William Godwin: Investigación sobre la justicia política (1793-97)

William Godwin (1756-1836) es el autor del primer argumento comprensivo sobre anarquismo filosófico. Godwin comenzó a escribir su trabajo, Investigación sobre la justicia política, y sus influencias en la virtud y felicidad de la gente, en 1791 durante la fase inicial de la Revolución Francesa. En ese momento Una Investigación sobre la justicia política salió en 1793, Francia se convirtió en una república, y el Rey Luis XVI perdió su cabeza con todo y corona. Aunque fue bien recibido el libro de Godwin en el inicio, dentro de pocos años él y su libro fueron rotundamente rechazados. En 1794, escribió su novela innovadora Las cosas como son; o, Las aventuras de Caleb Williams, una vívida ilustración de sus ideas creativamente aplicadas a la sociedad Inglesa. En 1796 se volvió el amante, y después esposo, de la pionera escritora feminista Mary Wollstonecraft (1759-97) autora de Una vindicación de los derechos del hombre (1790) y Una vindicación de los derechos de la mujer (1792), ella murió después de dar a luz a su hija Mary. Mary Godwin se casó con un joven discípulo de su padre, el poeta Shelley, quien llevó a la poesía el anarquismo filosófico de Godwin, y ella escribió la novela clásica de Frankenstein (1818).

 

Godwin realizó una revisión a Investigación sobre la justicia política en 1795 y 97, reeditándolo bajo el título Investigación sobre la justicia política y su influencia en la moral y la felicidad. Los siguientes extractos provienen de la tercera edición (1797, aunque data del 1798), a excepción de la sección sobre la propiedad que viene de la obra original de 1793. Como Kropotkin lo dijera en su artículo sobre “Anarquismo” en la primera edición de la enciclopedia británica, las opiniones de Godwin son más radicales en la primera edición, hasta su inclusión aquí. En desacuerdo con Gerrard Winstanley, quien abogaba y practicaba una forma no violenta de acción directa, el anarquismo de Godwin fue casi por completo filosófico, viendo la eventual disolución del gobierno como el resultado de un gradual y paciente proceso de ilustración (iluminación).

 

A PESAR DE LAS INVASIONES hacia la igualdad de la humanidad, una grande y sustancial igualdad permanece. No hay desigualdad más grande en la raza humana que el disponer a una persona para que someta a muchas otras, excepto si a ellas les complaciera ser sometidas. Todo gobierno se funda en opiniones. Las personas en el presente viven bajo cualquier forma particular mientras esto cumpla sus intereses. De hecho, una parte de una comunidad o imperio puede ser sometida a la fuerza; pero esto no puede ser la fuerza de su déspota; debería ser más bien la fuerza de otra parte de la comunidad; quienes son de la opinión e interés en ejercer esta autoridad. Destruyan esta opinión, y la estructura construida sobre ésta caerá hasta el suelo…

Las instituciones (gubernamentales) positivas, no se satisfacen a sí mismas  exigiendo mi asentimiento ante ciertas proposiciones, en consideración al testimonio por el cual ellos están obligados a seguir. Esto terminará en ni más ni menos que un consejo desde mi respetable trinchera, el cual, después de todo, debería rechazar si no fuera acorde al juicio maduro de mi propio entendimiento. Pero en la verdadera naturaleza de esas instituciones se incluye una sanción, un motivo de castigo o de recompensa, para inducirme  a la obediencia.

“He reflexionado profundamente” supongo, “sobre la naturaleza de la virtud, y estoy convencido de que cierta acción me corresponde. Pero el verdugo apoyado por un acto parlamentario, me asegura que me equivoco. Si yo cedo mi opinión a esta sentencia, mi acción será modificada, y mi carácter también. Una influencia como esta es inconsistente con toda la magnanimidad del espíritu, apasionado imparcialmente en el descubrimiento de la verdad, e inflexiblemente perseverante en su afirmación.  Las naciones se ven perpetuamente interferidas por decretos, en lugar de argumentos, exhiben en sus límites los meros fantasmas de la humanidad. No podemos juzgar por la observación de los habitantes lo que las personas serían si supieran que no tienen que apelar al tribunal de la conciencia, ni lo que podrían pensar, ni lo que se atreverían a decir o hacer…

