DEL AMOR, modo de acción y finalidad social / Ricardo Mella – EXTRACTOS –

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Que edifiquen cuantas teorías quieran acerca de la selección y del dominio de los más fuertes, aquellos que han puesto la ciencia al servicio de los bribones triunfantes: en realidad, de verdad, el mundo social pertenece por derecho de baratería a los granujas enclenques, a los astutos de la inteligencia, a los imbéciles con puños de bárbaro y visitas al presidio.

 

El amor como medio de acción social es absurdo e imposible. Si quien sienta anhelos de emancipación pretendiera por el amor alcanzar la realidad de sus sueños, veríase muy pronto constreñido a la renuncia de toda actividad reformadora. Cualquier deseo de mejoramiento se estrellaría en la oposición de los intereses que no se someten, que no se han sometido casi nunca ni se someterán jamás a los mandatos de cualquier clase de afectos. El interés no tiene más regla que el cálculo, no tiene más ley que la inflexible ley de los números. Es extraño a todo género de pasiones, y cuando el provecho particular de un particular interés, surge en la contienda humana, el amor se reduce a cero. Si alguien intentara sofocar por el amor la gritería de los egoísmos en lucha, sería prontamente arrollado

 

El mundo social vive, se desenvuelve y progresa o retrocede en el materialismo económico, ¿A qué quedaría reducida la acción de los hombres sobre el mejoramiento de la existencia, si el amor se interpusiera en la lucha entablada? ¿Se pretendería acaso ahogar en el amor la acometividad de los combatientes sin destruir la causa principal de la guerra? En fuerza de amar, la servidumbre persistiría eternamente y la humanidad sería una continua caída. Tal vez se piense que por el amor, también la riqueza y el poder renunciarían a sus prerrogativas. Diez y nueve siglos de predicaciones fraternitarias y comunistas, diez y nueve siglos de propaganda cristiana, no han producido más que la exaltación de las mayores concupiscencias, la exaltación del afán de riquezas y de poderío, la constitución, en fin, de un poder más, rico y fuerte: el poder religioso.

 

¿Y qué diremos de los efectos de la predicación cristiana, parafraseada por la filosofía de la revolución, sobre el mundo profano? los evangelios y la enciclopedia no hicieron por el amor humano tanto como lograron despertar el espíritu bárbaramente sectario que se alimenta de sangrientas represalias. El más manso de los cristianos resucitaría de buena gana los tormentos de la Inquisición. El más moderado de los revolucionarios levantaría con agrado de nuevo la guillotina. Por el bien de la humanidad, por el amor al prójimo tienen la cabeza llena de ideas crueles, el corazón repleto de bárbaros deseos. Ciegos en su fanatismo, no comprenden la impotencia de todas las filosofías para salvar el abismo de las grandes desigualdades que engendra el odio, el rencor, y hacen de cada hombre un malvado; no comprenden que en tanto no sea destruido todo lo que divide, todo lo que provoca el estado de guerra, el amor será extranjero sobre la tierra.

La acción social del amor no es, por tanto, solamente imposible: es también absurda. La experiencia lo ha demostrado a los doctrinarios del tiempo viejo. A los idealistas del tiempo nuevo habrá que recordarles que el amor, expresión del sacrificio voluntario, de la conformidad y del dolor, no puede hermanarse con el deseo de mejoramiento y de bienestar para la humanidad entera.

 

Nulo es el amor como elemento de acción social, porque la fuerza no se rinde jamás a los halagos del sentimiento; nulo porque el poder y la riqueza ciegan todas las fuentes de la afectividad humana. Pedid al Estado que considere, amoroso, vuestras cuitas, y tal vez os dispense una obra de caridad, nunca un acto de justicia. Pedid al capitalismo triunfante una migaja de reciprocidad para vuestros anhelos fraternitarios, y os responderá con la dura ley de su tanto por ciento u os atará más fuertemente a la servidumbre, ofreciéndoos el mendrugo de la participación que en último término le asegura el concurso de vuestra fuerza alquilable y la explotación tranquila de vuestra actividad. Id a la fuerza armada con delicadezas de humanidad y sonatas al amor universal, y haced que el plomo de las balas se trueque en fino y suave algodón, Buscaréis al hermano y daréis de bruces con el asesino. Si no cedéis, si no os sometéis buenamente, la fuerza os obligará, y entonces aprenderéis a amar como el perro ama a su dueño, con fidelidad de esclavo, con servilismo de paria.

