De grupo de propaganda a sindicato revolucionario

IMG_1900780763429En muchos aspectos es más fácil empezar con lo que no se debe hacer. La historia nos proporciona abundantes ejemplos de precaución. Ciertamente, les anarco-sindicalistas no queremos funcionar como una organización política de anarquistas. Una organización política deja el trabajo de las luchas, o a organizaciones reformistas (como los sindicatos tradicionales), o a la acción espontánea de les trabajadorxs. Si se lo dejamos a los sindicatos reformistas u otras organizaciones, los métodos que elles utilizarán serán representativos, despojándoles de sus derechos. Esto corta la energía de la acción directa para servir no sólo como un medio para conseguir resultados, sino también como una escuela para el cambio social. Lo principal que hemos aprendido de organizar los conflictos con las líneas reformistas es como marchar a la huelga y regresar de ella, sintiéndonos completamente desmoralizados cuando les líderes sindicales arrancan la derrota de las mandíbulas de la victoria. Desde luego no experimentamos la auto-organización, el control de nuestra propia lucha, y la confianza y alegría de forzar concesiones directamente a través de la acción colectiva.

 
Por otro lado, rechazamos la idea de que las condiciones creadas por el capitalismo conducen espontáneamente a la resistencia de les trabajadorxs. Las condiciones pueden dar forma a la lucha, no la garantizan. Para nosotres, la clave determinante en la resistencia obrera es la organización: cuanto mayor es la organización, mayor la resistencia; mayor es la posibilidad de triunfar. Es destacable que cuando los comunistas consejistas como Pannekoak (para quien “la organización brota espontáneamente, inmediatamente”) defendieron a les trabajadorxs organizando los comités de huelga “espontáneamente” surgidos en Alemania y otros lugares, lo hicieron desde la base de sindicatos de sector altamente organizados. Así que, cuando la burocracia sindical no respaldó sus acciones, estuvieron en la posición ideal para lanzar huelgas espontáneas sin su apoyo, formar comités, etc. Un diseño similar se ha visto en el Reino Unido los últimos años, con acciones no oficiales concentradas entre trabajadorxs altamente organizades, como en el servicio de correos, la recogida de basuras y les electricistas. En ausencia de una organización semejante (e incluso en muchos lugares de trabajo sindicalizados, puesto que ello no quiere decir que estén organizades, como vimos en el capítulo primero), las ofensivas capitalistas resultan mucho más a menudo en renuncias, desmoralización y derrota, como ha sido abrumadoramente el caso de Gran Bretaña desde la contra-ofensiva neoliberal de la década de 1980. Cuando esta cultura de derrota se establece, arraiga cada vez más, hasta que se hace imposible de imaginar hacer las cosas de forma diferente con el enraizamiento del mantra neoliberal “no hay alternativa”.

 
Así que ni podemos dejar la organización de los conflictos en manos de les reformistas, ni tampoco esperar a que emerjan espontáneamente. Necesitamos organizar los conflictos nosotres mismes dentro de la línea de la acción directa. Y si no somos capaces de hacerlo así hoy, tenemos que aspirar a esa capacidad: necesitamos pasar de ser un grupo de propaganda política a un sindicato revolucionario. La Solidarity Federation se describe a sí misma como una iniciativa sindical revolucionaria para representar este intento. Hasta el momento, las luchas que hemos iniciado han tenido una escala pequeña y a menudo han estado centradas en reclamaciones individuales. Pero eso no hace sino reflejar los límites de nuestras capacidades en el presente, capacidades que estamos siempre buscando expandir. Una organización política específica no es suficiente para esta tarea. Nosotres buscamos convertirnos en una organización a la vez política y económica.
También rechazamos la fantasiosa idea de reformar a los burocráticos sindicatos tradicionales, lugar común entre socialistas y no desconocido tampoco entre les anarquistas. La burocratización es un proceso en una sola dirección. O más bien, mientras que en teoría puede revertirse con un movimiento con bases suficientemente fuerte, eso sería dirigir mal las energías en persecución de la reforma sindical a expensas de la acción directa (un error que ayudó al estado y les reformistasa “ocupar” el sindicalismo británico, como vimos en el segundo capítulo). Cualquier energía y auto-organización que sea necesaria para desalojar a las atrincheradas burocracias, respaldadas por el Estado, estarán mejor utilizadas en organizar directamente las luchas, y reagrupando a les trabajadorxs en organizaciones basadas en los principios que defendemos: sindicatos revolucionarios. Esto no significa que debamos romper nuestros carnets sindicales, sino más bien abandonar cualquier pretensión de reformar las estructuras sindicales actuales, y con independencia de la afiliación a un sindicato tradicional, tratar de seguir una estrategia anarco-sindicalista.