El castigo inevitablemente se agita en el sufrimiento, y debería agitarse, ante la injusticia. Dejemos que su propósito sea convencerme de la certeza de una proposición que actualmente creo que es falsa. Pero no es, en lo abstracto, la naturaleza de un argumento, y por lo tanto no puede empezar generando convicción. El castigo es un término engañoso; no es nada más que la fuerza aplicada sobre un ser, por otro que es más fuerte que él. Pero la fuerza, aparentemente, no constituye la justicia. El caso del castigo, desde estas consideraciones, es el caso de tú y yo difiriendo en opinión, y tú diciéndome que tienes la razón, porque tú tienes brazos más musculosos, o que te has dedicado a mejorar tu armamento más que yo…

Apelar a la fuerza debería parecer para ambas partes, en proporción a las capacidades de sus entendimientos, una confesión de estupidez. Quien tiene recursos para eso, no tendría ocasión para este inconveniente, si estuviera suficientemente familiarizado con los poderes de la verdad, que es su oficio comunicar. Si hay alguna persona que, sufriendo el castigo, no es consciente de los daños, ésta seguramente habría envilecido su mente por la esclavitud, y su sentido de la moral habría sido embotado por una serie de opresiones.

Si hay alguna verdad más incuestionable que las demás, es que todos estamos obligados, por el esfuerzo de nuestras facultades, en el descubrimiento de la verdad, y en efectuar todo derecho con que estemos familiarizados. Podría ser aceptado que un modelo infalible, de ser descubierto, resulte considerablemente benéfico. Pero este modelo infalible sería de por sí de poco uso en los asuntos humanos, a menos que tenga la capacidad de razonar o decidir, de iluminar la mente como de restringir al cuerpo. Si una persona es obligada en algunos casos a preferir su propio juicio, de todas formas estaría, en todos los casos, obligada a consultar aquellas sentencias antes de poder determinar si la materia en cuestión es del tipo viable o no. Así que desde este razonamiento, pareciera, en última instancia,  que la convicción del entendimiento individual de una persona es el único principio legítimo impuesto en ella, en el deber de adoptar cualquier tipo de conducta…

No hay gobierno que pueda subsistir en una nación de individuos que, sencillamente, se abstienen en tumultuosa resistencia, mientras en sus genuinos sentimientos censuren y desprecien tal institución. En otras palabras, el gobierno no puede actuar sino por la confianza, y la confianza en la otra mano no puede existir sin la ignorancia. Los únicos proveedores del gobierno son los débiles y los desinformados, pero no los sabios, entonces si la debilidad y la ignorancia disminuyen, las bases del gobierno también caerán. De todas formas esto no debería de tomarse con sobresalto. Una catástrofe de esta magnitud sería la eutanasia del gobierno. Si la aniquilación de la confianza ciega y la opinión implícita pudiera suceder en cualquier momento, habría en su lugar, y necesariamente, el éxito de una multitud no forzada promoviendo el bienestar común.

Nada puede ser más insostenible que un proyecto para introducir, por la violencia, el estado de la sociedad, y nuestro juicio lo podría aprobar. Para empezar, las personas no son fuertes por la participación en un privilegio que ellas no pueden comprender. Las personas no son capaces de disfrutar de un estado de libertad si aún no se han empapado de un amor por la libertad. Las más terribles tragedias, infaliblemente, resultan del intento de estimular prematuramente a la humanidad dentro de una posición para la cual no está realmente preparada. Seguidamente, esforzarse para imponer nuestros sentimientos a la fuerza, es la más detestable forma de persecución. Hay otros que están también intitulados para considerarse a sí mismos correctos tanto como nosotros. El privilegio más sagrado es aquel por el cual cada persona tiene una cierta esfera, relativa al gobierno de sus propias acciones y el ejercicio de su discreción, no viable para atrincherarse por el celo inmoderado o por el temperamento dictatorial de su vecino. Obligar a alguien para adoptar lo que creemos justo es una tiranía intolerable. Eso nos llevará al desorden y a la injusticia interminable. Toda persona piensa que está en lo correcto; y, como un proceder universalmente introducido, el destino de la humanidad no será ya una cuestión de un argumento, sino de fuerza, de presunción y de interés…