 

El Estado es órgano necesario de antagonismos irreducibles; existe para mantenerlos y hacer respetar a las multitudes el derecho de una minoría privilegiada a gozar de los dones de la naturaleza y de las ventajas especiales que artificialmente crea una organización adecuada a los fines de su particular interés. El Estado no se rendirá, por tanto, al amor porque no se rendirá a la justicia, condición indispensable de la fraternidad. Si se rinde a la caridad, exige como secuela la obediencia pública, la resignación; y obra más en beneficio propio que por el bien ajeno, aparentando dispensa de favores cuando aleja un peligro inminente o desvanece otro remoto. Las instituciones de beneficencia son, para el común de las gentes, resultado de un piadoso sentimiento humano; para el Estado no son sino un cálculo, porque carece de facultades afectivas y es la más ruda expresión del interés; porque es una máquina trituradora con engranajes de acero y alma de granito; porque el Estado es el mal.

Estado y capital son como una sola personalidad de la que el estado fuera el esquema, y el capital la carne y los huesos de ese esquema. El estado es la forma artificial y artificiosa, el andamiaje del capitalismo, cuyo brazo ejecutor es la fuerza organizada. El capital da o pega al que pide y al que exige, según su interés del momento. Vence los obstáculos o por la limosna o por la violencia, jamás por el derecho. Si previene a tiempo las dificultades, goza apacible los beneficios de su obra meritísima a la vista de los papanatas que le rinden pleitesía porque bondadoso se digna alquilar sus brazos. Si las dificultades le sorprenden, corta el nudo con su espada y allana prontamente su camino aplastando a lo víbora.

 

Todos los sabios de la cátedra, todos los literatos y filósofos que han enarbolado la bandera que el abate Froment plegó con el derrumbamiento de sus infantiles ilusiones de creyente, olvidan o quieren olvidar la inutilidad de sus predicaciones para cambiar la naturaleza de las cosas; olvidan o quieren olvidar que hablan a intereses antagónicos, que no se llenan los estómagos vacíos ni se desvanecen los vapores de la hartura con peroratas fraternitarias, que no se modifica al hombre por el mandato de un cambio necesario. Los sabios de la cátedra, los filósofos y los literatos se han planteado el problema prescindiendo de los datos en función de los cuales únicamente la incógnita puede ser despejada. Han prescindido y prescinden de la propiedad individual, origen de la miseria; del poder organizado, causa de la esclavitud política; de la enseñanza oficial, coeficiente obligado de la ignorancia popular.

 

La paz, en tales condiciones, sólo es posible mediante la resignación de los de abajo. La caridad de los de arriba no dará más que apariencias de sosiego, paliará el mal, pero carece de eficacia para destruir la desigualdad social.

 

Claman en desierto si piden al Estado leyes protectoras, igualdad en la distribución, justicia en las relaciones sociales. Claman en desierto si a los ricos exigen bondad y caridad, resignación y mansedumbre a los pobres. Claman en desierto si pregonan la necesidad de resolver el conflicto por medio de la amistad entre todos los hombres. Lo repetimos: el concurso del que manda y del que obedece, del capitalista y del jornalero para la obra de la paz es simplemente absurdo. No puede haber entre ellos ecuación de equidad.

El proletario sabe bien que no puede amar en la sumisión; que no puede rendirse al cariño, a la fraternidad con el que le explota; que no puede considerar como a hermano al que le acuchilla. Sabe que todas las leyes, aun cuando lleven lo etiqueta socialista, dejarán en pie la propiedad privada y el gobierno.

“Escribiréis en vuestros códigos cuantas veces queráis la igualdad, la libertad y la justicia; pero como no suprimiréis ni al propietario, ni al legislador, ni al magistrado -dice el jornalero- continuaré sometido al que manda, al que explota y al que juzga, y seré siempre inferior a ellos, condenado, antes y después, a la resignación que me esclaviza y a la miseria que me aniquila. No, no podré amar al déspota, y os regalo todas vuestras lindezas retóricas. Quiero la igualdad positiva de condiciones, la libertad completa de acción, la justicia que me permita .y permita a todos la satisfacción de las necesidades reales de la existencia: necesidades de pan, necesidades de instrucción, necesidades de arte. Estoy harto de vuestras metafísicas, de vuestras sutilezas teóricas, de vuestros acomodamientos estériles. Podéis romper vuestros códigos y vuestros decretos, que, aun cuando ellos contuvieran el mandato terminante de la libertad, de la igualdad y de la justicia, serían prácticamente tan ineficaces como lo ha sido hasta el día el precepto cristiano del amor. Son los hechos y las cosas los que hay que atacar resueltamente, no sólo su representación.”

