas: ¡Los simples asuntos prácticos pueden irse al diablo! Como astrónomo, como fisiólogo, como químico, me dedicaré a la ciencia. Es un trabajo que siempre rinde frutos, aunque sólo sea para las generaciones futuras.

Intentemos comprender primero lo que buscas al consagrarte a la ciencia. ¿Es sólo el placer (inmenso sin duda) que obtenemos estudiando la naturaleza y ejercitando nuestras facultades mentales? En ese caso te pregunto: ¿En qué se diferencia el filósofo, que persigue la ciencia para poder llevar una vida más grata, del borracho que sólo busca la gratificación momentánea que le proporciona la ginebra? El filósofo ha elegido, sin duda, mucho más sabiamente su placer, pues le permite una satisfacción mucho más honda y perdurable que la del ebrio. ¡Pero eso es todo! Ambos persiguen el mismo fin egoísta: gratificación personal.

Pero no, tú no deseas llevar esa existencia egoísta. Trabajando para la ciencia deseas trabajar para la humanidad toda; esa idea te guiará en tus investigaciones. ¡Una maravillosa ilusión! ¿Quién no la abrazó por un momento al entregarse por primera vez a la ciencia?

Pero, si piensas realmente en la humanidad, si es el bien de la especie humana lo que buscas, se te plantea un interrogante formidable; porque, a poco espíritu crítico que tengas, advertirás inmediatamente que en nuestra sociedad actual la ciencia no es más que un artículo de lujo, destinado a hacer más placentera la vida a unos cuantos, y que es absolutamente inaccesible a la gran mayoría del género humano. Hace ya más de un siglo que estableció la ciencia proposiciones sólidas sobre el origen del universo, pero ¿cuántos las conocen y cuántos poseen espíritu crítico realmente científico? Unos miles aislados, perdidos entre centenas de miles a quienes aún agobian prejuicios y supersticiones dignos de salvajes, y que, en consecuencia, aún están en condiciones de servir como marionetas a los impostores religiosos.

O, yendo un paso más allá, consideremos lo que ha hecho la ciencia para establecer las bases racionales de la salud física y moral. La ciencia nos dice cómo hemos de vivir para preservar la salud de nuestros propios cuerpos, cómo mantener en buenas condiciones a las hacinadas masas de nuestra población. Pero, ¿no ha sido acaso todo el abundante trabajo hecho en estos dos campos letra muerta en los libros? Sabemos que así ha sido. ¿Por qué? Porque la ciencia sólo existe hoy para un puñado de individuos privilegiados, porque la desigualdad social, que divide la sociedad en dos clases (esclavos del salario y acaparadores del capital) convierte todas sus enseñanzas en cuanto a las condiciones para una existencia racional en la más amarga ironía para el noventa por ciento de la especie.

En la actualidad, no necesitamos ya acumular verdades y descubrimientos científicos. Lo que importa es propagar las verdades ya adquiridas, practicarlas en la vida diaria, convertirlas en herencia común. Tenemos que ordenar las cosas de modo que toda la especie pueda conseguir asimilarlas y aplicarlas, de modo tal que la ciencia deje de ser un lujo y se transforme en base de vida cotidiana. Lo exige la justicia. Y los propios intereses de la ciencia.

La ciencia sólo realiza auténticos progresos cuando sus verdades hallan un medio dispuesto y preparado para su recepción. La teoría del origen mecánico del calor permaneció ochenta años enterrada en archivos académicos hasta que este conocimiento de la ciencia física se propagó lo bastante para crear público capaz de aceptarlo. Tres generaciones hubieron de pasar para que las ideas de Erasmo Darwin sobre la variación de las especies pudiese recibirlas favorablemente su nieto y admitirlas los filósofos académicos, e, incluso entonces, hizo falta la presión de la opinión pública. El filósofo es siempre, como el poeta y el artista, producto de la sociedad en que enseña y se mueve.

Si estás imbuido de estas ideas, comprenderás que lo más importante es impulsar un cambio radical en este estado de cosas que condena hoy al filósofo a verse aplastado con verdades científicas, mientras casi todo el resto de los seres humanos siguen igual que hace cinco o diez siglos: como esclavos y máquinas que ignoran las verdades establecidas. Y el día en que estés imbuido de esta verdad amplia, profunda, humana y sólidamente científica, ese día perderás tu gusto por la ciencia pura. Empezarás a buscar medios de lograr esta transformación, y, si aportas a tus investigaciones la imparcialidad que te ha guiado en tus investigaciones científicas, adoptarás inevitablemente la causa socialista; dejarás los sofismas y te unirás a nosotros. Cansado de trabajar para proporcionar placeres a ese pequeño grupo, que tiene ya muchos, pondrás tus conocimientos y tu abnegación al servicio de los oprimidos.

