“La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos o no lo será”

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Frase nacida de la Primera Internacional, es decir, de la Asociación Internacional de los Trabajadores (A.I.T.). Aquél primer congreso de los trabajadores, constituido el 28 de septiembre de 1864 proclamaba a todos los obreros del mundo: que la emancipación tenía que ser la obra de ellos mismos, porque en realidad para emanciparse es preciso, es indispensable, estar emancipado de todo tutor, pues los tutelajes son incompatibles con la emancipación, mientras no se esté emancipado del tutor y de quien lo mande la emancipación “no lo será”.

La emancipación social de los trabajadores es el resultado inmediato de la “emancipación moral”, y no se alcanzará si moralmente se sigue siendo esclavo de tutores y líderes. Y esclavo es el que no piensa por si mismo, ni obra de acuerdo a su raciocinio y por su esfuerzo directo.

El culto a la personalidad es una ceguera de la conciencia, es en realidad una ilusión que se fundamenta en el sentir de las angustias colectivas y que tiene su raíz en las necesidades insatisfechas y es por ello que depositan en una personalidad todas las esperanzas sociales, anhelando un orden de igualdad y justicia. Es convalidar una autoridad unipersonal desde lo político hacia el colectivo social.

Adherir y alimentar el culto al personalismo compromete el pensamiento crítico y a su vez determina delegar parte de la capacidad de razonamiento propio sobre las ideas, gestiones y actos sin la participación directa de los componentes de la sociedad. La historia nos muestra con suficiente veracidad las consecuencias de esta problemática social cuando una buena parte de la población en general y específicamente del pueblo productor en particular, deposita las angustias y necesidades en un líder que viene a establecerse como “síntesis” de paternidad y como “bálsamo” a los dolores sociales.

Todos los cultos a las personalidades han tenido un vínculo estrecho, consciente e inconscientemente con el absolutismo en las ideas y todos sin excepción, como lo describe la historia, están estrechamente vinculados a al deseo determinante de movilizar un poder dominante.

Las transformaciones sociales la realizan los pueblos conscientes de las necesidades de transformación; la sobre estimación de las personalidades y sus liderazgos habilitan a los personalistas a ejercer el control que el sistema de dominación promueve para que el pueblo productor no se administre a sí mismo y para que la comunidad no se autogestione partiendo de las necesidades individuales y colectivas.

Sólo el sentido crítico en pensamiento y los actos colectivamente organizados disipan la necesidad de un líder y el culto a su personalidad. Tolerar ser dirigido es abdicar a la autonomía y al amor propio, pues la libertad no podrá ser conquistada sin esas dos razones.

Campi
Miércoles 3 de diciembre de 2014

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