La fuerza es un recurso cuyo uso es muy deplorable. Contrario a la naturaleza del intelecto, la cual no puede ser superada sino por la convicción y la persuasión. Corrompe a quien la emplea, tanto como a la persona por la cual es empleada. Pero parece que hay ciertos casos tan urgentes como para obligarnos a recurrir a este perjuicio: en otras palabras, hay casos donde la malicia resultante de la no-violenta neutralización de las perversiones del individuo, es más grande que la malicia que normalmente acompaña a la violencia. Por lo tanto parece que los motivos que justifican la resistencia, en caso de que pudieran ser justificados, muy probablemente resultarían en una interferencia más grande que el buen resultado de omitirlo…

La revolución es engendrada por una indignación contra la tiranía, sin embargo está cada vez más llena de tiranía. La tiranía que agita su indignación, apenas puede estar sin sus partidarios; lo mejor es la indignación agitada, y entre más súbita e inmensa sea la caída de los opresores, más profundo será el resentimiento que llena las mentes del partido perdedor…

No hay periodo más en guerra con la existencia de la libertad. La desenfrenada comunicación de opiniones ha estado siempre sujeta a la nociva neutralización, y a partir de ello a un triple encadenamiento. En otros tiempos las personas no se alarmaban por estos hechos. Pero en un tiempo de revolución, cuando todo está en crisis, la influencia incluso de una sola palabra es temida, y la consecuente esclavitud está completa. ¿Dónde hubo una revolución en la que una fuerte vindicación de lo que se destinaba a abolir fuera permitida, o donde casi cualquier especie de escrito o argumento, no estuviera, para la mayor parte, en armonía con las opiniones que prevalecían? Intentar examinar los pensamientos de las personas, y castigar sus opiniones, es la más odiosa de todas las formas de despotismo; sin embargo este intento es una característica peculiar del periodo de revolución.

Los defensores de la revolución comúnmente subrayan “que no hay manera de eliminar por nosotros mismos a nuestros opresores, ni prevenir que surjan nuevos en su lugar, sino infringiéndoles severas y memorables venganzas”. Sobre esta sentencia se observa particularmente que habrá opresores mientras haya individuos inclinados, ya sea desde la perversidad, o arraigados y obstinadamente predispuestos, a tomar partido con el opresor. Tenemos por lo tanto que aterrorizar no sólo a la persona de ambición deshonesta, sino a todo aquel que le apoye, ya sea por un motivo corrupto, o por un error bien-intencionado. En consecuencia proponemos liberar a las personas; y el método que adoptamos es influenciar en ellas, más rigurosamente que nunca, por el miedo del castigo. Decimos que el gobierno ha robado tanto, y organizamos un gobierno diez veces más usurpador en sus principios y terrible en sus acciones. ¿Es la esclavitud el mejor proyecto que podemos idear para liberar a las personas? ¿Es la muestra de terror el modo más disponible para hacerles valientes, independientes y emprendedores?

Durante un periodo de revolución, las investigaciones, y todas aquellas pacientes especulaciones, a las cuales la humanidad les debe sus más grandes avances, se suspenden. Tales especulaciones demandan un periodo de seguridad y permanencia; apenas pueden perseguirse cuando la humanidad no puede prever lo que pasara al siguiente día, y las más asombrosas vicisitudes son asuntos de perpetua recurrencia. Tales especulaciones demandan tiempo libre, y un temperamento tranquilo y desapasionado; apenas pueden perseguirse cuando todas las pasiones de la humanidad están a flote, y a cada hora estamos bajo las más fuertes impresiones de miedo y esperanza, aprehensión y deseo, abatimiento y triunfo…

El único método acorde a las mejoras sociales puede llevarse a cabo, con suficiente perspectiva de un evento propicio, cuando las mejoras de nuestras instituciones avancen en justa proporción a la iluminación del entendimiento público. Hay una condición de la sociedad política mejor adaptada a cada diferente escenario de desarrollo individual. Entre más cercana esté de realizarse sucesivamente ésta condición, mas ventajosamente será consultada con interés general. Hay un tipo de provisión en la naturaleza de la mente humana para estas formas de progreso. Las instituciones imperfectas, como han mostrado hasta ahora, no pueden apoyarse a sí mismas cuando son generalmente desaprobadas, y cuando sus efectos son realmente comprendidos. Hay un periodo en el cual se espera que éstas sean rechazadas o caduquen, casi sin ningún esfuerzo. Reformar, bajo este contexto, puede ser considerado como una acción natural. Las personas sienten su situación; y las limitaciones que les encadenaban antes, desaparecen como una decepción. Cuando tal crisis haya llegado, no se necesitará empuñar la espada, ni mover un solo dedo con propósitos violentos. Los adversarios serán tan pocos y tan débiles como para sostener un serio pensamiento de resistencia en contra del sentido universal de la humanidad.