Y estate seguro de que el sentimiento del deber cumplido, de haber establecido una correspondencia real entre sentimientos y acciones, te hará descubrir en ti mismo capacidades cuya existencia jamás soñaste. Cuando, además, un día, no está muy lejano en realidad, pese a lo que digan nuestros profesores, cuando un día, repito, llegue ese cambio por el que has trabajado, entonces, obteniendo nuevas fuerzas del trabajo científico colectivo, y de la poderosa ayuda de ejércitos de trabajadores que pondrán sus energías a su servicio, la ciencia dará un nuevo salto adelante, infinitamente mayor que el lento progreso de hoy, que parecerá simple trabajo de aprendices. Entonces gozarás de la ciencia; ese placer será un placer de todos.

A los abogados

Si has acabado de estudiar derecho y estás a punto de entrar en el foro, quizás tengas también algunas ilusiones en cuanto a tu actividad futura: doy por supuesto que eres un individuo de espíritu noble, que sabes lo que significa el altruismo. Quizás pienses: Dedicaré mi vida a una lucha incesante y vigorosa contra toda injusticia; consagraré todas mis facultades al triunfo de la ley, expresión pública de suprema justicia… ¡puede haber carrera más noble! Inicias la tarea real de la vida confiando en ti mismo y en la profesión que has elegido.

Muy bien; acudamos a cualquier página del código y veamos lo que te dirá la vida real.

Tenemos un rico propietario. Exige el desahucio de un campesino, un arrendatario, que no ha pagado su renta. Desde el punto de vista legal, el caso no ofrece dudas. Si el campesino pobre no puede pagar, debe irse. Pero si analizamos los hechos veremos lo siguiente:

El terrateniente ha derrochado sus rentas en juergas y placeres; el arrendatario ha trabajo duramente día a día. El terrateniente no ha hecho nada por mejorar su finca. Sin embargo, su valor se ha triplicado en cincuenta años debido al aumento del precio de la tierra por la construcción de un ferrocarril, por la apertura de nuevas carreteras, por el drenaje de una marisma, por el cercado y el cultivo de tierras sin cultivar. Pero el arrendatario, que ha contribuido notablemente a este aumento de precio, se ha arruinado.

Cae en manos de usureros, y agobiado de deudas no puede ya pagar al terrateniente. La ley, siempre del lado del propietario, es muy clara; el terrateniente está en su derecho. Pero tú, a quien las ficciones legales aún no han ahogado el sentimiento de justicia, ¿qué harás? ¿Aceptarás que debe arrojarse a los caminos al labriego, tal como la ley ordena, o pedirás que el terrateniente le devuelva todo el aumento de valor de la propiedad debido a su trabajo, según decreta la equidad? ¿Qué partido tomarás? ¿El de la ley contra la justicia, o el de la justicia contra la ley?

¿O qué partido tomarás cuando los trabajadores se declaren en huelga contra un patrón sin notificárselo? ¿El de la ley, es decir el del patrón, que aprovechándose de un período de crisis ha obtenido vergonzosos beneficios, o contra la ley pero del lado de los trabajadores que recibieron sólo durante ese tiempo míseros salarios, y vieron languidecer ante sus ojos a sus mujeres e hijos? ¿Defenderás esa burda farsa que llaman libertad de contratación? ¿O defenderás la equidad, que dice que un contrato establecido entre un hombre que ha comido bien y otro que vende su trabajo para poder subsistir escasamente, entre el fuerte y el débil, no es en absoluto un contrato?

Consideremos otro caso. Aquí, en Londres, un hombre entra en una carnicería, roba un filete y sale corriendo. Detenido e interrogado resulta ser un artesano sin trabajo, y que llevan, él y su familia, cuatro días sin comer. ¡Se pide al carnicero que le deje libre, pero el carnicero exige que la ley se cumpla! Presenta denuncia y el delincuente es condenado a seis meses de cárcel. ¿No se rebela tu conciencia contra la sociedad cuando sabes que se pronuncian sentencias similares a diario?

¿Pedirás el cumplimiento de la ley contra el hombre que deficientemente educado y mal acostumbrado desde su niñez, ha llegado a la vida adulta sin haber oído una palabra comprensiva y que completa su carrera asesinando a su vecino para robarle? ¿Exigirás su ejecución, o, peor aún, que le encarcelen veinte años, sabiendo como sabes muy bien que es más un loco que un criminal, y que, en cualquier caso, su crimen es culpa de la sociedad toda?

¿Exigirás que esos tejedores que en un momento de desesperación prendieron fuego a un taller sean arrojados a la cárcel; que este hombre que disparó contra un asesino coronado pase en prisión el resto de sus días; que se fusile a los insurrectos que plantan la bandera del futuro en las barricadas? ¡No y mil veces no!

