Anarcosindicalismo: historia y presente, de José Peirats

José Peirats fue uno de los militantes libertarios más destacados del siglo XX español. Trabajador manual, desde muy pronto entró en contacto con el anarcosindicalismo y con las organizaciones del movimiento libertario hispano. Durante la Guerra Civil mantuvo una posición ferozmente antipolítica, y desde las Juventudes Libertarias formó parte de la minoría que rechazó la colaboración con los organismos de la España revolucionaria. La derrota en la Guerra Civil y su marcha al exilio no enfriaron su entusiasmo anarquista y se convirtió no sólo en un destacado responsable de la CNT en el exterior sino, sobre todo, en un perspicaz historiador del movimiento obrero y, más concretamente, del anarcosindicalismo con obras como La CNT en la Revolución española. Durante la Transición regresó a la Península, pero su antiguo entusiasmo revolucionario y coqueteó con las corrientes reformistas cenetistas. Reproducimos una charla que dio en Valencia en la segunda mitad de los años 70 y que fue editada en folleto por el Sindicato de Información y Artes Gráficas de la CNT valenciana.

 

DESARROLLO DEL MOVIMIENTO OBRERO ESPAÑOL. ANTECEDENTES: EL GREMIALISMO
Como os ha dicho el compañero que me ha presentado, yo soy una clase de militante que he tocado, como vulgarmente se dice, todas las teclas del movimiento libertario. He sido un trabajador manual, he tenido cargos en la organización, he sido un militante activista en el sentido extenso de la palabra, es decir que cuando se ha necesitado salir de la posición, podíamos decir cómoda, del simple cotizante o del simple militante de asamblea o de grupo, he cumplido también, a veces haciendo de tripas corazón, esa misión.
Pero no es de esto que voy a hablar, sino que quisiera hablaros un poco de los antecedentes del movimiento libertario, mejor dicho de los antecedentes del movimiento obrero en general de España, puesto que sin estos antecedentes, sin fijar unas etapas previas, raramente podrían apreciarse los conceptos que han de ser el florón de mi disertación, que espero no será una disertación de mí a vosotros, sino que espero que al final de mi charla vosotros tomaréis la palabra, ya no solamente para rebatirme, sino para contradeciros vosotros entre vosotros.
Yo suelo escalonar las etapas del movimiento obrero español, a, partir de principios de siglo, es decir cuando todavía en las Cortes de Cádiz no se habían hecho aquellas declaraciones pomposas de constitucionalismo, y también aquellas declaraciones pomposas en contra de lo que había sido el problema social por excelencia en aquellas épocas. Se adolecía en aquellas épocas todavía, de una especie de carencia de lo que había sido la clase humilde, la clase proletaria en las peores etapas de la Edad Media. Es decir, que no había lo que se dice un movimiento obrero. Y este movimiento obrero hubo que crearlo de la nada, y como vais a ver enseguida con breves rasgos, se creó a través de la institución del gremialismo.
Seguramente vosotros, sobre todo los que habéis estudiado historia, sabéis lo que significa la época del gremialismo dentro de la economía española y dentro de la economía también de los demás países. Es decir, que lo primero que tuvo que hacer el obrero, no me voy a remontar a los tiempos clásicos (esto sería muy prolijo y un poco pedante). Yo me voy a limitar pues a esa etapa, a como el individuo empezó por fijar el primer hito de su emancipación en cuanto obrero, en el trabajo, en los centros de producción.
El sistema del gremialismo era un sistema que difería muy poco del feudalismo e incluso difería muy poco de la esclavitud. Es decir, que el individuo proletario, el trabajador, no era el dueño de sus actos y no era el dueño, apenas de su tiempo. Había en el gremio las tres clases clásicas, el maestro, el oficial y el aprendiz. Generalmente el aprendiz era poco menos que un ser irracional, dormía en casa del maestro y para llegar a ser oficial se necesitaba empeño, se necesitaban esfuerzos sobrehumanos. Había que romper todas las capas de prejuicios y también todas las capas de intereses.
