EL PROBLEMA ECONÓMICO ORIGINA TODOS LOS DEMÁS -Bakunin

bakunin

Segundo capítulo del texto Tácticas Revolucionarias.

Subyaciendo a todos los problemas históricos, nacionales, religiosos y políticos estuvo siempre el problema económico, el más importante y esencial no sólo para el pueblo trabajador sino también para todas las clases, el Estado y la Iglesia. La riqueza siempre ha sido -y todavía lo es- la condición indispensable para la realización de todo lo humano: autoridad, poder, inteligencia, conocimiento, libertad. Esto es verdad en tal medida, que la iglesia más ideal del mundo -la iglesia cristiana-, que predica el desprecio por los bienes terrenales, tan pronto logró vencer al paganismo y fundar su propio poder sobre las ruinas de aquél, orientó toda su acción hacia la adquisición de riqueza.

El poder político y la riqueza son inseparables. Los que tienen poder tienen los medios para obtener riqueza y deben centrar todos sus esfuerzos en adquirirla, pues sin ella no serán capaces de conservar su poder. Los que son ricos debe hacerse fuertes, pues, al carecer de poder, corren el riesgo de ser despojados de su riqueza. El pueblo trabajador ha sido siempre impotente porque estaba golpeado por la pobreza, y estaba golpeado por la pobreza porque carecía del suficiente poder. Considerando esto no es de extrañar que, entre todos los problemas que enfrenta, haya visto y vea como problema primero y principal el problema económico, el problema de obtener el pan.

El pueblo trabajador, perpetua víctima de la civilización, mártir de la historia, no siempre vio y comprendió este problema como lo hace actualmente, pero siempre lo sintió intensamente y uno puede asegurar que entre todos los problemas históricos que provocaron su pasiva simpatía, en todos sus esfuerzos instintivos en los campos religioso y político, ha sido siempre el problema económico que trató de solucionar. Todo pueblo, tomado en su totalidad, es socialista, y todo trabajador que pertenece al pueblo es socialista en virtud de su posición. Y esta forma de ser socialista es incomparablemente más seria que la de aquellos socialistas que, perteneciendo a las clases privilegiadas por la condición ventajosa de su vida, llegan a las convicciones del socialismo sólo por vía de la ciencia y del pensamiento. De ninguna manera me inclino a subestimar la ciencia o el pensamiento.

Comprendo que principalmente son estos dos factores los que distinguen al hombre de los demás animales; los reconozco como a las estrellas que guían toda prosperidad humana. Pero al mismo tiempo comprendo que la suya es sólo una luz fría, que mientras no vaya de la mano de la vida, su verdad no descanse sobre la verdad de la vida, se volverá impotente y estéril. Siempre que contradicen la vida, la ciencia y el pensamiento degeneran en sofisticación, en culto de la falsedad o cobardía vergonzosa e inactividad, pues ni la ciencia ni el pensamiento existen aislados; no son algo abstracto, se manifiestan sólo en el hombre real y todo hombre real es un ser completo que no puede buscar la verdad y la teoría rigurosas y al mismo tiempo gozar los frutos de la falsedad en la práctica. En todo hombre, inclusive en el socialista más convencido, que pertenezca -no por nacimiento sino por una circunstancia accidental- a la clase gobernante, es decir, que explote a otros, se puede descubrir esta contradicción entre el pensamiento y la vida. Y esta contradicción invariablemente lo paraliza, lo vuelve impotente. Por eso sólo puede convertirse en un socialista completamente convencido recién cuando haya roto todos los lazos que lo atan al mundo privilegiado y haya renunciado a todas sus ventajas.

El pueblo trabajador no tiene nada a que renunciar ni nada de que separarse: es socialista por su misma condición. Golpeado por la pobreza, injuriado, oprimido, el trabajador se vuelve por instinto representante de todos los indigentes, de todos los injuriados y de todos los oprimidos. ¿Y cuál es este problema social sino el de la emancipación última e integral de todos los sumergidos? La diferencia esencial entre el socialista educado, que pertenece a la clase gobernante aunque sólo sea por su educación, y el socialista inconsciente del pueblo trabajador reside en el hecho de que el primero, deseando convertirse en un socialista, nunca podrá serlo plenamente, en tanto que el último, siéndolo, no es conciente de ello, no sabe que existe la ciencia social en el mundo e inclusive no oyó nunca la palabra socialismo.