Si razonas en vez de repetir lo que se te enseñó; si analizas la ley y desnudas las nebulosas ficciones con que la han envuelto para ocultar su auténtico origen, que es el derecho del más fuerte, y su sustancia, que ha sido siempre la consagración de todas las tiranías transmitidas a la especie humana a lo largo de su larga y sangrienta historia; cuando hayas comprendido esto, sentirás realmente un profundo desprecio por la ley. Comprenderás que dedicarse a servir la ley escrita es colocarse de continuo en oposición a la ley de la conciencia, y sumarse al bando de la iniquidad y la injusticia; y como esta lucha no puede continuar eternamente, o acabarás silenciando tu conciencia y convirtiéndote en un miserable, o rompes con la tradición y trabajas con nosotros para la destrucción absoluta de toda la injusticia social, política y económica. ¡Y entonces serás un socialista, un revolucionarlo!

A los ingenieros

Y tú, joven ingeniero, que sueñas mejorar la condición de los trabajadores aplicando a la industria las invenciones de la ciencia, qué triste desencanto, qué decepciones te esperan. Dedicarás la energía juvenil de tu inteligencia a proyectar el trazado de un ferrocarril que, bordeando precipicios y atravesando el corazón de montañas inmensas, unirá dos países que la naturaleza separó. Pero una vez el trabajo se inicie, verás regimientos completos de trabajadores diezmados por las privaciones y la enfermedad en el lóbrego túnel, verás que otros vuelven a casa llevando consigo sólo unas monedas y las semillas de la enfermedad, verás cada metro de la línea férrea marcado por cadáveres de seres humanos, por la rapaz codicia, y finalmente, cuando la línea se abra al fin, verás que la utilizan para transportar la artillería de un ejército invasor.

Has dedicado tu juventud a hacer un descubrimiento que simplificará la producción, y tras muchos trabajos y muchas noches en vela, tienes al fin el valioso invento. Lo pones en práctica. El resultado supera tus esperanzas. ¡Diez, veinte mil seres humanos se quedan sin trabajo y los que quedan, niños la mayoría, reducidos a la condición de simples máquinas! Tres, cuatro o quizás diez capitalistas harán una fortuna y beberán champaña a raudales. ¿Era éste tu sueño?

Por último, estudias los recientes avances industriales y ves que las costureras no han ganado nada, absolutamente nada, con el invento de la máquina de coser; que el trabajador del túnel del San Gotardo muere de anquilostomiasis, pese a las perforadoras de punta de diamante; que el albañil y el jornalero están tan sin trabajo como antes. Si analizas los problemas sociales con la misma independencia de espíritu que te ha guiado en tus investigaciones mecánicas, llegarás inevitablemente a la conclusión de que bajo el dominio de la propiedad privada y la esclavitud salarial, todo nuevo invento, lejos de aumentar el bienestar del trabajador, sólo hace más pesada su esclavitud, más degradante su trabajo, más frecuentes los períodos de paro, más aguda la crisis, y sólo se aprovechan de él quienes disponen ya de todos los placeres imaginables.

¿Qué harás tú cuando llegues a esta conclusión? O empezarás a silenciar tu conciencia con sofismas, hasta que un buen día digas adiós a los honrados sueños de tu juventud e intentes obtener, para ti mismo, lo que proporcione placer y gozo y te unas a las filas de los explotadores; o, si tienes corazón, te dirás: No, no es tiempo para inventos. Transformemos primero la producción. Cuando desaparezca la propiedad privada, entonces, todo nuevo avance de la industria será en beneficio de la especie, y toda esta masa de trabajadores, hoy meras máquinas, serán entonces seres pensantes que aplicarán a la industria su inteligencia, fortalecida por el estudio y adiestrada por el trabajo manual, y el progreso mecánico dará así un salto adelante que traerá en cincuenta años lo que hoy ni siquiera podemos soñar.

A los maestros

Y qué le diré yo al maestro, no al hombre que considera su profesión una tarea tediosa, sino a aquél que, rodeado de un alegre grupo de jóvenes, se siente exaltado por sus graciosas miradas y sus risas felices; al que intenta plantar en sus cabecitas aquellas ideas de humanidad que él mismo acarició cuando era joven.

Te veo a menudo triste, y conozco el motivo. El otro día tu alumno favorito, que no está muy bien en latín, es cierto, pero que no por eso deja de tener un excelente corazón, recitó la historia de Guillermo Tell con tanto vigor… chispeaban sus ojos; parecía querer apuñalar a todos los tiranos allí mismo; recitaba con un ardor tal los versos apasionados de Schiller:

Adelante el esclavo que rompe su cadena,

Adelante los hombres libres que no tiemblan.

