Queremos que no se nos confunda.

Queremos que no se nos confunda. Si hemos defendido aquí tan fervientemente la organización, no queremos de modo alguno manifestar que es un bálsamo para todas las clases de enfermedades. Sabemos muy bien que en primera línea está el espíritu que anima e inspira un movimiento; cuando falta ese espíritu para nada sirve la organización. No se puede resucitar a muertos organizándolos. Lo que sí interpretamos es que allí donde realmente existe el espíritu y donde están las energías necesarias, es la organización de las fuerzas sobre la base federativa el mejor medio para alcanzar los resultados más grandes. En la organización hay un campo de actividad para todos. La estrecha cooperación de los individuos por una causa común es un medio poderoso para el levantamiento de la fuerza moral y de la conciencia solidaria de cada miembro. Es absolutamente falso el afirmar que en la organización se pierden la individualidad y el sentimiento personal. Todo lo contrario, justamente por el constante contacto con iguales se despliegan recién las mejores cualidades de la personalidad. Si se entiende por individualismo nada más que el constante pulimiento del propio YO y el ridículo temor de que en todo contacto estrecho con otros hombres reside un peligro para la propia persona, se olvida que justamente ahí yace el mayor obstáculo para el desarrollo de la individualidad. Cuanto más estrechamente está ligado un hombre a sus prójimos y cuanto más profundamente siente sus alegrías y sus dolores, más hondo y rico es su sentimiento personal y más grande su individualidad. Se puede afirmar tranquilamente que el sentimiento personalista de un hombre se desarrolla directamente de su sentimiento social.

Por eso el anarquismo no es contrario a la organización, sino su más ferviente defensor, claro está, suponiendo que se trata de una organización natural de abajo arriba, que nace de las relaciones comunes de los hombres y encuentra su expresión en una cooperación federativa de las fuerzas. Por eso combate también toda imposición de esa cooperación que se impone desde arriba sobre los hombres; porque destruye las relaciones naturales entre ellos, que es la base de toda organización real y convierte a cada individuo en una parte automática de una gran máquina que se dirige por privilegiados y trabaja para determinados intereses particulares.

Se puede, como Malatesta, reposar todo el peso sobre la organización de los grupos anarquistas y de su unión federativa, o estar con Kropotkin, de que los anarquistas continúen con sus pequeños grupos y depositar todo el peso de sus actividades en las organizaciones sindicales. Se puede hasta representar el mismo punto de vista que James Guillaume, el valeroso compañero de luchas de Bakunin, para que no se hable siquiera de organizaciones anarquistas especiales, sino que se trabaje exclusivamente dentro de los sindicatos revolucionarios para la evolución y profundización del socialismo libertario. Estas son disparidades de criterio que se prestan a discusión, pero de todas maneras queda establecida la necesidad de la organización.

Justamente ahora, antes de que se avecine la tempestad, es más urgente esa necesidad. Las contradicciones sociales se han hecho más palpables en todos los países y enormes masas del proletariado están aún dominadas por la creencia de que el uso de la violencia estatal por el mismo proletariado, lo coloca en condiciones de resolver el problema social. Ni el derrumbamiento espantoso de Oriente. puede curar a la mayoría de ese engreimiento. Es absurdo pensar que el socialismo estatal perdió su poder fascinador sobre las masas. Es todo lo contrario, y por sobre el mismo debe colocarse frente al espíritu de servidumbre general, el IDEAL DE LIBERTAD Y SOCIALISMO. Una lucha, una lucha sin piedad a todas las fuerzas de la tiranía y a todos los idólatras del poder y del dominio, bajo cualquier máscara que estén escudados. La suerte de nuestro avenir próximo está sobre la balanza de la historia. Deben, por lo tanto, unirse todas las fuerzas en una gran alianza y abrir las puertas para un porvenir libre.

Rudolf Rocker

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