 

En la realidad económica es donde hay que buscar las causas del mal. Y en la realidad económica la propiedad privada, su sistema de expoliación, se ofrece a todo espíritu medianamente culto, medianamente recto, como causa primera de la desigualdad y de la injusticia. No entraremos en discusiones superfluas. Hombres de todas las ideas, desde los teólogos hasta los más ardientes revolucionarios, han condenado esa gran iniquidad que labra el bienestar de unos cuantos con la miseria del resto de la especie, que ha creado con su completo desenvolvimiento el proletariado, forma atenuada de la esclavitud y de la servidumbre.

No es la propiedad, como pretenden sus defensores, el resultado final de la evolución histórica. No es el término necesario de un desenvolvimiento fatal. No es la plenitud del derecho individual, puesto que no es susceptible ni capaz de generalización. Es un producto circunstancial de todos los tiempos, puesto que en todas las épocas ha existido con caracteres más o menos exclusivistas. ¿Cómo nace? ¿Cómo se desenvuelve? Por la conquista, por el derecho del más fuerte. Un vistazo a los autores que del asunto se han ocupado llevará el convencimiento al ánimo de los más reacios.

 

La gran empresa del acaparamiento de los bienes comunes es coronada por el imperio preponderante del derecho romano y por la Revolución Francesa, punto de partida del actual régimen capitalista-industrial. Y he ahí toda la pretendida evolución del individualismo reducida a una porción pequeña de la humanidad. Para nuestros clásicos, toda la especie se resume en la raza que puebla Europa y buena parte de América. Toda la historia es nuestra historia, toda la ciencia, nuestra ciencia, y todas nuestras prácticas, brutalmente egoístas, son la resultante sabia, sin discusión, de un largo y penoso desenvolvimiento de la humanidad entera.

La gran diversidad de prácticas posesorias en todas las partes del mundo, la multitud de pueblos donde la propiedad individual ha surgido muchos siglos ha y en distintos tiempos, por la guerra, por la conquista, por la violencia o por la astucia siempre, dejando, no obstante, grandes soluciones de continuidad, prueban evidentemente que la propiedad individual es, como hemos dicho, un producto circunstancial de todas las épocas y de todos los países. Cuantos hechos hemos citado serán letra muerta para los espíritus unificadores que reducen todos los fenómenos de la naturaleza y de la existencia a la uniforme invariabilidad de un solo motivo, de una sola causa. La necesidad intelectual de la abstracción unitaria se convierte para ellos en realidad viviente a cuyo ritmo sujetan a priori todas sus investigaciones, principios y fórmulas.

 

Pero a los hombres despreocupados del dogma, a los cerebros abiertos a la verdad, habrá demostrado la breve excursión hecha por los dominios de la sociología, que la propiedad individual no es ni la característica de un estado de civilización muy avanzado ni el término de una evolución que comienza con la vida nómada de la humanidad.

La propiedad individual se encuentra con caracteres análogos en las sociedades primitivas y en las modernas. La civilización no ha hecho más que codificar la barbarie. Las clases de hoy son las castas de antes. Existe la clase sacerdotal, la clase militar, la clase industrial, la burguesía, que ha heredado a la aristocracia; existe, en fin, la clase proletaria, el jornalero a quien se compra de una manera indirecta y sobre cuyo trabajo se vive como antes se vivía del trabajo del esclavo o del siervo. Al feudalismo de los antiguos señores ha sustituido el feudalismo de los grandes fabricantes y banqueros. La civilización ha dado leyes para todo esto, lo ha metido dentro de la monarquía y dentro de la república, y no nos causará gran sorpresa que lo meta también dentro del socialismo. Pero en el fondo de esta codificación subsisten las bárbaras leyes del egoísmo individual, brutalmente expresado por los pueblos incultos; subsiste el principio de la violencia, la consagración del éxito a cualquier precio.