Pero cuando volvió a casa, su madre, su padre, su tío, le reprendieron con aspereza por faltar al respeto al cura o al policía rural. Les discursearon luego sobre la prudencia, el respeto a la autoridad, la sumisión a sus superiores, hasta que dejó a un lado a Schiller para leer cosas prácticas.

Y después, ayer mismo, te dijeron que tus mejores alumnos se habían descarriado. Uno sólo sueña en convertirse en un oficial; otro, de acuerdo con su patrono, roba a los trabajadores de sus parcos salarios; y tú, que tantas esperanzas habías puesto en estos jóvenes, cavilas ahora sobre el triste contraste entre tu ideal y la realidad de la vida.

Sigues cavilando sobre ello. Y preveo que en dos años de trabajo, después de sufrir un desengaño tras otro, dejarás en la estantería a tus autores favoritos y acabarás diciendo que Guillermo Tell era sin duda un hombre muy honrado, pero que estaba un poco loco; que la poesía está muy bien para leer junto al fuego, sobre todo cuando un hombre ha estado enseñando todo el día la regla de tres, pero que los poetas están siempre en las nubes y sus ideas nada tienen que ver con la vida de hoy, ni con la próxima visita del inspector de segunda enseñanza …

O, por el contrario, los sueños de tu juventud se convierten en las firmes convicciones de tu edad madura. Desearás entonces educación amplia y humana para todos, en la escuela y fuera de ella. Y al verlo imposible en las condiciones actuales, atacarás los fundamentos mismos de la sociedad burguesa. Serás entonces expulsado por la delegación de enseñanza, abandonarás tu escuela y te unirás a nosotros, serás de los nuestros. Explicarás a hombres de más años pero de menos ciencia que tú, lo atractivo que es el conocimiento, lo que debería ser el género humano, sí, lo que podríamos ser. Vendrás a trabajar con los socialistas por la completa transformación del sistema presente y lucharás hombro con hombro para lograr igualdad verdadera, verdadera fraternidad, libertad infinita para el mundo.

A los artistas

Por último tú, joven artista, escultor, pintor, poeta, músico, ¿no has advertido que el sagrado fuego que inspiró a tus predecesores está ausente en los hombres de hoy, que el arte es vulgaridad, que impera lo mediocre?

¿Podría ser de otro modo? El gozo de redescubrir el mundo antiguo, de bañarse de nuevo en los arroyos de la naturaleza que crearon las obras maestras del Renacimiento no existe ya en el arte de nuestra época. El ideal revolucionario le ha abandonado hasta ahora, y, sin un ideal, sueña nuestro arte hallado en el realismo, y fotografía laboriosamente en colores la gota de rocío sobre la hoja de una planta, remeda los músculos de la pata de una vaca, o describe minuciosamente en prosa y en verso la sofocante basura de una alcantarilla o el tocador de una puta de alto rango.

Pero si esto es así, ¿qué hacer? dices. Si el fuego sagrado que dices poseer, contesto yo, sólo es pávilo humeante y sin llama, seguirás haciendo lo que has hecho, tu arte degenerará muy pronto en el oficio de decorar tiendas de comerciantes, de proveer de libreto operetas mediocres y de escribir cuentos para libros de Navidad… la mayoría de vosotros descendéis ya a toda prisa por esa pendiente…

Pero si tu corazón late de veras al unísono con el de la humanidad toda, si como auténtico poeta eres capaz de oír la vida, entonces, contemplando este mar de aflicción cuya marea te cerca, mirando cara a cara a esas gentes que se mueren de hambre, a los cadáveres que se apilan en las minas, a los cuerpos mutilados que se amontonan en las barricadas, si ves de verdad la batalla desesperada que se está librando, entre gritos de aflicción de los conquistados y orgías de los triunfadores, heroísmo frente a cobardía, noble decisión frente a pérfida astucia, si ves todo esto, no puedes ser neutral. ¡Vendrás y te unirás a los oprimidos porque sabes que lo bello, lo sublime, el espíritu mismo de la vida está del lado de los que luchan por la luz, la humanidad y la justicia!

Lo que puedes hacer

¡Al fin me mandas parar! ¡Qué demonios! dices. Pero si la ciencia abstracta es un lujo y la práctica de la medicina una farsa; si ley significa injusticia y los inventos mecánicos son puros instrumentos de robo; si la escuela, a diferencia de la sabiduría del hombre práctico, no va a servir de nada, y el arte sin la idea revolucionaria sólo puede degenerar, ¿qué hacer?

Hay una tarea inmensa y subyugante, un trabajo en el que tus actos estarán en completa armonía con tu conciencia, una empresa capaz de despertar a las naturalezas más nobles y más firmes.