El uno sabe todo acerca del socialismo, pero no es socialista; el otro es socialista aunque nada sepa acerca de él. ¿Qué es preferible? En mi opinión, es preferible ser socialista. Resulta casi imposible pasar, por decirlo así, del pensamiento abstracto -el pensamiento despojado de vida y carente de su fuerza impulsora- a la vida. Pero el caso inverso -la posibilidad de pasar del ser al pensamiento- ha sido confirmado por toda la historia de la humanidad. Y ahora encuentra una fundamentación adicional en la historia del pueblo trabajador.

Todo el problema social se reduce, pues, a un problema muy simple. Inmensas multitudes han estado y aún están condenadas a la pobreza y a la esclavitud. Siempre han constituido una inmensa mayoría comparándola con la minoría opresora y explotadora. Esto significa que el poder numérico siempre estuvo de su lado. ¿Por qué entonces no lo ha usado para librarse del yugo odioso y funesto? ¿Puede uno llegar a imaginar que haya existido un momento en que las masas comenzaron a amar la opresión y a no sentir su penoso yugo? Eso sería contrario al sentido común, contrario a la misma naturaleza del hombre. Todo ser viviente lucha por la prosperidad y la libertad, y para odiar al opresor no es necesario siquiera ser un hombre, basta con ser un animal. Por tanto, la larga y sufrida paciencia de las masas debe explicarse por otras razones.

Indudablemente, una de las causas principales reside en la ignorancia del pueblo. Debido a esa ignorancia, éste no se concibe a sí mismo como una masa todopoderosa unida por lazos de solidaridad. Está desunido en la concepción de sí mismo tanto como está desunido en la vida, como resultado de las oprimentes circunstancias. Esa doble desunión es el origen principal de la impotencia cotidiana del pueblo. Debido a eso, entre las personas ignorantes o que poseen el más bajo nivel de educación o una experiencia colectiva e histórica escasa, todos, toda la comunidad, consideran los problemas y las opresiones que sufren como un fenómeno particular o personal y no como un fenómeno general que los afecta a todos en la misma medida y que, por consiguiente, debe unirlos en un destino compartido, en la resistencia o en el trabajo.

Lo que sucede es precisamente lo contrario: toda región, toda comuna, toda familia y todo individuo consideran a los otros como enemigos dispuestos a imponer su yugo y a despojarlos, y mientras esta alienación mutua continúe, cualquier partido -aunque esté apenas organizado-, cualquier casta o poder estatal, que quizá representen a un número comparativamente pequeño de personas, puede fácilmente embaucar, aterrorizar y oprimir a millones de trabajadores.

La segunda razón -también secuela directa de la misma ignorancia- es que el pueblo no ve y no conoce los verdaderos orígenes de su miseria, y a menudo odia únicamente la manifestación de la causa y no la causa misma, así como un perro puede morder el palo con el que un hombre le pega, pero no al hombre mismo. De esta forma los gobiernos, las castas y los partidos -que han fundado hasta ahora su existencia en las aberraciones mentales del pueblo- pueden continuar engañando. Ignorante de las verdaderas causas de su infortunio, el pueblo no puede, por supuesto, tener idea de la forma y de los medios para lograr su emancipación y se deja desviar de uno a otro camino falso, buscando la salvación donde es imposible hallarla y prestándose como instrumento para ser usado en su propia contra por los opresores.

De este modo, las masas del pueblo, impulsadas por la misma necesidad social de mejorar su vida y de liberarse de la intolerable opresión, se dejan llevar de una a otra forma de sinsentido religioso, de una a otra forma política elaborada para la opresión del pueblo -pues la última siempre es tan opresiva como la anterior o aún peor-, de manera similar al hombre que, atormentado por la enfermedad, va de un lado a otro, pero no encuentra alivio en ninguno.