 

El único suceso que parece justificar el postulado evolucionista es la aparición constante del feudalismo como nuncio obligado de la propiedad individual. Pero como el sistema feudal no es parte integrante de un desenvolvimiento normal o natural, sino un verdadero forzamiento de los hechos en la historia de la humanidad, como es la violencia que rompe arbitrariamente aquí y allá, en un tiempo o en otro, la normalidad de la vida económica y de la vida social para desaparecer más tarde por las represalias de la propia violencia, este modo de la propiedad no explica ni justifica que la propiedad individual sea el término de una evolución uniforme normalmente desenvuelta. En todo caso el feudalismo será la más brutal etapa de la violencia, como la propiedad individual es, en resumen, la más amplia generalización del egoísmo.

 

 

Estamos lejos de poder encerrar en una gran síntesis histórica la multitud de hechos con que los hombres demuestran que todavía no han salido del período de los tanteos, probando al mismo tiempo que carecen de una buena orientación de táctica, aun cuando se orienten bien en los propósitos.

 

Y no se nos arguya que la propiedad individual surge o se desprende siempre de la comunidad. El individualismo es el producto necesario y fatal de la autoridad. Donde ésta se constituye brota al momento el privilegio; la comunidad sucumbe. Es el jefe que usurpa a la tribu, que la explota y finalmente la sojuzga. Es el jefe que beneficia a sus favoritos robando a la comunidad. Es el jefe quien despoja a la asociación y constituye el feudo. Así nace el feudalismo, así nace la propiedad individual. La comunidad es tolerada de mala gana por el soberano que goza del derecho eminente, que tiende a la usurpación y se convierte al cabo en el gran propietario, del que se genera la raza maldita de los grandes terratenientes, de los aristócratas, de los sacerdotes, de los guerreros, de los jueces, de los industriales. La propiedad individual existe desde el primer día como hermana gemela de la autoridad. Su génesis es la violencia y el despojo, mientras que la comunidad aparece siempre como producto natural de las necesidades humanas, de la fraternidad de los hombres.

<p>Se ha elaborado una teoría nueva para el despojo y la violencia, y el fetichismo evolucionista desconoce lo único positivo que nos ofrece la historia: que fuera de la violencia, fuera del despojo, fuera del egoísmo individual, ha reinado paz completa, amor, solidaridad entre los humanos.</p>

 

 

En África, en Asia, en América, dondequiera que los hombres forman aglomeraciones incipientes o estados de permanencia social, la autoridad, con sus camarillas privilegiadas, mata todo sentimiento de igualdad, anula toda independencia, deprime y aniquila al individuo.

 

 

 

La causa del mal universal es, pues, la propiedad privada en digno maridaje con todas las formas posibles de la autoridad constituida. Es la causa en el pasado, es la causa en el presente.

 

 

 

Buscad renovaciones doctrinales, buscad soluciones de amor en medio del cruel barbarismo civilizado; buscad remedio en las leyes, en el espíritu religioso, en la atenuación sofística de la ley del más fuerte, que la avalancha del egoísmo ahogará vuestra voz y matará vuestras iniciativas. La ciencia pasa por los cerebros sin conmoverlos, como la experiencia de perdurables siglos de despotismo y de propiedad feudal y de egoísmo individualista, nada enseña a la fatuidad dogmática amasada con todos los prejuicios tradicionales de la forzosa resignación del pobre y de la indiscutible superioridad del rico.

 

 

 

Confesamos haber incurrido en el lamentable error de extensión que atribuye a la humanidad entera lo que es producto de un estado mental momentáneo. La evolución no es -lo reiteramos en vista de los hechos de experiencia actual e histórica- más que una operación intelectual necesaria, la mecánica, si así podemos expresarnos, del desenvolvimiento natural de las cosas previsto por la razón, desenvolvimiento del que el pasado y el presente no contienen sino ligeras y no coordinadas indicaciones y al cual el porvenir pertenece por entero.

 

La prueba terminante de esta conclusión nuestra es que, no obstante la persistencia de las instituciones autoritarias y del sistema individualista de poseer que ciertos evolucionistas presentan como coronamiento de toda la labor humana, muchos sociólogos y filósofos, hombres de estudio y de verdadera ciencia preconizan la solidaridad entre los hombres, cuya traducción obligada es la comunidad, y la independencia personal, cuyo verbo pese a los ridículos espantos de los mentecatos, es la anarquía. 

 

 

 

Reconocidas las causas del mal, ¿cómo no intentar su destrucción? Esperarla de un desenvolvimiento que la experiencia niega, confiando en que las instituciones tradicionales se desintegren por sí mismas o que el amor resuelva en una ecuación de igualdad los términos, es absurdo.