¿Qué tarea? dices. Escucha.

Se abren ante ti dos caminos. Puedes corromper tu conciencia para siempre y acabar diciendo un día: Qué me importa la humanidad mientras yo goce plenamente de todos los placeres y la gente sea tan idiota como para permitírmelo. O puedes unirte a las filas de los socialistas y trabajar con ellos por la completa transformación de la sociedad. Este es el resultado inevitable del análisis hecho. Tal es la conclusión lógica a que todo ser inteligente ha de llegar si juzga con ánimo imparcial lo que ve en torno suyo y desecha los sofismas que le sugieren la educación de clase media y los puntos de vista interesados de la familia.

Cuando se llega a esta conclusión, se plantea un interrogante: ¿Qué hacer? Fácil es la respuesta. Abandona el medio en que vives y en el que suele hablarse de los obreros como de un hatajo de bestias; únete al pueblo y el interrogante se aclarará por sí.

Descubrirás que, en todas partes, tanto en Inglaterra como en Alemania, lo mismo en Italia que en Estados Unidos, donde hay clases privilegiadas y oprimidos, se desarrolla un vigoroso movimiento entre las clases trabajadoras, un movimiento que busca destruir para siempre la esclavitud impuesta por los capitalistas, y echar los cimientos de una sociedad nueva basada en principios de igualdad y justicia. No basta ya el que la gente proclame su miseria en aquellas canciones que los siervos del siglo dieciocho cantaban y cuya melodía aún nos destroza el corazón. El trabajador actúa hoy con plena conciencia de sus actos, pese a todos los obstáculos que se oponen a su libertad. Centra sus pensamientos en lo que ha de hacer para que la vida, en lugar de mera maldición para las tres cuartas partes del género humano, pueda ser bendición para todos. Aborda los problemas más difíciles de la sociología, y lucha por resolverlos con su sólido sentido común, su observación y su amarga experiencia. Para llegar a entenderse con sus compañeros de desdicha, procura formar grupos, organizarse. Crea asociaciones, a duras penas sostenidas con sus magros aportes. Intenta ponerse de acuerdo con sus camaradas por encima de las fronteras, y hace más que todos los vociferantes filántropos por acelerar el advenimiento del día en que las guerras entre naciones resulten imposibles. Para saber lo que están haciendo sus hermanos, para mejorar su conocimiento de ellos, para elaborar y propagar sus ideas, sostiene (¡y a costa de cuántos esfuerzos!) una prensa obrera. ¡Qué lucha incesante! Qué trabajo, que constantemente exige reiniciarse. A veces para llenar los huecos que dejan la deserción, la flaqueza, la corrupción, las persecuciones; a veces para reorganizar las filas diezmadas por los fusiles y la metralla, a veces para reanudar estudios súbitamente interrumpidos por matanzas generalizadas.

Dirigen los periódicos hombres que han tenido que arrancar a la sociedad migajas de ciencia privándose del alimento y del sueño. Apoyan la agitación los céntimos que los trabajadores ahorran del mínimo estricto necesario para la vida. Y todo esto a la sombra del miedo constante a ver sus familias hundidas en la miseria si el patrono se entera de que su trabajador, su esclavo, es socialista.

Todo esto verás si te unes al pueblo. Y cuántas veces en esta lucha incesante ha exclamado en vano el trabajador, agobiado por el peso de sus dificultades: ¿Dónde están esos jóvenes que se educaron a costa nuestra, a los que vestimos y alimentamos mientras estudiaban? ¿Para quién construimos, doblando la espalda bajo pesadas cargas y vacíos los estómagos, esas casas, esas academias, esos museos? ¿Para quién imprimimos, pálidos y famélicos, los magníficos libros que ni leer podemos? ¿Dónde están esos profesores que proclaman saber toda la ciencia de los hombres, y a cuyos ojos, sin embargo, la humanidad significa tanto como una especie rara de orugas? ¿Dónde están esos hombres que predican la libertad y que jamás se alzan a defender la nuestra, que se aplasta a diario? ¿Dónde los escritores y poetas, dónde los pintores, ese hatajo de hipócritas. En suma, que hablan del pueblo con lágrimas en los ojos y que sin embargo jamás acuden a nosotros para ayudarnos en nuestra tarea?

Unos disfrutan complacientes su situación de cobarde indiferencia; otros, la mayoría, desprecian a la chusma y están siempre dispuestos a aplastarla si se atreve a atacar sus privilegios.