Los maestros eran dueños de los gremios, estaban reunidos, estaban unificados, estaban organizados entre sí. Como piadosos que eran, como devotos que eran, los gremios y las hermandades estaban siempre bajo la advocación de un santo patrón. Ejercían una especie de monopolio de la producción que, si había dificultades para pasar de aprendiz a oficial, las dificultades eran todavía mayores para pasar de oficial a maestro. Se necesitaban un sinfín de promociones, un sinfín de méritos y un sinfín de empeños.
Con esto quiero decir que la primera etapa que tuvo que vencer el proletariado en su lucha, fue la de la libertad de trabajo. No había libertad de trabajo. El oficial, para serio, tenía que conquistar el título a pulso, a base de competencia ya base de benevolencia del que estaba por encima de él.
Pues bien, esto no lo resolvieron las Cortes de Cádiz porque quedó, como muchas cosas en aquellas Cortes, sobre el papel. Quedaron la Constitución, que duró poco, y quedó también la abolición de la Inquisición, que también fue teórica, y la abolición del artesanado, la abolición del sistema de producción entonces vigente.
LA DIGNIFICACION DEL TRABAJO
Pero con el tiempo, estas barreras se rompieron. Entonces vino la segunda barrera que es la de la dignificación del trabajo. España ha sido un país pobre en toda su historia, pero ha tenido, a pesar de su pobreza y tal vez por esa pobreza, un orgullo malentendido, un orgullo aristocrático al extremo de que llego una época que se consideraba al trabajo como una condición menor, se consideraba al trabajo como una condición despreciable. He ahí, pues, la segunda etapa del proletariado: dignificación del trabajo. Poner en la mentalidad de la sociedad de la época la afirmación, el conocimiento, de que el trabajo no es una condición despreciable, sino que el trabajo es la virtud por excelencia en una sociedad.
Tuvo que pasar el tiempo para que la dignificación del trabajo lograse imponerse. En América yo he visto todavía rasgos de aquella sociedad española de desprecio del trabajo, y he visto a los criollitas allí que tenían la tez un poco blanca, que se consideraban descendientes de las viejas familias aristocráticas españolas, y todavía las oía decir “Mis manitas están blancas, nunca han trabajado”. Este es un reflejo de la sociedad española de los siglos XVII y XVIII.
Hubo un momento en esa historia, es decir en la historia de la monarquía española, que puede considerarse como excepcional. Dentro de lo que representa la monarquía y sus dogmas, hubo la época de Carlos III. Carlos III fue un rey ni más ni menos que los otros reyes, pero tal vez tuvo una virtud. Carlos III, por sí mismo nunca hizo nada; ahora bien, tuvo la virtud de dejar hacer. Yal dejar hacer, dejó hacer a un equipo que tenía a su lado, compuesto por Jovellanos, Floridablanca, Campomanes… Estos individuos fueron los que arrancaron, los que propiciaron las industrias en España; es decir, que se mofaron del antiguo tabú de desprecio al trabajo y se escribieron grandes memoriales dignificando al trabajo.
EL DERECHO DE ASOCIACION
A partir de ese momento, pues, se ganó la segunda batalla, la batalla de la dignificación del trabajo. Pero todo esto, no significaba una victoria absoluta ni mucho menos. Se necesitaba todavía el derecho de asociación. Y ese derecho de asociación que estuvieron reivindicando y reclamando los trabajadores desde los tiempos remotos, no sería conquistado hasta muchos años después. Es decir, que durante el reinado de Fernando VII no hubo lugar, durante el reinado de su hija Isabel II tampoco hubo lugar, durante el reinado de la Reina Gobernadora tampoco hubo lugar a pesar de que se dictaron algunas normas más o menos paliativas no solo en el aspecto político (como es la Constitución de 1836, arrancada a la Reina Gobernadora por medio de la rebelión de los sargentos), sino que se dictaron algunos Estatutos Reales en los que, sobre el papel, se le daba a la clase obrera una cierta libertad de acción aunque con muchas condiciones por delante.