 
Argumento habitual contra el sindicalismo revolucionario es el de los números. Los sindicatos, se dice, son “organizaciones de masas”, lo que supera en mucho la escala de lo que es capaz de organizarse con militantes. Así, se nos dice, puedes ser une revolucionarie, o puedes estar en un sindicato, pero nunca deberían mezclarse los dos. Esto da lugar a un argumento reformista enmascarado como “pragmatismo”, de que debemos abandonar nuestra oposición “ideológica” a los métodos reformistas -comités de trabajadorxs, delegades a tiempo completo, funciones representativas, fondos estatales, conformidad con las leyes, etc.- con el fin de convertirnos en una una “organización de masas”. Eso podría ser la forma de “construir”, pero ¿construir qué? No tenemos interés en construir nuevas burocracias, lo cual es sin duda el resultado de construir un sindicato con otros principios que no sean los principios de anti-capitalismo y antiestatismo. En el neoliberal mundo “post-político” debemos tener cuidado con cualquiera que niegue motivaciones ideológicas. La negativa por sí misma ¡es el más claro signo de ideología! La ideología reformista siempre se presenta a sí misma como “pragmatismo post-ideológico”, como si de alguna forma hiciera su abrazo a la colaboración de clases menos ideológico. Sin duda, les sindicalistas revolucionaries arrancan como una pequeña minoría en la clase obrera. Eso no significa que no podamos organizar batallas.más allá de nuestro limitado número, y ganar trabajadorxs para el sindicalismo revolucionario a través de las victorias que ganamos en la escuela de lucha.

 
En cualquier caso,una mirada más atenta a los sindicatos tradicionales debería disipar la simplista idea de que son “organizaciones de masas” de una forma significativa. Es cierto que en este país, los sindicatos tradicionales en su conjunto tienen millones de miembros, con varios de los principales sumando más de un millón cada uno. Pero, ¿qué significa eso en la práctica? En el día a día, el sindicato está dirigido por una burocracia de empleades asalariades y una minoría de representantes electes. Eses representantes -delegades sindicales, de salud, seguridad, etc.- son a menudo les trabajadorxs más militantes en sus trabajos. No es nada extraño que en trabajos menos militantes ni siquiera tengan un representante, o reuniones regulares de miembros. Cuando los encuentros de miembros se llevan a cabo, y a veces encontramos la oposición de la burocracia para hacerlo, lo típico es que sólo una pequeña minoría de les afiliades acuda. Es sólo cambia durante el curso de los grandes conflictos, cuando las reuniones se llenan con todes, o casi todes, les miembros, e incluso acuden miembros nuevos para afiliarse y participar. Así que en la práctica, en los lugares de trabajo los sindicatos tradicionales son organizaciones de trabajadorxs activistas los cuales, en el transcurso de los conflictos, organizan reuniones masivas de fuerzas laborales. La estrategia que nosotres proponemos se limita a reconocer esta realidad como lo que es un sindicato hoy.

 
Los sindicatos tradicionales son organizaciones jerárquicas, burocráticas y centralizadas, por lo que no vinculan a les trabajadorxs activistas horizontalmente, entre sí. Por el contrario, los lugares de trabajo sólo se relacionan unos con otros a través de la oficina del sindicato de la región, a menudo compuesta por les oficiales sindicales a tiempo completo o por les delegades electes, más atentes en convertirse en oficiales a tiempo completo, y no es infrecuente, también por “socialistas revolucionaries” con la vista puesta en hacer carrera en un sindicato.

 

 

Consecuentemente, trabajan contra la circulación y coordinación de conflictos auto-organizados. Trabajadorxs activistas como les delegades en las fábricas en diferentes áreas o departamentos están limitades a comunicarse entre elles a través de los “canales apropiados”. Esto da al aparato del sindicato la oportunidad de mediar, difuminar y controlar a las bases en el caso de que tengan alguna idea por encima de su oficina (como llevar a cabo una huelga desautorizada por la oficina central despreciando el apoyo de las bases, una incidencia bastante frecuente en las recientes relaciones industriales británicas). Esto conduce a muches en la izquierda a apoyar ciertas formas de promoción de las bases, por ejemplo creando una red de activistas de base independiente de la estructura sindical.

 
Nuestro predecesor, el Movimiento Acción Directa (DAM), estuvo involucrado en dicha red de base, pero llegó a la conclusión de que la propia naturaleza de esos grupos, y de la política de aquelles quienes habían tratado de organizarles, significaba que condenados al fracaso. Desde la Segunda Guerra mundial hemos visto a varios grupos políticos intentar establecer redes entre las bases, desde aquellas puestas en marcha por el Partido Comunista (CP) en los 50 y 60, como Flashlight y la Building Workers’ Charter (La carta de les trabajadorxs de la Construcción), hasta el dominio del SWP (Partido Socialista de les trabajadorxs) en los 70 y, por supuesto, el Militant Tendency (Tendencia Militante, ahora Partido Socialista) que dominó al Broad Lefts (Izquierdas Generales). No hace mucha falta decir que tales grupos marxistas no tardaron en manipular a las bases para sus propios fines, incluso si era en detrimento de dichas bases y de les trabajadorxs involucrades. Por ejemplo, el Building Workers’ Charter, que tenía un amplio apoyo en la industria de la construcción, no apareció en la masiva y amarga huelga de la construcción de principios de 1970 debido a las maniobras del CP. Por tanto, no sólo fracasaron en proporcionarles un liderazgo alternativo a los sindicatos reformistas en una huelga crucial, sino que desmoralizaron tanto a sus seguidorxs que eso llevó al colapso final de Bulding Workers’ Charter. De nuevo en 1973, cuando el partido Socialistas Internacionales (IS, ahora también integrado en el Partido Socialista) intentó poner en marcha un movimiento nacional de bases y afiliados, las bases denominadas por el Partido Comunista boicotearon la conferencia organizada para lanzar el movimiento, con el periódico Morning Star denunciando el evento como un complot de IS. Lo hemos visto de nuevo en 2011 con la implosión de la National Shop Stewards Networks (NSSN, Red Nacional de Representantes Sindicales), cuando el Partido Socialista hizo su largamente esperada jugada de intentar convertirlo en un frente anti- recortes, y la mayoría de les anarquistas, sindicalistas y activistas independientes lo abandonaron.