De cuando en cuando, es cierto, aparece en escena un joven que sueña con tambores y barricadas, y que busca escenas y situaciones sensacionales, pero que deserta de la causa del pueblo en cuanto percibe que el camino de las barricadas es largo, que los laureles que cuenta ganar en el camino tienen también espinas. En general estos hombres son aventureros ambiciosos que, tras fracasar en sus primeras empresas, buscan obtener los votos del pueblo, pero que más tarde serán los primeros en atacarlo, si se atreviese a intentar llevar a la práctica los principios por los que ellos mismos abogaron, y que quizás enfilen incluso el cañón contra el propietario si se atreve a avanzar antes de que ellos, los dirigentes, den orden.

Añadid a estos estúpidos insultos, el desprecio soberbio y la calumnia cobarde de un gran número, y ésa será toda la ayuda que los jóvenes de la clase media prestan al pueblo en su vigorosa evolución social.

Y luego preguntas, ¿qué hacer? ¡Hay tanto que hacer! ¡Todo un ejército de jóvenes podría hallar campo sobrado para emplear todo el vigor de su energía juvenil, toda la fuerza de su inteligencia y de su talento, ayudando al pueblo en la vasta empresa que ha emprendido!

¿Qué hacer? Escucha:

Vosotros, amantes de la ciencia pura, si estáis imbuidos de los principios del socialismo, si habéis comprendido el auténtico significado de la revolución que está llamando en este mismo instante a la puerta, ¿no vais que ha de remodelarse la ciencia toda para ponerla en armonía con los nuevos principios? ¿Que es tarea vuestra lograr en este campo una revolución mucho mayor que la lograda en todas las ramas de la ciencia durante el siglo dieciocho? ¿No comprendéis que la historia, que es hoy cuento de viejas sobre los grandes reyes, los grandes estadistas y los parlamentos, que la propia historia ha de escribirse desde el punto de vista del pueblo y de la larga evolución de los seres humanos? ¿Que la economía social, que no es hoy más que la santificación del robo capitalista, ha de estructurarse de nuevo desde sus mismos fundamentos a sus infinitas aplicaciones? ¿Que la antropología, la sociología, la ética, deben remodelarse por completo, y que las propias ciencias naturales, encaradas desde otro punto de vista, deben experimentar una modificación profunda, tanto en cuanto a la concepción de los fenómenos naturales como en cuanto al método de ordenación?

Pues bien, entonces, ¡a trabajar! Poned vuestro talento al servicio de la buena causa. Ayudadnos sobre todo con vuestra clara lógica a combatir el prejuicio y convertid vuestra síntesis en el fundamento de una organización mejor. Aún más, enseñadnos a aplicar en nuestros razonamientos diarios el valor de la auténtica investigación científica, demostradnos, como hicieron vuestros predecesores, cómo se arriesga el hombre a sacrificar hasta la vida misma porque la verdad triunfe.

Vosotros, médicos que habéis aprendido el socialismo por amarga experiencia, no os canséis nunca de decirnos hoy, mañana, en todo instante, que la propia especie humana se precipitará en la decadencia si el hombre sigue en las condiciones de existencia y de trabajo actuales; que todos vuestros medicamentos serán impotentes frente a la enfermedad mientras la mayoría de la especie humana vegete en condiciones absolutamente contrarias a lo que la ciencia considera sano. Convenced a la gente de que es la causa de la enfermedad la que hay que desarraigar, y mostradnos a todos que es necesario eliminarla.

Venid, y con vuestro escalpelo diseccionad ante nuestros ojos con mano firme esta sociedad nuestra que se precipita en la putrefacción y la muerte. Explicadnos lo que debería y podría ser una existencia razonable. Insistid, como verdaderos cirujanos, en que ha de amputarse el miembro gangrenado para que no envenene el organismo todo.

Vosotros que habéis trabajado en la aplicación de la ciencia a la industria, venid y decidnos con franqueza cuál ha sido el resultado de vuestros descubrimientos. Decid a los que no se atreven a avanzar con audacia hacia el futuro lo que las nuevas invenciones, lo que el conocimiento ya adquirido, lleva en su seno, lo que la industria podría hacer en condiciones mejores, lo que podrían producir los hombres fácilmente si trabajasen siempre con el objetivo de mejorar sus propias producciones.

Y vosotros poetas, pintores, escultores, músicos, si entendéis vuestra auténtica misión y los mismos intereses del arte, venid con nosotros. Poned pluma, pincel y buril, vuestras ideas, al servicio de la revolución. Pintad ante nosotros, en estilo elocuente, en soberbios cuadros, las luchas heroicas del pueblo contra sus opresores, inflamad los corazones de nuestra juventud con aquel glorioso entusiasmo revolucionario que inflamó las almas de nuestros ancestros. ¡Contad a las mujeres qué noble vida es la del marido que dedica su vida a la gran causa de la emancipación social! Mostrad a los hombres qué odiosa es su vida actual, y señalad claramente las causas de su fealdad. Decidnos cómo habría de ser la vida racional, si no chocase, constantemente, a cada paso, con la locura y la ignominia de nuestro orden social presente.