 

Ninguno de esos dos procesos se adapta a la realidad. Por sí mismas jamás las instituciones del privilegio harán plaza a un régimen de libertad igual para todos, de bienestar para todos. El bien y el mal son dos elementos contrarios que se rechazan y tienden a anularse. Se impone o la reducción del bien a1 mal o la .reducción del mal al bien. De cualquier modo, todo proceso que propenda a modificar o modifique el contenido socia1 no se desenvuelve sin la acción continua de los elementos que componen la sociedad. Y el amor no es acción, porque como sentimiento es incapaz de destruir los hechos, de anularlos. Lo prueba que todos los partidarios del amor, como medio de modificar el mundo, son puramente contemplativos y tienen horror a la actividad.

 

 

 

El mundo no vive de homilías fraternitarias. La existencia es actualmente continua lucha por la satisfacción de las más complejas necesidades. Unos combaten por mantener los privilegios que les confiere la exclusiva del goce; otros por la desaparición del privilegio, ansiosos de ganar para sí y para los demás el bienestar y la libertad. 

 

 

 

El combate se libra también en los dominios de la literatura, del arte, de la ciencia. Que los que en ese terreno se resuelvan por la verdad no se queden a medio camino.

 

 

 

Se ha predicado, se predica y se predicará el amor porque hay ansia de fraternidad, de paz, de bienestar. Pero el amor no brotará en el mundo social del privilegio, porque éste es precisamente el quebrantamiento continuo del desarrollo de las facultades afectivas, brutalmente ahogado por la bestia egoísta apenas iniciado en los primeros días de la humanidad.

 

 

 

Los que amparados en lo que ha llegado a ser el gran galeoto de todas las truhanerías, en el medio social, afirman que, no siendo los hombres buenos o malos por su propia voluntad, sino influidos por los sucesos y por las cosas, no es razonable aborrecer al tirano y al explotador, y es, moralmente, obligatorio el amor al prójimo, desconocen que tal doctrina significa la conformidad con el mal; porque si cada hombre es fatalmente como es, sin intervención alguna de su voluntad, no queda otro remedio, llevando la 1ógica hasta sus últimas consecuencias, que aceptar las cosas como son y acomodarse lo mejor posible a la maldad general. No es, ciertamente, aborrecible el verdugo, odioso el tirano, despreciable el explotador porque sean tales cosas por su libre voluntad. Ninguno es su propia obra solamente: son obra de los demás hombres y un poco también su obra misma. Pero es aborrecible el oficio de matar, es odiosa la tiranía, es inicua la explotación. Y como nadie lucha contra simples abstracciones, ocurre naturalmente, que los hombres luchan con los hombres combatiendo las representaciones y los instrumentos de ejecución de dichas abstracciones que, amén de su perversidad originaria, tienen el poder de corromper los elementos de representación y de ejecución. Por esto, aunque el cerebro preceptúe el amor y condene el odio, es invencible la inclinación humana al aborrecimiento en presencia del malvado, del tirano, del explotador. Por eso se levantan en nuestro pecho tempestades de rencor, de odio, de desdén, de repugnancia, cuando la maldad pasa soberbia por nuestro lado desafiando iracunda las maldiciones de la victima. Por esto obedecemos, más que al cerebro, a la sensibilidad, cuando la infamia de los hombres quebranta la paz, vulnera los principios del bien general o particular, malpara las nobles aspiraciones de un mundo nuevo donde todos gocen de amor y de justicia.

 

 

<p>No pidáis discernimiento, templanza, al mejor de los hombres en el instante mismo en que la maldad surge brutal y avasalladora. Su primer movimiento será de ira. El instinto de conservación y la idea de la justicia le impulsará a’ la acción. El amor le hará odiar intensamente.</p>

 

 

Pueden cobijarse hermosos sentimientos en el pecho del que explota, del que manda y del que mata. Pero el ejercicio del oficio agotará, matará prontamente sus mejores sentimientos, sus más puros afectos. ¿Los amaremos? Aun sin quererlo, nuestro odio será implacable.

 

 

 

No preconizamos el odio; queremos la posibilidad del amor, ya que el odio existe de hecho sin que puedan destruirlo predicaciones y filosofías que carecen de base. Es necesario saltar por encima de todos los obstáculos, aniquilar el mal, para que el amor nazca, se desenvuelva y progrese. Ni aun en este supuesto lo concebimos como finalidad humana, sino como corolario del bienestar conquistado.