 
Podría ser un error, sin embargo, achacar la falta de políticas simplemente a la “maligna influencia” marxista. En cambio, deberíamos observar la propia naturaleza de los grupos de base. No están formados por masas de trabajadorxs ordinaries, sino por activistas sindicales (a menudo miembros de grupos políticos), reduciendo sus diferencias políticas a un mínimo denominador común: el sindicalismo militante. Quizás una cita del periódico de uno de los grupos de base más exitosos de los años 70, el Grupo de Acción NALGO (Asociación de Funcionarios de Gobiernos Locales y Nacionales), lo ilustrará mejor. Una editoral afirmaba: “el futuro desarrollo del Grupo de Acción NALGO se sitúa donde siempre ha estado, en las manos de sus partidaries para quienes sus convicciones políticas son menos importantes que su común deseo en trabajar por una mayor democracia y militancia dentro de la NALGO y del más amplio movimiento sindical”. Aquí los problemas son similares a aquellos del sindicalismo “neutral”. El resultado no es la deseada red horizontal de activistas en los lugares de trabajo, sino el más bajo común denominador del sindicalismo tradicional. Esto significa que muches bien intencionades y revolucionaries militantes acaban siendo les soldados de a pie en los planes izquierdistas, como la reforma del sindicato o las aventuras de partidos políticos (esto fue ciertamente lo sucedido con el DAM). Esto no quiere decir que las iniciativas de base no puedan ser también un vehículo para que les trabajadorxs empiecen a manejar los conflictos con sus propias manos. Las recientes victorias de les “Sparks” son un claro ejemplo de este potencial, notablemente organizades alrededor de una queja concreta (un recorte salarial) antes que por un programa sindical reformista. Pero para les anarco- sindicalistas, de base, como para el sindicalismo en su conjunto, no es el sustituto del sindicalismo revolucionario.

 
Así que mientras que sea siempre necesario organizar con tantes trabajadorxs como sea posible en base a la clase, los sindicatos que buscamos construir no pueden permitirse ahogar sus principios con el “mínimo común denominador”. Tampoco deberíamos contentarnos con ir a remolque en las luchas organizadas por los sindicatos mayoritarios quienes, bajo el liberalismo, suelen vender la derrota como una victoria. Más bien, deberíamos estar persiguiendo la construcción de una organización obrera revolucionaria basada en claros principios anti-capitalistas y antiestatistas con la cual tomar la iniciativa en la organización de conflictos. Esto es lo que la Solidarity Federation quiere decir cuando se describe a sí misma como una iniciativa sindical revolucionaria. Habiendo aceptado que los sindicatos existentes no son sino organizaciones minoritarias de activistas, y excusados de la falacia de que “las políticas empiezan con millones”, podemos reconocer que los conflictos cotidianos son políticos. La cuestión es cómo llevarlo a la práctica: ¿cómo organizar por nosotres mismes la acción directa colectiva?

 
Unimos lo político y lo económico porque refleja la realidad bajo el capitalismo. La clase trabajadora está, al mismo tiempo, oprimida y explotada. Si alguna vez vamos a ser libres de verdad, debemos debemos desafiar tanto a la explotación capitalista como al poder que el capitalismo y el Estado mantienen sobre nosotres. La unión de explotación y opresión puede verse claramente en la más pequeña acción en el lugar de trabajo o en la comunidad. Cuando les trabajadorxs se organizan cuestionan el “derecho” de les gestorxs a gestionar.

 

 

Cuando les inquilines se organizan, cuestionan el “derecho” de les caseres a la propiedad privada. Poco importa si toma la forma de una lucha por el incremento salarial, la reducción del alquiler o una lucha para resistir los intentos de imponer nuevas condiciones de trabajo o residencia. Luchando en una, luchamos en la otra; la económica y la política no pueden separarse. Si les trabajadorxs ganan con una huelga un incremento de salarios, su poder para obtener mejores condiciones aumenta, y viceversa. El sindicato revolucionario une lo político y lo económico, buscando organizar una colectiva acción directa aquí y ahora, sin esperar a seguir el ejemplo de les reformistas o los conflictos que surjan espontáneamente.

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