Tal ha sido la historia del pueblo trabajador en todos los países, en el mundo entero. Una historia desesperanzada, odiosa, horrible, capaz de llevar a la angustia a cualquiera que busque justicia humana. Y sin embargo uno no debe dejarse arrastrar por este sentimiento. Por aborrecible que haya sido esta historia hasta el presente, no puede decirse que se haya dado en vano o que no arrojó ningún beneficio. ¿Qué se puede hacer si, por su propia naturaleza, el hombre está condenado a elaborar su camino desde la más negra oscuridad a la razón, desde el estado animal al humano, en medio de todo tipo de abominaciones y tormentos? Los errores históricos y los infortunios que van de la mano con ellos han dado origen a multitudes de analfabetos. Y esas gentes han pagado con su sudor y con su sangre, con su pobreza, su hambre, su penosa esclavitud, su tormento y hasta su muerte, cada uno de los nuevos movimientos a los que fueron atraídas por las minorías explotadoras. En lugar de los libros que no pudieron leer, la historia escribió a latigazos esas lecciones sobre sus espaldas. Tales lecciones no pueden olvidarse fácilmente. Pagando costosamente cada nueva fe, cada nueva esperanza o cada nuevo error, las masas del pueblo alcanzan la razón por la vía de las estupideces históricas.

A través de amarga experiencia han llegado a comprender la inutilidad de todas las creencias religiosas, de todos los movimientos políticos y nacionales, y de esta manera han llegado por primera vez a plantearse el problema social con claridad. Ese problema corresponde al instinto original y ancestral pero, a través de siglos de desarrollo, desde los comienzos de la historia del Estado, estuvo oscurecido por las miasmas religiosas, políticas y patrióticas. Apartadas ya esas miasmas, Europa se agita por el problema social.

En todas partes las masas comienzan a vislumbrar la verdadera causa de su miseria, comienzan a tener conciencia del poder de la solidaridad y comienzan también a comparar su inmensidad numérica con la insignificancia de quienes las despojan. Pero si han alcanzado esa conciencia, ¿qué les impide liberarse?

La respuesta es: la falta de organización y la dificultad para llegar a un acuerdo mutuo.

Hemos visto que en toda sociedad históricamente desarrollada, como en el caso de la actual sociedad europea, por ejemplo, las masas están divididas en tres categorías principales:

1. La inmensa mayoría, completamente desorganizada, que es explotada y que no explota a otros;

2. Un sector considerable que abarca todos los estratos intermedios, una minoría explotadora y al mismo tiempo explotada, que es oprimida y oprime a otros;

3. Y por último la pura y simple minoría de opresores y explotadores, el grupo más pequeño, conscientes de su función y plenamente de acuerdo con respecto a un plan de acción: afianzar esa clase gobernante suprema.

Hemos vista, además, que en la medida en que ésta crece y se desarrolla, la mayoría de aquellos que forman las clases gobernantes se vuelven en sí mismos una masa semiinstintiva o, si ustedes quieren, un Estado organizado, pero que carece de una comprensión mutua o de una dirección consciente en sus movimientos y acciones. Respecto de las masas trabajadoras, no organizadas en absoluto, estos últimos -los miembros de las clases gobernantes- juegan, por supuesto, el papel de explotadores y continúan oprimiéndolas no a través de un plan deliberado sobre el cual se hayan puesto de acuerdo sino a través de la costumbre, del derecho tradicional y jurídico, creídos -en su mayoría- de la legalidad y de la santidad de ese derecho.

Pero al mismo tiempo, respecto de la minoría que controla el gobierno, respecto del grupo que mantienen un acuerdo mutuo y explícito en cuanto a su curso de acción, ese conjunto intermedio juego el rol más o menos pasivo de una víctima explotada. Y puesto que esta clase media, si bien no suficientemente organizada, conserva más riqueza, educación y libertad de movimientos y acción, como así también una mayor proporción de los otros medios necesarios para organizar conspiraciones y darse una organización -más de la que posee el pueblo trabajador-, a menudo sucede que las rebeliones provienen de esa misma clase media, rebeliones que con frecuencia finalizan con la victoria sobre el gobierno de turno y con el reemplazo de éste por otro gobierno. Tal ha sido la naturaleza de todos los alzamientos políticos internos de los que nos habla la historia.

Estos alzamientos y rebeliones nada bueno pueden reportar al pueblo, pues las rebeliones de las clases gobernantes son siempre debidas a las injurias infringidas a ellos mismos y no a las que sufre el pueblo; tienen como motivo sus intereses y no los intereses del pueblo. No importa cuánto luchen entre sí las clases gobernantes, cuánto puedan rebelarse contra el gobierno existente; ninguna de sus revoluciones tuvo ni tendrá nunca como propósito demoler los fundamentos económicos y políticos del Estado, que son los que hacen posible la explotación de las masas trabajadoras, la existencia de las clases y el principio clasista. No importa cuán revolucionarias puedan ser en espíritu esas clases y cuánto puedan odiar una forma particular del Estado. El Estado mismo es sagrado para ellas; su integridad, poder e intereses son erigidos como intereses supremos. El patriotismo, o sea el sacrificio de sí mismos, de la propia persona y de la propiedad en pro de los fines del Estado, siempre ha sido y es aún hoy estimado como la virtud más alta.