Lo máximo que se consiguió en aquel movimiento fue el que los trabajadores pudieran organizarse, pero a base de Mutualidades, a base de una especie de Montepíos, a base de una especie de Sociedades de Socorros, pero no en tanto que organizaciones de clase. Esto hubo que conseguirlo después a base de muchas luchas, y podría decir que el hito, la frontera que determina, no aparece sino cuando la revolución de 1868, la encabezada por Prim y por el Almirante Topete y toda esa jarca. A partir de entonces, cuando se derriba el trono de Isabel II, es cuando se consiguen las primeras victorias para el proletariado.
Con anterioridad a esta fecha, y está en todos los libros de vulgarización, tenemos en 1840 la primera organización de resistencia, que se personaliza en un obrero catalán Juan Munts, al cual se le atribuye haber sido el paladín y el campeón de las organizaciones obreras. Pero bien miradas, esas organizaciones obreras de 1840, que no nacieron en 1840 sino que con anterioridad ya hubo focos de organización en este sentido, estas asociaciones no podían declararse abiertamente clasistas, sino que tenían que camuflarse detrás de la fachada de las asociaciones de Beneficencia.
Fue como os digo, a través de la revolución de 1868, cuando se derribó el trono de Isabel II, cuando Prim abrió una nueva etapa en la política española, breve por cierto, que empiezan a organizarse los trabajadores de una forma ya independiente.
Había olvidado decir que en esa etapa de Juan Munts, se registran ya víctimas del movimiento obrero, como es José Barceló que era un líder de las asociaciones propiciadas por Munts, que por lo visto era un elemento de mucha enjundia, y que por serlo fue complicado en un complot de tipo policíaco y fue fusilado. Se le atribuyó el haber participado en un crimen crapuloso en una masía de los alrededores de Barcelona. En aquel tiempo también hubo pequeñas rebeliones de los trabajadores, se llegó a incendiar la fábrica del vapor nuevo, se llegó incluso a atentar contra la vida de un patrono muy soberbio en la época, un tal Bonaplata, y se llegaron a incendiar algunas fábricas.
Lo de los incendios de fabricas esté relacionado con que, en los tiempos de Espartero, se trataba de abrir las fronteras de España a la técnica exterior, la técnica inglesa, que ya en aquel tiempo era trepidante en Inglaterra; y entonces se trataba de introducir el libre cambio. Se produjo el famoso conflicto que todavía persiste ahora a través del Mercado Común, de abrir o cerrar las fronteras a los productos del exterior a fin de evitar la competición. El hecho de que se produjera esta penetración del capital extranjero y sus productos, sirvió de fermentación social. Y a partir de aquellos momentos se produjeron ya organizaciones un poco más complicadas; ya no se trataba de organizaciones aisladas, sino que trataban ya estas organizaciones de federarse entre sí. Empezaron por federarse, por ejemplo, en Barcelona y formaron la federación local; después formaron una federación regional, y finalmente las organizaciones aquellas fueron extendiéndose hasta la región de Valencia, y empezaron a aparecer los primeros periódicos.
Aquí en Valencia, por ejemplo, aparecía un periódico que se titulaba “El Chornaler”.
EL FEDERALISMO. LA l INTERNACIONAL
Pero la revolución de 1868 es una revolución que abre muchos horizontes en España. En aquel momento había una gran agitación de tipo político, y sobre todo, una agitación de tipo federal. Era el tiempo de las ideas de Pi y Margall, la gran mayoría de los trabajadores estaba dentro de los centros políticos, pero ocurrió un caso muy pintoresco. Que en el momento en que las ideas de Pi y Margall de federalismo político, tenían un cierto arraigo en la clase trabajadora, simultáneamente apareció el clarinaje de la Internacional. Es decir, que los trabajadores se iban uniendo, se iban organizando internacionalmente.