Bajo esta opinión del tema aparece que las revoluciones, en lugar de ser realmente benéficas para la humanidad, responden a ningún otro propósito sino al de comprometer la salubridad y el ininterrumpido progreso el cual se espera atender en la verdad política y el desarrollo social. Ellas perturban la armonía de la naturaleza intelectual. No proponen darnos algo para lo cual no estamos preparados, y no podemos usar efectivamente. Suspenden el saludable avance de la ciencia, y confunden el proceso natural y la razón.

Hasta ahora hemos argumentado sobre la suposición del intento que será hecho para efectuar una revolución coronada con el éxito. Pero esta suposición no debe de ninguna manera pasar inadvertida. Cada intento de este tipo, no digamos ya su ejecución, incluso la sola amenaza, tiende a provocar una resistencia que de otra manera jamás sería consolidada. Los enemigos de la innovación llegan alarmados por la intemperancia de sus amigos. La tormenta gradualmente se concentra, y cada partido se prepara en silencio con las armas de la violencia y estratagema. Veamos la consecuencia de esto. Siempre que la competencia no esté sino entre la verdad y la tergiversación, deberemos ver con tolerancia asegurada tanto el progreso como el resultado. Pero, cuando dejamos de lado los argumentos, y recurrimos a la espada, el caso se perturba. ¿En medio de la bárbara rabia de guerra, y el clamoroso estruendo de la contención civil, quien dirá si el evento será prospero o adverso? La consecuencia puede ser el remache sobre nosotros de nuevas cadenas despóticas, y el aseguramiento, durante un considerable periodo, del triunfo de la opresión, incluso si fallará en regresarnos a un estado de letargo y obliterara la memoria de todos nuestros avances…

Quizá haya aparecido suficientemente, en la discusión anterior, que las revoluciones están necesariamente asistidas por muchas circunstancias dignas de nuestra desaprobación, y que no son sino medios esenciales para el avance político de la humanidad. Aun así, y después de todo, no se debería olvidar que, aunque la conexión no es esencial ni requisito, las revoluciones y la violencia han sido frecuentemente coetáneas con los cambios importantes del sistema social. Lo que ha ocurrido tanto en el pasado no es poco probable que, de vez en cuando, suceda en el futuro… El amigo de la felicidad humana se esforzara en prevenir la violencia; pero eso sería un signo de debilidad y de temperamento valetudinario que retira nuestros ojos de los asuntos humanos en disgusto, y que niega en contribuir con nuestra labor y atención a la pápula en general, porque quizás, al final, la violencia puede introducirse a sí misma ineludiblemente.  Es nuestro deber hacer un apropiado avance de las circunstancias como de sus surgimientos, y no retirarnos nosotros mismos porque nada es conducido de acuerdo a nuestras ideas de propiedad.

…El gobierno representativo es necesariamente imperfecto. Es… un punto a lamentar, en la abstracta noción de la sociedad civil, que una mayoría debería vencer a una minoría, y que la minoría, después de la oposición y la protesta, debería ser obligada prácticamente a aceptar aquello que ha sido objeto de protesta. Pero este mal, inseparable del gobierno político, se agrava por la representación, que elimina el poder de hacer regulaciones alejándolo de la gente cuyo destino es obedecer…

Cualquier mal está incluido en la idea abstracta de gobierno, están todos ellos extremadamente agravados por la amplitud de su jurisdicción, y ablandados bajo circunstancias de una oposición natural. La ambición, la cual puede ser no menos formidable que una pestilencia del pasado, no tiene lugar para desplegarse a sí misma en el futuro. La conmoción popular es como las aguas en la tierra, capaces, cuando sube la marea, de producir los más trágicos efectos, pero pacificas e inofensivas cuando son confinadas en el circuito de un humilde lago. La sobriedad y la equidad son características obvias de un círculo limitado…