Por último, todos vosotros que tenéis ciencia, talento, capacidad, ingenio, si poseéis una chispa de comprensión, venid, y que vengan vuestros camaradas, venid y poneos al servicio de quienes más os necesitan. Y recordad, si venís, que no lo hacéis como amos, sino como camaradas de lucha; que no venís para gobernar sino para ganar nuevo vigor vosotros mismos en una vida nueva que avanza incontenible a la conquista del futuro: que venís menos a enseñar que a captar la aspiración de la mayoría; a adivinarla, a darle forma, y luego a trabajar, sin prisa y sin tregua, con todo el ardor de la juventud y toda la prudencia de la madurez, para convertirla en vida real. Entonces y sólo entonces, llevaréis una existencia completa, noble, racional. Entonces veréis que vuestro esfuerzo en este viaje rinde abundantes frutos, y esta sublime armonía asentada entre vuestras acciones y los dictados de vuestra conciencia os proporcionará una capacidad y unos poderes que jamás soñasteis tuvierais en vosotros, la lucha incesante por la verdad, la justicia y la igualdad entre todos los hombres, cuya gratitud ganaréis…Qué carrera más noble podéis desear, Oh jóvenes de todos los pueblos?

Me ha llevado mucho mostraros, a vosotros, los de las clases acomodadas, que ante el dilema que la vida presenta, os veréis forzados, si sois valerosos y justos, a venir y trabajar codo a codo con los socialistas, a defender en sus filas la causa de la revolución social de la especie.

¡Y qué simple es esta verdad, sin embargo, después de todo! Pero cuando uno habla a los que han sufrido los efectos de los medios burgueses, ¡cuántos sofismas han de combatirse, cuántos prejuicios superarse, cuántas objeciones interesadas desecharse!

A los jóvenes de la clase trabajadora

Es fácil ser breve hoy, al dirigirme a vosotros, la juventud del pueblo. La presión misma de los hechos os empuja a haceros socialistas, por poco coraje que tengáis para pensar y actuar.

Nacer entre la gente trabajadora, y no dedicarse a luchar por el triunfo del socialismo, es interpretar mal los auténticos intereses en juego, renunciar a la causa y a la verdadera misión histórica.

¿Recordáis cuando, siendo aún simples muchachos, bajabais un día de invierno a jugar en vuestro patio oscuro? El frío os helaba la espalda, no teníais abrigo, y el barro calaba vuestros pobres zapatos. Incluso entonces, cuando veíais pasar a lo lejos rechonchos niños ricamente vestidos, que os miraban con desprecio, sabíais muy bien que aquellos niños no eran iguales a vosotros ni a vuestros camaradas, ni en inteligencia ni en sentido común ni en energía. Pero más tarde, cuando fuisteis obligados a sepultaros en una sucia fábrica desde las siete de la mañana, a permanecer horas interminables junto a una máquina y, máquinas vosotros, os visteis forzados a seguir día tras día, durante años enteros, sus movimientos y giros con inexorable pulsación, durante todo este tiempo, ellos, los otros, recibían tranquilamente una instrucción en escuelas magníficas, en academias, en la universidad. Y ahora esos mismos niños, menos inteligentes, pero mejor adiestrados que vosotros, se han convertido en vuestros amos, disfrutan de todos los placeres de la vida y de todas las ventajas de la civilización. ¿Y vosotros? ¿Qué destino os aguarda?

Volver a viviendas pequeñas, oscuras, húmedas, en las que se hacinan en unos cuantos metros cinco o seis seres humanos. Donde tu madre, cansada de vivir, envejecida por el trabajo más que por los años, te ofrece pan y patatas como único alimento, enjugado con un brebaje negruzco irónicamente llamado té. Y para distraer tus pensamientos hay siempre una misma pregunta inacabable: ¿Cómo podré pagar mañana al panadero, y pasado mañana al casero?

¿Vas a arrastrar la misma existencia agotadora de tu padre y tu madre treinta o cuarenta años? ¿Vas a consumirte toda tu vida para procurar a otros todos los placeres del bienestar, la ciencia, el arte, y dejar para ti mismo únicamente la eterna ansiedad de si vas a poder conseguir un pedazo de pan? ¿Vas a renunciar para siempre a todo lo que hace tan hermosa la vida y consagrarte a proporcionar todos los lujos a un puñado de vagos? ¿Te consumirás en un trabajo agotador que te reportará sólo problemas, si es que no miseria, en cuanto los tiempos difíciles, los terribles tiempos difíciles, te lleguen? ¿Es esto lo que deseas para toda la vida?