Y no se trataba de una simple operación organizativa, sino que este tipo de organización nacía ya con unas ideas; ideas contrapuestas, pero ideas en sí. Se trataba de darle al movimiento obrero no solamente una finalidad organizativa, reivindicativa de tipo inmediato, sino que se pensaba en más altas metas, en metas ya abiertamente revolucionarias.
Seguramente que si Carlos Marx hubiese sido ese genio que se nos está pregonando, hubiese visto que a través de la revolución de 1868 en España se abría un campo para la propaganda socialista. Pero Carlos Marx era un hombre aferrado a sus ideas que llamaba científicas y no creía que una revolución pudiese producirse en un pueblo sin que anteriormente este pueblo hubiese pasado por una fase industrialista. Y naturalmente, en aquella época España no era un país industrialista ni por asomo. Había la pequeña industria en Catalunya y era todo lo que teníamos. Esto, fastidió hasta cierto punto, la penetración del marxismo en España.
Por otra parte, creían ellos que no se podía ir a una socialización sin pasar previamente por una democratización. Pero hubo otra figura, Bakunin, que sin tantos humos científicos, ni muchos menos, vio más claro el problema; y llegó a la convicción de que lo que impulsa, lo que dinamiza a las organizaciones y lo que dinamiza a los hombres, es la condición humana por encima de todas las condiciones técnicas. Por lo tanto, Bakunin tuvo más acierto y se adelantó a Carlos Marx. Carlos Marx tuvo que resignarse después a coger el tren en marcha, pero llegó tarde.
Así pues llegamos ya a la cuarta etapa, si mal no recuerdo. A la de una organización no solamente de reivindicación económica, sino de reivindicación ya finalista: La Asociación Internacional de los Trabajadores, a pesar de las luchas internas que las dos tendencias, la marxista y la bakuninista, entablaron desde el primer momento. Este choque de tendencias, hasta cierto punto, favoreció la divulgación de ideas, favoreció primeramente la divulgación de las ideas marxistas por un lado, y favoreció también la divulgación de las ideas libertarias, por otro lado.
España por su condición, por la condición podríamos decir temperamental, de los trabajadores y también por el desengaño que había producido la revolución de 1868, se inclinó por las ideas de Bakunin y descubrió en Bakunin un federalismo que no era el que propiciaba Pi y Margall que aconsejaba que en los centros políticos convivieran, codo con codo, los explotados y los explotadores. A partir de ese momento, los trabajadores empezaron a ver en estos casinos o en estos centros, empezaron a vislumbrar ya comprender que no podían comer en el mismo plato con sus propios explotadores. Eso favoreció también el incremento de las organizaciones de tipo internacionalista en España.
No os voy a soltar todo el rollo de lo que ha sido la Internacional en España. Os supongo enterados, y además sería prolijo que yo me entretuviese ahora en estos momentos. Yo creo que en el curso de la disertación habrá varios cabos que quedarán sueltos y que vosotros tendréis la inteligencia para poder captarlos y después en el debate que pueda sucederse podríamos unificarlos.
SOLIDARIDAD OBRERA
La Internacional en España puede decirse que duró hasta los últimos de siglo. Puede decirse que duró, unas veces en la clandestinidad otras veces públicamente, con unas interrupciones dramáticas como fue la producida por la represión por la Comuna de París. Es decir, que esta organización que es la más vieja de España, se puede comparar a los ojos del Guadiana, que va apareciendo y desaparece.
Va tomando diferentes nombres hasta llegar a principios de siglo en una crisis de la cual sale la organización llamada Solidaridad Obrera. Los antecedentes de esta organización son anecdóticos. En Barcelona, un grupo de militares [sic], funda un semanario satírico: “El Cucút”. Publica unas caricaturas, los militares se enfadan, salen formados los oficiales de los cuarteles, asaltan la redacción y tiran todos los muebles a la calle y les pegan fuego. Ese fuego produce un reverdecimiento del espíritu nacionalista catalán. Como consecuencia de ello se produce una concentración de los políticos catalanes que pudiéramos decir izquierdosos, que cuaja en una organización llamada Solidaridad Catalana. Pero inmediatamente la organización obrera reacciona contra esto, y previendo una desviación de los obreros hacia esta organización de tipo nacionalista, frente a Solidaridad Catalana opone Solidaridad Obrera. Eso ocurre, más o menos, en 1907.