Por consiguiente, ninguna revolución, por denodada y violenta que pueda ser en sus manifestaciones, osará nunca poner su mano sacrílega sobre las arcas sagradas del Estado. Y puesto que ningún Estado es posible sin una organización, una administración, un ejército y un número considerable de hombres investidos de autoridad -o sea, que resulta imposible sin un gobierno-, el derrocamiento de un gobierno es seguido necesariamente de otro más afín o de mayor utilidad para las clases que triunfaron en la lucha.

Pero, por útil que pueda ser, después de su luna de miel el nuevo gobierno comienza a despertar la indignación de las mismas clases que lo llevaron al poder. Tal es la naturaleza de cualquier autoridad: está condenada a actuar mal. No me refiero al mal desde el punto de vista de los intereses del pueblo, pues el Estado, en tanto fuerte de las clases gobernantes, y el gobierno, en tanto guardián de los intereses del Estado, siempre constituyen un mal absoluto para el pueblo. No, me refiero a un mal sentido como tal por las mismas clases en cuyo exclusivo beneficio existen el Estado y el gobierno. A pesar de esa necesidad, el Estado siempre cae sobre ellas como una pesada carga y, si bien sirve a sus intereses esenciales, las esquilma y las oprime, aunque en menor medida que a las masas.

Un gobierno que no haga abuso de su poder y que no sea opresivo, un gobierno imparcial y honesto que actúe igualitariamente y que ignore intereses clasistas, preocupándose exclusivamente de las personas que están subordinadas a él es, como la cuadratura del círculo, un ideal inalcanzable, pues va en contra de la naturaleza humana. Y la naturaleza humana, la naturaleza de todo hombre, tiene tales características que, si se le da poder sobre otros, invariablemente los oprimirá; ubicado en una posición excepcional y apartado de la igualdad humana se convierte en un bribón. La igualdad y la ausencia de autoridad son las únicas condiciones esenciales para la moralidad de todo hombre. Tomen el revolucionario más radical y pónganlo en el trono de Rusia, u otórguenle un poder dictatorial -ilusión de tantos de nuestros revolucionarios novatos- y dentro de una año será peor que el propio emperador.

Las clases gobernantes del reino se convencieron de esto hace mucho tiempo e hicieron circular un dicho que proclama que “el gobierno es un mal necesario”, por supuesto para ellos, pero de ninguna manera para el pueblo, con respecto al cual el Estado y el gobierno que éste requiere no son un mal necesario sino un mal fatal. Si las clases gobernantes pudieran pasarse sin un gobierno, conservando sólo el Estado -o sea la posibilidad y el derecho de explotar el trabajo del pueblo- no instaurarían un gobierno en reemplazo de otro. Pero la experiencia histórica -por ejemplo, el penoso destino que acaeció a la república polaca dirigida por la clase media- les demostró que sería imposible conservar un Estado sin gobierno. La falta de un gobierno engendra ANARQUÍA y la ANARQUÍA conduce a la destrucción del Estado, o sea la esclavización del país en manos de otro Estado, como ocurrió en el caso de la infortunada Polonia, o a la total emancipación del pueblo trabajador y a la abolición de las clases que -así lo esperamos- ocurrirá pronto en toda Europa.

Para disminuir el mal causado por los gobiernos, las clases gobernantes del Estado proyectaron diversos órdenes y formas constitucionales que en la actualidad han condenado a los Estados europeos existentes a oscilar entre el caos social y el despotismo de gobierno; esto ha hecho temblar el edificio gubernamental en tal medida que inclusive nosotros, aun siendo viejos, podemos esperar ser testigos y agentes de su destrucción final. No hay duda de que cuando llegue el momento del desastre, la inmensa mayoría de las personas pertenecientes a las clases gobernantes del Estado estrecharán filas en torno de este último, sin tener en cuento su odio hacia los gobiernos existentes, y lo defenderán contra el pueblo trabajador enfurecido, para salvar la piedra fundamental de su existencia como clase.