Quizás renuncies. Quizás al no ver ningún medio de salir de tu condición te digas: Generaciones enteras han sufrido igual suerte, y yo, que no puedo cambiar esto, debo someterme. ¡Trabajemos pues y procuremos vivir lo mejor posible!

Muy bien. En ese caso la propia vida se tomará la molestia de iluminarte. Un día llega una crisis, una de esas crisis que ya no son meros fenómenos pasajeros, como antes, sino una crisis que destruye completa una industria, que hunde a miles de obreros en la miseria, que destroza a familias enteras. Lucharás contra la desgracia como el resto. Pero verás pronto que tu mujer, tu hijo, tu amigo, sucumben poco a poco a las privaciones, se desmoronan ante tus propios ojos. Por pura necesidad de comida, por falta de cuidados y de asistencia médica, acaban sus días en el jergón del pobre, mientras el rico vive su vida gozosa en las calles soleadas de la gran ciudad, ignorando a los muertos de hambre. Comprenderás entonces lo absolutamente repugnante que es esta sociedad. Reflexionarás entonces sobre las causas de esta crisis, y tus reflexiones penetrarán hasta las profundidades de esa abominación que coloca a millones de seres a merced de la codicia brutal de un puñado de frívolos inútiles. Entonces comprenderás que los socialistas tienen razón cuando dicen que nuestra sociedad actual puede y debe ser reorganizada por completo.

Pasemos de la crisis general a tu caso concreto. Un día en que tu patrón intenta una nueva reducción de salarios para exprimirte unos céntimos más y aumentar así, aún más, su fortuna, protestas. Pero él te contesta altivo: Pues vete y come hierba, si no quieres trabajar al precio que te ofrezco. Entonces comprenderás que tu patrón no sólo intenta esquilarte como a una oveja, sino que además te considera una especie de animal inferior; que no contento con tenerte apresado en sus garras implacables por el sistema salarial, ansía además convertirte en su esclavo en todos los aspectos. Quizás te doblegues entonces, prescindas del sentimiento de dignidad humana y acabes soportando todas las humillaciones posibles. Pero quizás se te suba la sangre a la cabeza, te estremezcas ante la odiosa pendiente por la que te deslizas, contestes y, sin trabajo, en la calle, comprendas cuánta razón tienen los socialistas cuando dicen: ¡Rebélate! ¡Alzate contra esta esclavitud económica! Entonces vendrás y ocuparás tu puesto en las filas socialistas, y lucharás en ellas por la completa destrucción de toda esclavitud: económica, social y política.

Todos vosotros, pues, jóvenes honrados, hombres y mujeres, campesinos, trabajadores, artesanos, soldados, comprenderéis cuáles son vuestros derechos y os uniréis a nosotros. Vendréis a trabajar con vuestros hermanos para preparar esa revolución que barrerá todo vestigio de esclavitud, que arrancará toda cadena, que quebrará todas las tradiciones viejas y gastadas y que abrirá a la especie humana un campo nuevo y mayor de vida jubilosa y establecerá al fin libertad verdadera, igualdad real, fraternidad sin trabas entre todos los seres humanos. Trabajo de todos, trabajo para todos: ¡el goce pleno de los frutos del trabajo, el desarrollo completo de todas las facultades, una vida racional, humana y feliz!

No dejes decir a nadie que nosotros, sólo un pequeño grupo, somos demasiado débiles para alcanzar el majestuoso objetivo al que nos dirigimos. Mira y verás cuántos hay que sufren injusticia. Nosotros, labradores que trabajamos para otro, y mascamos paja mientras el amo come trigo, nosotros, somos millones de hombres. Nosotros, trabajadores que tejemos la seda y el terciopelo para poder vestir andrajos, nosotros, también, somos una multitud innumerable; y cuando el estruendo de las fábricas nos conceda un momento de reposo, inundaremos calles y plazas como el mar en una marea viva. Nosotros, soldados a quienes se conduce con una voz de mando, o a golpes, nosotros, que recibimos balas para que nuestros oficiales consigan cruces y pensiones, nosotros, también, pobres idiotas que no hemos sabido hasta ahora nada mejor que enfilar los fusiles contra nuestros hermanos, sólo tendríamos que volverlos atrás, hacia esos personajes emplumados y condecorados que son tan buenos como para mandarnos, para ver que una palidez de pavor cubriría sus rostros.

Ay, todos nosotros juntos, nosotros que sufrimos y somos insultados diariamente, nosotros somos multitud infinita, nosotros somos océano que puede abarcar todo y cubrir todo. Cuando tengamos la voluntad de hacerlo, en ese mismo instante, habrá justicia: en ese mismo instante morderán el polvo los tiranos del mundo.

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