 

 

 

El hombre lucha hoy y luchará mañana por el goce, por la satisfacción de las necesidades todas. En esta lucha corresponde la primacía a las necesidades de nutrición. Sin la garantía de la vida animal, el hombre es menos que una bestia, Es menester, prescindiendo de idealismos nocivos, empezar por esta noción simple que nos considera en los dominios de la fisiología como un animal más de la escala zoológica. Sin el estómago satisfecho, sin los músculos bien desarrollados, sin el organismo todo nutrido debidamente, las necesidades afectivas e intelectuales no pueden tener al mismo tiempo desarrollo y satisfacción adecuados.

 

 

Planteada la cuestión en estos términos, cesa toda discusión. Porque no se trata de un problema de derecho político, de una vana especulación, de una filosofía o de una metafísica más o menos abstrusa, como quiere la pretendida ciencia o arte de gobernar a los pueblos, como quiere la economía clásica y aun la misma sociología; sino de un problema de necesidades naturales que requieren satisfacción debida, de un problema que afecta a lo más real que hay en la vida humana y que pertenece a los dominios de la ciencia, especialmente de la filosofía, que no entiende de derecho escrito, de formulismos políticos o económicos, que no se paga de ciudadanías, sino de fuerzas gastadas y fuerzas disponibles, de reposición de energías, de músculos hambrientos y de músculos satisfechos, de sangre rica y de sangre empobrecida. 

<p> </p> <p>La satisfacción integral de las necesidades intelectuales completa la fórmula del mañana. La ciencia no puede ni debe ser eternamente el privilegio de unos cuantos. La simple curiosidad del ignorante, como la del niño, es el primer elemento del saber. Es el apetito de las necesidades superiores del organismo que en su total desarrollo demanda igualmente la plenitud de la vida de nutrición, de la vida afectiva y de la vida intelectual.</p><p><em> </em></p> <p></p> <p>La bondad afectiva y la intelectualidad están actualmente limitadas por la preponderancia del egoísmo, causa y efecto a un mismo tiempo del capitalismo y de la autoridad. Para emancipar el cuerpo, principio de toda emancipación de espíritu y de pensamiento, es necesario barrer los obstáculos tradicionales, la propiedad y el Estado. La comunidad libre es el medio adecuado en el que pensamiento y sentimiento pueden compenetrarse en la amplia síntesis del amor, de que es incapaz nuestro tiempo.</p> <p> </p> <p> </p> <em><em> <p>No es, no, el amor al prójimo la acción necesaria que producirá la felicidad general. Es el bienestar común el que dará la resultante del amor humano, pregonado inútilmente durante siglos y durante siglos desconocido.</p> <p><em><em></em></em></p> <p><em><em><em><em><em><em><em><em> </em></em></em></em></em></em></em></em></p> <p> </p> <p><em><em><em>El amar es una adivinación, es el ideal que se entrevé más allá de la resolución del problema general de la existencia común. El cerebro decreta el imperativo del amor. La sensibilidad lo presiente. La realidad lo niega. Dadnos las condiciones indispensables, y el amor brotará como brota la flor del tallo cuidado con esmero por mano cariñosa. Dad de comer al hambriento; dad de beber al sediento; abrigad al desnudo; aplacad, en fin, al animal, y el hombre surgirá a la verdadera vida humana y el amor coronará el edificio de la dicha común.</em></em></em></p> </em></em> <em><em> <p>Entretanto, estaremos condenados a la cruel realidad, que pone en nuestros labios la palabra de amor y en nuestros pechos el odio. La humanidad presente es como la familia condenada a la miseria, donde el rencor hace su nido ahondando las causas de su infelicidad.</p> <p>A partir del materialismo de la vida, tomando la existencia real en sus detalles y en su conjunto, la idealidad brota natural y espontánea: la idealidad suprema es la emancipación humana.</p> </em></em> <p> </p>

 

La bondad afectiva y la intelectualidad están actualmente limitadas por la preponderancia del egoísmo, causa y efecto a un mismo tiempo del capitalismo y de la autoridad. Para emancipar el cuerpo, principio de toda emancipación de espíritu y de pensamiento, es necesario barrer los obstáculos tradicionales, la propiedad y el Estado. La comunidad libre es el medio adecuado en el que pensamiento y sentimiento pueden compenetrarse en la amplia síntesis del amor, de que es incapaz nuestro tiempo.

 

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