ALGUNAS REFLEXIONES

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El anarcosindicalismo es un movimiento de lucha de los trabajadores a través de organizaciones autónomas de cualquier tipo de poder político y estructura dirigencial, es en defini-tiva, el resultado de la síntesis de la práctica de la concepción anarquista y la acción sindical de contenido revolucionario.

El objetivo del anarcosindicalismo es la conquista de los medios de producción y distribución por parte de los trabajadores y la abolición del sistema salarial y de las clases sociales, tras lo cual se organizaría la comunidad desde los principios federalistas y de democracia directa, llevando a la práctica la autogestión en las relaciones de producción. Es una oposición al estatismo por un lado y a la propiedad privada sobre los medios de producción por el otro.

Los anarcosindicalistas estamos convencidos que nadie más que los trabajadores pueden construir un orden económico y político de acuerdo a las necesidades de la comunidad; el apoyo mutuo y la solidaridad serán definitivamente el vehículo para llegar a la construcción de una sociedad de iguales, posesionándonos en las fábricas y cuanto lugar de trabajo exista para gestionar las trabajadoras y los trabajadores por sí mismos, sin permitir que nadie nos “baje línea” y mucho menos que nos digan que es lo que tenemos que hacer, cuando ése interés viene de políticos que responden a estructuras de las clases dominantes desde lo económico y desde lo cultural del sistema capitalista, para continuar condenados los trabajadores a esa especie de “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” expresada magistralmente en sus escritos por Etienne de La Boétie.

Las tácticas que utiliza el anarcosindicalismo están consustanciadas con el federalismo, la autogestión, el principio de la solidaridad de clase, la herramienta de la huelga general, la toma y recuperación de los lugares de trabajo, la acción directa (tratamiento de los conflictos laborales entre patrones y trabajadores, sin el concurso de terceros “representantes” que pudieran contradecir y obstruir a los trabajadores organizados en asamblea), el apoyo mutuo, el antiestatismo y el internacionalismo.

Hoy la práctica del anarcosindicalismo no existe en el movimiento obrero. Desde el año 1930 en adelante se fue diluyendo su práctica y su ideario, desapareciendo su fuerza combativa de luchas, que no es una cuestión menor en el mundo de los trabajadores. Existen seguramente muchas razones que pueden explicar su deterioro, que sin duda es una responsabilidad de asumir quienes aún proclamamos su utilidad, como así también habrá que reconocer en primer término la mutación y el cambio en las relaciones de producción del capitalismo, fundamentalmente con el desarrollo de nuevas tecnologías a través de los cambios en los modos de producción, lo que ha traído como consecuencia diferentes maneras y posibilidades de organización para los trabajadores.

Es extensa y profunda toda la historia del sistema de organización de los trabajadores argentinos, desde las primeras mutuales organizadas por los trabajadores, pasando por las sociedades de resistencia y llegando a la agremiación de las unidades de trabajo. Anarquistas y socialistas con sus ideas y pensamientos fueron los impulsores en las maneras y formas de cómo se organizaban los explotados en la Argentina.

Modos y formas que le permitieron al movimiento obrero poseer órganos de construcción de una nueva cultura sobre las luchas asociadas, que era coincidente en el objetivo finalista que consistía en la emancipación de los explotados de los explotadores. El apoyo mutuo y la solidaridad fue el pilar en dónde se sustentaban las luchas reivindicativas frente a las patronales y el estado.

Pero estas nuevas formas de organización trajo aparejada un notable y profundo debate con respecto al carácter de la organización horizontal de los trabajadores, por esas razones más de 20 años se debatió en el seno de las organizaciones proletarias a fines de la década del ’80 del siglo XIX cual debía de ser la utilidad de las organizaciones de los trabajadores y cuál su “carácter” e “identidad”; lo que se conoció como debate entre “Organizadores” y “Antiorganizadores”.

Los primeros reconocían la importancia de la asociación de oficios como herramienta principal en la lucha contra las patronales explotadoras y reconocían en esa manera de organizarse como la mejor defensa a los intereses de los trabajadores.

Los segundos, que se los llamaba “Antiorganizadores” y no precisamente porque despreciaran a la organización, sino las formas u maneras de organizarse, es decir, sostenían que la agremiación o sindicalización de los trabajadores era un instrumento de defensa y no de transformación del pueblo productor y que se hacía necesario organizarse en función de una organización revolucionaria de los trabajadores y no de defensa tan sólo reivindicativas para abolir el sistema de explotación y dominación que es el capitalismo.

En esos intensos y profundos debates creció el movimiento obrero organizado en la Argentina y no era poca cosa lo que estaba sucediendo en las profundidades de la sociedad. Se discutía si una organización con tal forma y carácter había de ser útil y necesaria para los trabajadores en sus defensas de reivindicaciones primarias o para la transformación total del sistema capitalista.

Discusión que tuvo su epílogo con la conformación de la Federación Obrera Regional Argentina (F.O.R.A.) y que durante 30 años inclinó aquellas discusiones hacia los llamados “Organizadores” por el simple hecho de reconocerse como formación organizada y aceptar que ése tipo de organización era una agremiación y no un sindicato para la defensa de los intereses de los trabajadores, pues el sindicalismo era como un arma que podía servir para el bien de los explotados pero como toda arma, también podía servir para el mal. La Declaración de Principios se expresaba de la siguiente manera:

“La F.O.R.A. no ve en el sindicalismo en sí otra cosa de lo que en verdad puede ser, “un medio”; un medio que, por estar en manos de los desheredados, está colocado de frente al régimen de iniquidad, pero un medio que al fin, bien mirado, no deja de ser hijo de ese mismo régimen. Formado en las entrañas de la sociedad burguesa, entre las corrientes autoritarias del medio ambiente, el sindicalismo es un arma que, por serlo precisamente, puede prestarse tanto para la causa del bien como para la del mal (y adviértase que es más fácil que las armas se presten para el mal que para el bien)”.

Hoy podemos reconocer sin dudar esta reflexión expuesta en 1905 como un pensamiento premonitorio de lo que se transformaría el sindicalismo al abandonar los postulados de sus orígenes y si bien es cierto que la organización obrera es hija del capitalismo y formado en las entrañas de la sociedad burguesa, rodeada de la lógica de los hábitos de esa sociedad, aquellos compañeros luchadores reconocían que el sindicalismo es un arma y como tal, (hoy podemos agregar a ése pensamiento) que lo será para “el bien o para el mal” según quien la empuñe, si trabajadores que utilicen la organización para contribuir a abolir al capitalismo o para fortalecerlo.

Creemos desde el anarcosindicalismo, que las corporaciones sindicales existentes hoy en día nada tienen que ver con aquellos postulados primeros de la organización obrera y que precisamente han hecho del sindicalismo un arma que está sirviendo para el mal de los trabajadores y para el bien de las patronales, el estado y del sistema capitalista, que reconocen a esas organizaciones como “dique de contención” para que los trabajadores no opten por un sindicalismo revolucionario que luche por la abolición de la sociedad de clases y transforme los medios de producción en unidades autogestionadas por los trabajadores mismos en libre y federales asociación de productores.

Desde el anarcosindicalismo exponemos esta problemática para el análisis y el debate, no como “alternativa al sindicalismo”, sino como “sindicalismo de alternativa”.

¡¡¡Salud y R.S.!!!

Campi.
Domingo 15 de noviembre de 2015

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