Y es en 1907 que aparece el primer número de “Solidaridad Obrera” como periódico. Esta organización es una organización todavía no depurada. Hay en ella elementos marxistas que, por rara casualidad, se adhieren a la organización Solidaridad Obrera, a pesar de tener, en Barcelona mismo, la Unión General de Trabajadores que ha habido en 1888. Es decir, que se da la paradoja de que los propios socialistas catalanes, que tienen allí su propia organización, que tienen el Partido Socialista y tienen la UGT, no entran en la UGT sino que entran en Solidaridad Obrera.
Se han dado varias explicaciones a esto. Se ha dado la explicación de que el hombre que determinaba en UGT era, naturalmente, Pablo Iglesias, y que Pablo Iglesias era un madrileño, aunque no naciera en Madrid, que sentía apetitos centralistas y la organización UGT de Cataluña se había convertido en una especie de correa de transmisión, y los propios socialistas la boicotearon y alimentaron, en la primera etapa, a Solidaridad Obrera, hasta que en 1908 se hizo primero el Congreso Regional de Solidaridad Obrera que pasó a ser organismo regional, y más tarde, en 1910, en el Congreso llamado de Bellas Artes, porque se celebró en el Palacio de Bellas Artes, allí intervienen ya los andaluces, los asturianos, algunos castellanos, aragoneses, y allí acuerdan ya formar una organización de más envergadura.
Aquí entramos ya, pues, en la etapa del anarcosindicalismo. Existía ya desde últimos del siglo pasado, en Francia, la CGT; la CGT que se había dado unos principios netamente antipolíticos, al extremo de que no solamente eliminaba a los elementos políticos de sus medios, sino que también entendía que en la CGT no se podía intervenir políticamente, ni religiosamente, ni filosóficamente. De ahí nace pues el sentido autosuficiente del sindicalismo francés.
Pero es un sindicalismo que, desde el punto de vista de la técnica sindical, es lo más avanzado de la época. Algunos autores han avanzado que Solidaridad Obrera al ampliar su organización no había hecho más que copiar de la CGT francesa. Se ha demostrado, si leéis con atención “El proletariado militante” por ejemplo, veréis que ya en el Congreso de 1870, que es cuando se forma la Internacional en España, uno de los ponentes Meneses, presenta un dictamen en el que están todos los elementos, todos los ingredientes del sindicalismo moderno, incluso del sindicalismo a base de organizaciones industrialistas. Este proyecto se reafirma en la Conferencia de 1871. Es decir, que vemos ya en aquellos hombres una visión futurista de lo que tiene que ser un sindicalismo científico; es decir, que ya se propaga que las organizaciones deben tener un sentido unificado, en lo que se refiere a las profesiones y no en un sentido disperso como venía ocurriendo hasta aquel momento.
LA CNT
Todos sabéis que en 1910 se funda la Confederación Nacional del Trabajo, CNT, que tiene una breve historia. Celebra su primer Congreso en 1911, del cual existen muy pocos documentos (Xavier Cuadrat ha publicado alguno, y ha publicado incluso las actas). En el Congreso de 1911 ya los socialistas han desaparecido de las filas de la CNT, porque la CNT se ha radicalizado, ya no es aquella organización en cuyos medios operan individuos de ideologías distintas. Habíase dado la CNT una finalidad revolucionaria, y como consecuencia de esto empieza a despegarse, a desmarcarse. Hay el obstáculo por ejemplo, el trauma de la represión de 1911, consecuencia de unas huelgas muy importante que hubo en el Norte, y que repercutieron en el Sur, y hubo aquellos sucesos famosos en Cullera, donde se echó una tartana al río (en la tartana iba el juez), y, hasta 1915 no se produce otra vez el renacimiento de la Confederación Nacional del Trabajo, ya con una visión más extensa.