La ambición y el tumulto son males que surgen del gobierno, de forma indirecta, en consecuencia de los hábitos, los cuales el gobierno introduce, de representación y combinación que se extienden a sí mismos por encima de las multitudes de la humanidad. Hay otros males inseparables de su existencia. El objetivo del gobierno es la eliminación de la violencia, tanto externa como interna, que podría destruir, o poner en riesgo, el bienestar de la comunidad o de sus miembros; y los medios que emplean son la restricción y la violencia de una forma más legitimada. Para este propósito se vuelve necesaria la concentración de las fuerzas individuales, y el método por el cual usualmente se obtiene esta concentración está también restringido… La restricción se emplea contra los delincuentes, y contra las personas a las que se les imputa la delincuencia, no por ningún otro medio sino por su malicia. La restricción empleada por la mayoría de una sociedad en contra de la minoría, quienes podrían diferir con estos en una cuestión del bien público, es calculada, al menos a primera vista, para agitar una desaprobación aun grande.

…La existencia de una asamblea nacional introduce los males de una unanimidad ficticia. El público, guiado por tal asamblea, debería actuar en acuerdos, o la asamblea sería una ineficiente excrecencia. Pero es imposible que esta unanimidad pueda existir realmente. Los individuos que constituyen una nación no pueden tomar en consideración una variedad de cuestiones importantes sin formar diferentes sentimientos al respecto. En realidad, toda cuestión traída antes de tal asamblea es decidida por una mayoría de votos, y la minoría, después de haber expuesto, con todo poder de elocuencia, y fuerza de la razón, de la que son capaces, la injusticia y locura de las medidas adoptadas, son obligadas, en cierto sentido, a asistirlas y llevarlas a la práctica. Nada puede contribuir más directamente a la depravación del entendimiento y carácter de la humanidad.

Los debates de una asamblea nacional se distorsionan desde su razonable ocupación por la necesidad en que sean, uniformemente, terminados por una votación. El debate y la discusión son, en su propia naturaleza, grandes convenientes del desarrollo intelectual; pero pierden su carácter saludable, en el momento en que se someten a esta condición desafortunada. ¿Qué podría ser más irrazonable que exigir al argumento, con la calidad común de aquellos que gradual e imperceptiblemente iluminan la mente, el deber de declarar sus efectos en el cierre de una simple conversación? Tan pronto como ocurra esta circunstancia, el escenario completo cambiara de carácter. El orador ya no buscara después una convicción permanente, sino un efecto transitorio. Él busca incluso tomar ventaja de nuestros prejuicios, más que iluminar nuestro juicio. Aquello que podría, de otra manera, haber sido escenario de una consulta paciente y beneficiosa, ahora se convierte en riña, tumulto, y precipitación…

La verdadera razón del por qué tan frecuentemente la humanidad ha sido engañada por bribones, ha sido tan misteriosa y complicada como la naturaleza sistema social. Una vez aniquilada la charlatanería del gobierno, el más domesticado entendimiento podría ser suficientemente fuerte como para detectar los artífices del escamoteador estado  que quiere confundirle…

El ser humano no es originalmente vicioso. No se negaría a escuchar, o a ser convencido por, las reconvenciones que se dirigen a él, no ha sido  acostumbrado a considerarlas como hipócritas, y a concebir que, mientras su vecino, su padre, su gobernador político pretenden actuar por una pura consideración del interés y placer generales, ellos están, en realidad, a expensas de esto, promoviendo sus propios intereses y placeres. Tales son los efectos fatales del misterio y la complejidad. Simplifiquen el sistema social de manera que todo motivo, excepto aquellos de usurpación y ambición, se recomiende poderosamente; hagan de las normas cívicas de un nivel justo para toda capacidad; remuevan la necesidad de fe implícita; y podremos esperar que todas las especies se vuelvan razonables y virtuosas…

Este es uno de los escenarios más memorables del desarrollo humano. ¡Con qué deleite debería mirar, todo buen informado amigo de la humanidad, hacia delante al periodo propicio, de disolución del gobierno político, de aquella maquina bruta que ha sido la única causa perene de los vicios de la humanidad, y que, así como aparece abundantemente en el presente trabajo, tiene varios tipos de males incorporados en su substancia, y no hay otra forma de removerlos más que a través de su total aniquilación!