Pero, ¿por qué es necesario un gobierno para conservar el Estado? Porque el Estado no puede existir sin una permanente conspiración, una conspiración dirigida, por supuesto, contra las masas para cuya esclavización existen todos los Estados. Y en todo Estado el gobierno no es sino una permanente conspiración por parte de la minoría en contra de la mayoría, a la que esclaviza y esquilma. De la misma esencia del Estado se deduce una organización de tal carácter que no vaya en contra de los intereses del pueblo y que no sea profundamente odiada por éste.

Debido a su ignorancia, a menudo sucede que el pueblo, lejos de levantarse contra el Estado, le muestra cierto respecto, se halla ligado afectivamente a él y espera que éste administre justicia; por consiguiente, parece estar imbuido de sentimientos patrióticos. Pero cuando observamos más de cerca la actitud de cualquier pueblo -inclusive de más patriótico- con respecto al Estado, encontramos que sólo amo y reverencia en él la concepción ideal de todo eso y no su manifestación real. El pueblo odia la esencia del Estado en la medida en que llega a tener contacto con él y está siempre pronto a destruirlo en la medida en que no se halle reprimido por la fuerza organizada del gobierno.

Hemos visto ya que cuanto mayor es la minoría explotadora menor es su capacidad de gobernar directamente los asuntos de un Estado. Las numerosas facciones y la heterogeneidad de los intereses de las clases gobernantes dan origen a su vez al desorden, al caos y al debilitamiento del régimen estatal necesario para mantener la requerida obediencia en el pueblo explotado. Por consiguiente, los intereses de todas las clases gobernantes exigen en forma imperiosa que en su seno cristalice una minoría gobernante aún más compacta y capaz, por ser poco numerosa, de llegar a un acuerdo mutuo para organizar su propio grupo y todas las fuerzas del Estado en beneficio de las clases gobernantes y en contra del pueblo.

Todo gobierno tiene un doble propósito. El propósito principal y reconocido es el de conservar y fortalecer el Estado, la civilización y el orden civil, o sea, la dominación sistemática y legalizada de la clase gobernante sobre el pueblo explotado. El otro propósito, igualmente importante a los ojos del gobierno aunque no reconocido de buen grado ni abiertamente, es la conservación de las ventajas gubernamentales exclusivas de su personal. El primero atañe a los intereses generales de las clases gobernantes; el segundo a la vanidad y a las ventajas excepcionales que gozan los individuos en el gobierno.

Debido a su primer propósito el gobierno se ubica en una actitud hostil al pueblo, debido al segundo, tanto hacia el pueblo como hacia las clases privilegiadas, pues hubo momentos en la historia en que el gobierno se volvió aparentemente más hostil con las clases propietarias que con el pueblo. Esto sucede siempre que las primeras, cada vez más insatisfechas con él, tratan de derrocarlo o de limitar su poder. Entonces, el sentimiento de autoconservación impulsa al gobierno a olvidar su propósito principal, que constituye todo el significado de su existencia: la conservación del Estado o el gobierno clasista y el bienestar clasista contra el pueblo. Pero esos momentos no pueden durar mucho, porque el gobierno -cualquiera sea su naturaleza- no puede existir sin las clases gobernantes, así como éstas no pueden existir sin un gobierno. Ante la falta de cualquier otra clase, el gobierno crea una clase burocrática de su propio seno, como nuestra nobleza rusa.

Todo el problema del gobierno es el siguiente: cómo conservar, mediante el empleo de la fuerza más pequeña posible, pero mejor organizada -tomada del pueblo-, la obediencia de éste o el orden civil, y al mismo tiempo la independencia, no del pueblo -que, por supuesto, está fuera de la cuestión- sino de su Estado contra los proyectos ambiciosos de los poderes vecinos y, por otra parte, cómo incrementar su posesiones a expensas de los mismos poderes. En una palabra, guerra adentro y guerra afuera; tal es la vida del gobierno. Armando y constantemente en guardia contra los enemigos internos y externos. Aunque en sí mismo sea demagógico, inspire opresión y engaño, está obligado a mirar a todos -dentro y fuera de sus límites- como a enemigos y debe conspirar contra todos ellos permanentemente.