EL CONGRESO DE SANTS. LA ACCION DIRECTA
Pero lo más importante de estas etapas que vamos señalando es la configuración del sindicalismo revolucionario y su estructuración científica, en lo que cabe, y esta reestructuración la da un Congreso Regional, celebrado en Barcelona, en la barriada de Sants. Se perfila la estructura de la organización, y se llega a la conclusión de que, para que el proletariado pueda ser eficiente en sus luchas, es necesario concentrar las fuerzas de una forma racional. Teníamos entonces varias organizaciones de carpinteros, varias organizaciones de albañiles, varias organizaciones de ladrilleros, varias organizaciones de plomeros, etc. La labor que hace el Congreso de Sants, es reunir a las varias organizaciones de ladrilleros y formar una sola, a todas las organizaciones de carpinteros y formar una sola. Y no solo hace esto, sino que, subiendo más arriba, todos los trabajadores de una industria determinada, los agrupa en un sindicato, y estos son los famosos sindicatos únicos, esta es la obra del Congreso de 1918.
Luego viene en este mismo Congreso el debate de un famoso problema que ya se había perfilado en los Congresos anteriores, y es el de la elección de tácticas de lucha. A partir de este momento se llega a la convicción de que hay que abandonar la táctica contemporizadora con la burguesía, hay que independizar completamente a la organización obrera de todo compromiso con la burguesía y con el Estado, a fin y efecto de deslindar perfectamente los campos. Lo que se propone entonces es la acción directa. Hay luchas, porque todavía hay resquemores y prejuicios, y de la misma manera que hubo en estos congresos muchos elementos que fueron reacios a aceptar los sindicatos únicos, porque estaban pegados todavía a sus pequeñas capillas de sociedades profesionales, de la misma manera hubo debate, y debate profundo por lo que respecta a la elección de tácticas.
De todas maneras hay una resolución en el Congreso de Sants, que señala que las tácticas de la organización confederal, son las tácticas de acción directa. Es decir que en los problemas entre la organización obrera y los patronos, los conflictos económicos, deben resolverse directamente con la parte interesada, o sea con la burguesía, y los conflictos de tipo popular los conflictos de orden público, con el Estado. Esta es la definición de la acción directa, es decir que, según el dictamen no hay que ir a resolver un problema de tipo económico en un gobierno Civil o en una alcaldía; sino que hay que convocar a los propios patronos, convencerlos para que parlamenten con los trabajadores, y si se muestran reacios, entonces la organización tiene otros medios ya previstos, como es el boicot, como es el sabotaje, como es el label, como es un sinfín de argumentos más o menos persuasivos.
PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y AFIANZAMIENTO DE LA CNT EN 1919
Como os decía la organización hasta 1914 ha quedado en la clandestinidad, y renace en 1919 en una atmósfera de precipitación industrial. Ha habido la guerra europea, en la cual España ha sido neutral, neutral a medias: había muchos aliadófilos y muchos germanófilos. Indudablemente empezando por los militares y terminando por el rey todos eran germanófilos, pero la burguesía y las clases medias eran aliadófilos, no por motivos sentimentales, sino porque vieron que la guerra europea representaba un negocio, para sus intereses comerciales y económicos en general. Empieza una gran actividad industrial, se fletan barcos medio podridos, se envía a los frentes de batalla todos los productos habidos y por haber, y se llega incluso a exportar a Francia los propios alimentos de los trabajadores y empiezan aquellas huelgas por el abaratamiento de las subsistencias, huelgas que yo he vivido en mi infancia, cuando veía a aquellas multitudes pedir pan por las calles, aquellas enormes colas en las panaderías, y en las tiendas de ultramarinos.