…La directa tendencia de la coerción es mantener nuestro entendimiento y nuestros miedos, nuestro deber y nuestra debilidad, en desacuerdo con los demás. La coerción primero aniquila la comprensión del sujeto sobre quien se ejerce, y después la de quien la emplea. Vestida con las prerrogativas supinas de un maestro, se le defiende por cultivar las facultades de una persona. ¿Qué habría sido la humanidad, mucho antes de esto, si el más prudente de nosotros no tuviera esperanza sino en el argumento, si supiera de la falta posterior de recursos, si fuera obligado a afilar sus facultades, y a colectar sus potestades, como el único medio para efectuar sus propósitos?

Reflexionemos un poco sobre los tipos de influencia que la coerción emplea. Ésta afirma a sus víctimas que uno debe estar necesariamente equivocado porque uno es más vigoroso o más astuto que el otro. ¿El vigor y la astucia estarán siempre de lado de la verdad? La coerción apela a la fuerza, y representa fuerza superior como el estándar de la justicia. Todo esfuerzo implica en su naturaleza una especie de competencia. La competencia es comúnmente decidida, antes de traerla a juicio, por la desesperación de sus partidos. El ardor y el paroxismo de la pasión termina, el delincuente se entrega a sí mismo a las manos de sus superiores, y tranquilamente espera la declaración de su voluntad. Pero no siempre es así. El depredador que por la gran fuerza se salta el poderío de sus perseguidores, o por estratagema e ingenuidad escapa a sus apuros, como para validar su argumento, comprueba la justicia de su causa. ¿Quién puede abstenerse a la indignación cuando mira la justicia tan miserablemente prostituida? ¿Quién no sentiría, cuando comience la competencia, el repleto absurdo que la apelación contiene? El magisterio, representante del sistema social, que declara la guerra contra uno de sus miembros, a favor de la justicia o de la opresión, aparece casi igualmente, en ambos casos, intitulado para censurarnos. En el primer caso, vemos a la verdad desechando sus brazos nativos y su intrínseca ventaja, poniéndose a sí misma en un nivel de falsedad. En el segundo, vemos una confiada falsedad en la casual ventaja que posee, ingeniosamente extinguiendo la luz recién nacida que le avergonzaría en medio de su usurpada autoridad. Ambos muestran a un niño destruido en las despiadadas garras de un gigante…

El argumento en contra de la coerción política es igualmente fuerte en contra de la imposición de penas privadas, entre maestro y esclavo, y entre padres e hijos… El derecho de los padres sobre su descendencia yace incluso en su fuerza superior, o en su razón superior. Cuando yace en su fuerza, sólo tenemos que aplicar este derecho universalmente para sacar del planeta toda moralidad. Cuando lo es en su razón, en aquella razón le dejamos confiar. Es un pobre argumento de mi razón superior, que estoy indispuesto a hacer justicia, ser aprehendido, y sentirme, en el mejor de los casos, libre de golpes.

Consideremos el efecto que la coerción produce en la mente de aquel en contra de quien se emplea. No puede empezar convenciendo; no es un argumento. Comienza produciendo la sensación de dolor, y el sentimiento de desagrado. Inicia, violentamente, enajenando a la mente de la verdad con la que queríamos inculcar. Incluye en sí misma una tacita confesión de estupidez. Si quien emplea la coerción contra mí pudiera moldearme a sus propósitos argumentando, sin duda podría. Pretende castigarme porque su argumento es fuerte; pero más bien me castiga porque su argumento es débil…

El asunto de la propiedad es la piedra angular que completa la fábrica de justicia política. De acuerdo a nuestras ideas al respecto de lo que es crudo o correcto, ellas nos iluminarán como a las consecuencias de una simple forma de vida sin gobierno, y eliminaran los prejuicios que nos atan a la complejidad. No hay nada que tienda, tan poderosamente, a distorsionar nuestro juicio y opiniones, que los conceptos erróneos concernientes a los bienes de la fortuna. Finalmente, el periodo que debe poner fin al sistema de coerción y castigo está íntimamente conectado con la circunstancia de la propiedad que está siendo establecida sobre bases desiguales.