No obstante, la enemistad entre los Estados y los gobiernos que los rigen no puede compararse con la enemistad de cada uno de ellos hacia su propio pueblo trabajador. Y así como dos clases gobernantes trabadas en fiera lucha están prontas a olvidar sus odios más intransigentes todas las veces que surge una rebelión del pueblo trabajador, dos Estados o dos gobiernos están prontos a desechar sus enemistades y su abierto enfrentamiento apenas aparece en el horizonte la amenaza de una revolución social. El problema más esencial de todos los gobiernos, de todos los Estados y las clases gobernantes, cualquiera sea la forma, el pretexto, el nombre que puedan usar para disfrazar su naturaleza, es sojuzgar al pueblo y mantenerlo esclavizado, pues éste constituye un problema de vida o muerte para todo lo que se denomina actualmente civilización o Estado civil.

Todos los medios le son permitidos al gobierno para lograr esos propósitos. Lo que en la vida privada se llama infamia, vileza, crimen, asume con los gobiernos carácter de “valor, virtud y deber”. Maquiavelo tenía mil veces razón al sostener que la existencia, la prosperidad y el poder de cualquier Estado -sea monárquico o republicano- debe basarse en el crimen. La vida de todo gobierno es necesariamente una serie de actos indignos, viles y criminales contra todos los pueblos extranjeros y también, y en mucha mayor medida, contra su propio pueblo trabajador. Es una conspiración sin fin contra la prosperidad y la libertad de éste.

La ciencia del gobernar ha sido elaborada y perfeccionada durante siglos. Creo que nadie me acusará de exageración si llamo a esta ciencia la bribonada máxima del Estado, desarrollada entre la lucha constante y con la ayuda de la experiencia de todos los Estados del pasado y del presente. Ésta es la ciencia de esquilmar al pueblo en la forma en que lo sienta menos, pero sin dejarle ningún sobrante -pues cualquier sobrante le daría un poder adicional- y al mismo tiempo de no privarlo del mínimo necesario para mantener su vida miserable y poder así seguir produciendo riqueza.

Es la ciencia de reclutar soldados del pueblo y de organizarlos mediante una hábil disciplina, de formar un ejército regular -el arma principal del Estado-, una fuerza represiva conservada con el propósito de mantener sojuzgado al pueblo. Es la ciencia de distribuir, inteligente y prontamente, unas pocas decenas de miles de soldados, ubicándolos en los puntos más importantes de una región determinada, de manera de mantener a la población en el temor y la obediencia. Es la ciencia de abarcar países enteros con la red más fina de organización burocrática y, mediante disposiciones, decretos y otras medidas, encadenar, desunir y debilitar al pueblo trabajador de manera que no sea capaz de unirse y evolucionar, de manera que permanezca siempre en la más beneficiosa ignorancia -beneficiosa para ele gobierno, para el Estado y para las clases gobernantes-, que hace imposible la influencia de nuevas ideas y de personalidades enérgicas.

Éste es el único propósito de cualquier organización gubernamental: la permanente conspiración del gobierno contra el pueblo. Y esta conspiración, reconocida abiertamente como tal, abarca la diplomacia, la administración interna -militar, civil, policial, judicial, financiera y educacional- y la Iglesia.

Y es contra su inmensa organización -armada con todos los medios, intelectuales y materiales, legales e ilegales y que en caso extremo puede contar con la cooperación de todas o de casi todas las clases gobernantes- contra la que debe luchar el pobre pueblo. Éste, aun teniendo una superioridad numérica abrumadora, es ignorante, está desarmado y carece de organización. ¿Es posible entonces la victoria? ¿Existe, en estas condiciones, alguna posibilidad de tener éxito en la lucha?

No basta que el pueblo despierte y que finalmente se haga consciente de su miseria y de las causas que la producen. Es verdad que existe en él una gran dosis de fuerza elemental, mucho más que en el gobierno y en las clases gobernantes, pero una fuerza elemental que carece de organización no es un poder real. Sobre esta irrefutable ventaja de la fuerza organizada sobre la fuerza elemental está basado el poder del Estado.9

Por consiguiente, el problema no es el de si ellos (el pueblo) tienen la capacidad de rebelarse, sino el de si son capaces de formar una organización que les permita llevar la rebelión a un fin victorioso, no a una victoria casual sino a un triunfo final duradero.

En ello -y podríamos decir que exclusivamente en ello- se centra todo este apremiante problema.10

La primera condición de la victoria del pueblo es, pues, el acuerdo entre el pueblo o la organización de las fuerzas del pueblo.

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