Y también aquellos choques en que la organización, para evitarse víctimas, ponía por delante a las propias mujeres. Había entonces la industria textil en Catalunya, donde la organización en estas fábricas era la organización de punta. Estas mujeres se lanzaban a la calle, asaltaban los colmados, asaltaban las tiendas, invitaban al vecindario a que se suministrara él mismo de las tiendas. Acudía la Guardia Civil, los Guardias de Seguridad. Recuerdo muy bien una escena, cuando les apuntaban con los fusiles y las mujeres se levantaban las faldas, diciendo ¡Tirad! Es decir, que el pueblo se iba imponiendo.
CONGRESO DE LA COMEDIA – SINDICALISMO REVOLUCIONARIO
Pero hasta 1919 la organización no toma un acuerdo definitivo en cuanto a la finalidad que representa el movimiento. Es en 1919, en el famoso Congreso de la Comedia cuando la organización define que va a la conquista de los instrumentos de trabajo, de producción y se señala como meta el llamado comunismo anárquico. A partir de este momento, pues, la organización se ha dotado de una finalidad que es el sindicalismo revolucionario. Ahora bien, ¿qué es el sindicalismo revolucionario? Representa el elemento precursor de la sociedad del porvenir. Es decir, que los anarcosindicalistas entienden que esta sociedad en que vivimos, administrada por la propiedad privada, administrada por los monopolios, por la burguesía, protegida por el Estado, es perfectamente transformable de una forma radical. Es decir, que hay una fórmula para convertir esta sociedad antagónica en una sociedad más o menos armónica en todos sus aspectos.
Los teóricos del anarcosindicalismo creen que el órgano económico de una sociedad del mañana tiene que ser el sindicato. Es decir que el sindicato que hasta ese momento ha sido un organismo de lucha, un organismo de choque, puede ser en el futuro uno de los engranajes de la nueva organización económica. Es decir, que de la misma manera que el obrero hoy transforma materias primas en productos con los que el burgués comercia no solamente en el interior sino en el exterior, el sindicalismo revolucionario llega a la conclusión de que este mismo obrero sindicado puede suplir desde los centros de producción todos los aspectos de la economía, porque al fin y al cabo la economía no es ni más ni menos que eso, que lo que prefiguran los sindicatos: hay un transporte que pueden muy bien efectuar los trabajadores del transporte, hay la función social de las comunicaciones que puede ser encomendada el sindicato de comunicaciones, hay la industria de la edificación que pueden cubrir muy bien los trabajadores del sindicato de la construcción, y así sucesivamente, el sindicalismo llega a la conclusión de que la organización confederal actual, debe prefigurar ya la sociedad socialista, socializada del mañana. Esto es en líneas generales el anarcosindicalismo en sus elementos más sumarios.
CONGRESO DE 1931 – FEDERACIONES DE INDUSTRIA
De la misma manera que en 1918 se había llegado a una organización sólida superando la organización de oficios y capillitas, de la misma manera en los años 30 se llegó a la conclusión de que la organización confederal era una organización a la que faltaba algo. Surge la corriente de las federaciones de industria. Los partidarios de estas federaciones de industria se planteaban el problema de la siguiente manera. La organización confederal tal como está planteada es una organización de tipo vertical, es decir que va desde las secciones sindicales al sindicato, a las federaciones locales, al regional y al nacional. Es muy cierto que este verticalismo es un verticalismo federativo; es decir, que emana de abajo a arriba, pero se necesita que este mismo sindicato tenga una base horizontal, es decir, que el sindicato de la construcción y el sindicato de productos químicos, en vez de quedar aislados en el seno de una federación local (la de Valencia, la de Barcelona u otra cualquiera), tienen que tener un contacto con el propio sindicato de la construcción de la localidad contigua o de la regional contigua. Es decir, que según estos compañeros, el sindicato no solamente debe tener una configuración vertical, sino también una configuración horizontal, para que sea completo. Todo esto es con vistas a los problemas que puede plantear en el aspecto industrial y económico en general una revolución, revolución que indudablemente pondría a prueba la capacidad de la clase trabajadora.