¿A quién le corresponde legítimamente cualquier artículo de propiedad, como una rebanada de pan? Al que más lo quiere… o al que mayor beneficio logrará de la obtención… Nuestras necesidades instintivas han sido, desde hace mucho, definidas, y fijadas en la consecución de alimento, ropa y abrigo. Si la justicia tiene algún significado, nada puede ser más inicuo, que una persona posea vanidades, mientras que toda una humanidad no ha sido satisfecha con éstas adecuadamente.

Aquí no se detiene la justicia. Toda persona tiene el derecho, mientras el almacén general pueda proveer, no sólo a los recursos para vivir, sino para vivir bien. Es injusto, que alguien trabaje hasta la destrucción de su salud y vida, para que otro se bañe en lujurias. Es injusto, que alguien sea privado del ocio para cultivar sus capacidades racionales, mientras que otra persona no aporte ni un sencillo esfuerzo al almacén común. Las facultades de una persona son como las facultades de otra. La justicia guía a cada persona, a menos que quizá sea una empleada para un mayor beneficio al público, hacia la contribución por la cultivación y la cosecha común. Esta reciprocidad es de hecho… una gran esencia de la justicia…

La fructífera fuente de los crímenes consiste en esta circunstancia, alguien posee en abundancia aquello de lo que otra persona es destituida. Hay que cambiar la naturaleza de la mente antes  de que podamos prevenir que pueda ser influenciada por esta circunstancia. La humanidad debe de dejar de sentir ese deseo de placer, ese apetito por la vanidad, antes de que pueda verse mansamente en el monopolio de esos placeres. Debe dejar de tener ese sentido de justicia, antes de que claramente apruebe esa mezcla de exceso y desastre. Es verdad que el método apropiado para curar esta desigualdad es la razón y no la violencia. Pero la tendencia del sistema establecido es persuadir a la humanidad de la potencia de la razón. La injusticia de la cual se quejan es sostenida por la fuerza, y es muy fácil someterlos a la fuerza para lograr esa rectificación. Todos sus esfuerzos son una corrección parcial de injusticia, la cual su educación les dice que es necesaria, pero una razón aún más poderosa afirma que  es tiránica.

La fuerza surgió de un monopolio. Esta surgió accidentalmente entre unos salvajes hambrientos que superaron sus suministros, o cuyas pasiones se encendieron por la presencia del objeto de su deseo; pero gradualmente moriría por el avance de la razón y la civilización. La acumulación de propiedades ha fijado su imperio; y por lo tanto todo es una disputa abierta de la fuerza y la astucia de una parte contra la fuerza y la astucia de otra. En este caso, la lucha violenta de los necesitados es sin duda un mal. Ellos tratan de derrotar la misma causa, en el éxito por el cual están más interesados: ellos tratan de aplastar el triunfo de la verdad. Pero el verdadero crimen esta en las propensiones malévolas y parciales, de las personas que piensan sólo en sí mismas despreciando la compensación  de los demás; y  de ellos los ricos cobran su cuota.

El espíritu de la opresión, el espíritu de la servidumbre y el espíritu del fraude, estos son los cimientos inmediatos del sistema establecido de la propiedad. Ellos son hostiles ante el mejoramiento moral e intelectual. Esos otros vicios son la envidia, la avaricia y la venganza son sus compañeros inseparables. En un estado de la sociedad en donde la humanidad viva en medio de la plenitud y donde todos compartan las mismas bondades de la naturaleza, esos sentimientos expirarían inevitablemente. El principio del egoísmo se desvanecería. Ningún humano está obligado a proteger su pequeña tienda o proveer con ansiedad y dolor esos inquietantes deseos, cada uno perdería su propia existencia individual en el pensamiento del bien general. Ningún humano sería enemigo de su vecino porque no tendrían por qué luchar; y en consecuencia la filantropía, ocuparía, en la sociedad, el lugar que la razón le asigna. La mente se liberaría de su perpetua ansiedad acerca del soporte corporal y se expandiría gozosa en el campo del pensamiento afín.

Que cada uno asista las necesidades de todos.

 

Original en inglés: Robert Graham / A Documentary History of Libertarian Ideas, Volume One- From Anarchy to Anarchism – C.V.

Traducción: Amadeus – UAS Monterrey N.L. México

Colaboración: Verenice – BlackRose Austin Tx. U.S.A.

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