Por otra parte, entendían que por medio de la reestructuración de tipo industrial, el trabajador aprendería a administrar la propia economía, puesto que un sindicato determinado estaría organizado no sólo verticalmente, sino también con todos los sindicatos de la península convergentes en su ramo de producción. Esto facilitaría la estadística y no desmerecería, ni mucho menos, la lucha actual contra el patronato y contra el Estado. Sino por el contrario, la haría más eficiente, porque nos encontrábamos por ejemplo, con que un sindicato planteaba un conflicto y el patrono se negaba a la negociación de las reivindicaciones porque su empresa estaba organizada horizontalmente. Es decir que si se interrumpía una fábrica, el patrón se reía de eso, porque estaba federado por medio de las organizaciones patronales y le surtían y se solidarizaban entre ellos, en este aspecto pues había también una ventaja.
Esto trajo muchas discusiones en 1931. Porque había compañeros que entendían que, en primer lugar, España no era un país industrial que pudiera compararse con Francia, Inglaterra o Alemania, España era un país eminentemente agrícola, con cinco o seis millones de campesinos, por lo que era impracticable la organización de tipo industrialista en un país todavía rezagado. Además, había el peligro de que esta ramificación de comités por la derecha y por la izquierda trajera como consecuencia una inflación burocrática, y, como consecuencia, de centralismo. Pero si bien el congreso de 1931, acordó la reestructuración de la organización a base de Federaciones Nacionales de Industria, en la práctica no se pusiera en práctica. Los industrialistas acusaban a sus adversarios de sabotaje. Creo que no se trataba de eso. Para que cuaje una idea, se necesitan de unos antecedentes y de un contexto que obliguen a que esta idea se ponga en práctica. Como en aquel momento este contexto industrial no existía, era difícil intentar crear una cosa que no tenía una verdadera razón de ser.
Esto, aplicado a la España de hoy, ya cambia completamente de aspecto. Hoy somos una nación industrial izada. Se dice por ahí que es la décima potencia industrial del mundo. En este caso, los problemas quedan ya situados de otra manera, y frente a esos problemas los militantes tienen que reflexionar. No se trataría indudablemente de que una organización cenetista incipiente, como la que actualmente existe, dividiera ya sus fuerzas y pensara en ramificarse industrialmente, lo que se trata es de solidificar lo adquirido, lo que se trata es de hacer de la organización una organización eficiente, en el aspecto en que hoy la tenéis planteada, y en el aspecto más o menos clásico según os aconsejen las circunstancias.
Pero seguramente que este problema que hoy no está planteado se podrá plantear mañana, y mañana saldrán los epígonos del industrialismo a señalar que una revolución social no es una cosa simple, no se trata de un golpe determinado para derribar una sociedad con la esperanza de que, espontáneamente, luego, a la mañana de la revolución, se organizará la economía. Habrá seguramente compañeros que dirán: “No, se trata de preparar ya hoy, dentro del cascarón de la vieja sociedad, de configurar la organización revolucionaria en todos los aspectos, en el aspecto de actividad militante, en el aspecto de choque, como podríamos decir, y en el aspecto también técnico. Hoy una cantidad inmensa de obreros son cualificados, y sobre todo, casi todas las industrias están jerarquizadas, y no es como antes, que en la organización confederal abundaba el obrero no cualificado. Hoy la sociedad industrial ha llevado a que dentro de las industrias los trabajadores estén jerarquizados. Hay peones incluso de diversos grados, técnicos de diversa cualificación, etc., y hay una solidaridad intercorporativa entre todos estos estratos. Es decir que no podemos pensar, y esto quiero dejarlo claro aquí, no podemos pensar en una organización confederal para mañana, con la misma mentalidad con que la pensábamos en el año 30 o en el año 29. Los problemas son otros y es necesario pararse a meditar en las consecuencias.
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José Peirats en los años de la Transición (Archivo La Alcarria Obrera)
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